Observaba el negror de la pantalla del ordenador como únicamente en silencio y soledad, una desviste minuciosamente la nada absoluta.
La noche anterior había acudido a un concierto de bandas locales, fingiendo de nuevo que todo el murmullo de movimientos que sucedían a mi alrededor eran fácilmente asimilables. No solía ser algo realmente fuera de serie, pero pareciese como si mi tolerancia a la falta de protocolo se diluyese quizá no tan cómodamente como una podría desear.
Acostumbraba durante estos días a ir a eventos musicales, principalmente conciertos y sesiones, en soledad, debido a que ni yo misma me soportaba con mi necesidad de bambar por la sala continuamente alternando entre mear, rellenar la botella de agua o salir a que me diese el aire. Había probado varias veces a salir sola, y pronto me había acostumbrado a ello, pues a pesar de ser ligeramente más aburrido, podía actuar completamente conforme a mis necesidades. Esto suponía que muchas veces acababa usando la música como catalizador de mi impulso creativo. Solía sacar mi libreta y dejar correr el lápiz a través de los pogos o empujones que pudiesen devenir, y tratar de no dejar escapar esa sinapsis específica que compuso esa imagen concreta que jamás volvería, y que la bastarda creatividad pasaría una vida infinitamente corta tratando de reconstruir su belleza ipsofacta. Suponía, muchas veces, rendirse ante una tarea demasiado difícil que Dios desperdiciaba encomendándosela a mi limitada psique. Aprendí sin embargo a no torturarme por ello: gajes del demiurgo.
Me hallaba sin duda alguna en una época de lenta y tortuosa transición, después de años en una especie de letargo en el que todo recuerdo parecía haber sido meteorizado por la marea y el salitre. Todo momento entonces se me presentaba como una escena prefabricada y rodada con total naturalidad bajo la superficie de una gran piscina transparente, y a momentos parcialmente permeable a la luz del sol. El sentimiento imperante era una extrañeza dentro de la matrioska de la apatía, aunque no alcanzaba a descifrar si dentro de esta extrañeza quedaba algún otro embrión. Pero bueno, todo esto supuestamente pertenecía al pasado y ahora, aunque la piscina no estaba ya presente, yo parecía no saberme mi guión y no podía evitar adivinar cierto compadecimiento colectivo en los gestos y palabras de las personas a las que aún permitía su presencia. No sé, en retrospectiva era bastante evidente que mi espíritu estaba agitado, abatido, atormentado; pero creo que siempre he proyectado esa imagen, y no estaba acabando de saber transmitir que en ese momento mi alma se retorcía con más desasosiego del acostumbrado.
Esta dolorosa abstracción del zumbido general me empujaba a las ideaciones de escapismo y huida. El terror a la muerte había sido mi gemelo desde prácticamente mi nacimiento, y su recuerdo en forma de pesadillas o pensamientos intrusivos, eclipsaba continuamente la rutilancia de mis deseos de vida y visceralidad. Precisamente esta disonancia en mi naturaleza era lo que consumía toda la energía que mi cuerpo podía generar para ser un ser humano de provecho. Me mantenía a duras penas haciendo malabares entre mi escaso sueldo, la pensión estatal por orfandad y el dinero que constantemente succionaba de mi familia. Vivía sola en un piso del barrio del Carmen que mis abuelos tenían allí para especular, y me las apañé para convencerles de, a todos efectos, okupárselo por un alquiler simbólico. Era pues toda mi vida, una intrincada rueda de hámster que yo misma me había impuesto y que retozaba en el fango de su superficialidad para tratar de convencerme de que ‘es lo que hay’. Así pues, la construcción de mi ego había completado la manera de autoperpetuar su narrativa a través de generar una vida fabricada de la que necesitar escapar.
Uno de los juguetes que más protagonismo cobraba en aquella época en mis esfuerzos de no enfrentarme a mi inmediatez, era el neuromet. Era el primer prototipo comercial que había salido en el Reino de España, y había gastado bastantes ahorros en él. Las libretas, los blogs e incluso las tabletas gráficas de nueva generación no alcanzaban a plasmar con precisión lo que sucedía en mi cabeza; lo que siempre había sucedido: una gran tormenta de ensoñaciones que tomaban formas indecibles y que abandonaban mi zona del encéfalo responsable de la vividez con tanta presteza con la que se presentaban. Aquello, inundaba mi sistema nervioso con su presencia, y se retorcía en todos mis pliegues encefálicos a esperas de que yo pudiese corresponderle, pero como dije antes, mi relación con Dios al respecto de sus encomiendas aún seguía siendo de inútil súplica y acostumbrada decepción. Acaso toda idea que caía en mis indignas manos, no lograba hacer justicia a la fuente primordial de belleza que se dejaba contonear de vez en cuando en los bravos matorrales de mi pensamiento, y ello causaba en mí el mortuorio estremecimiento de que nunca era lo suficiente precisa en mi hablar, imaginar y crear. El neuromet permitía en mí, eliminar varios intermediarios entre la fuente y el papel: para empezar porque el sustituir el papel por una vibración neural revolucionaba en sí la propia premisa del arte; pero la transformación del lápiz en una asimisma oscilación cerebral estrechaba su conversación con lo de fuera a asíntotas que jamás podría haber imaginado. Ahora las imágenes no tenían que ser tratadas y procesadas en polvorientos engranajes lingüísticos, deformadas a la tiranía de la impotencia y masticadas para la boca del polluelo. Ahora ya no estaba loca.
Debido al precio prohibitivo, a la escasa distribución que había tenido el producto dada la situación de la nación, y a que la mayoría del software estaba todavía casi exclusivamente orientado a la mecanografiación y al cálculo; era una de las únicas personas en València (y probablemente en el Reino de España) que poseía un neuromet. De momento había probado con excelentes resultados las capacidades del dispositivo para transcribir con una precisión pasmosa mi tren del pensamiento. Éste era ecléctico, titubeante, violento, zumbante; lo cual se podía apreciar en los poderosos torrentes de palabras y verborreas que se pisoteaban las unas a las otras para formar verdaderas torres de babel de conceptos y bestias imaginarias. En apenas varias semanas había completado toda una antología de caligramas asombrosos, mucho más alejados de la literatura de lo que el poema de Gilgamesh lo estuvo en su día del gruñido y la primitiva vocalización. Precisamente por la sencillez con la que se lograba esa hercúlea tarea quedé cautivada, y supe inmediatamente que la palabra aún se interponía en mi camino de la Perfecta Proferición.
Acababa pues, de apagar mi ordenador tras probar un nuevo programa que había estado investigando las últimas semanas. Se trataba de un software de animación presuntamente ‘4-D’ desarrollado por el gobierno estadounidense para poder sonsacar recreaciones y ubicaciones de lugares de interés de las mentes traumatizadas de refugiados, rehenes y presos. Creo que fue filtrado por algún incel de 4chan hacía unas semanas, pero desde entonces el link aparecía y desaparecía de la web constantemente. Tanto era así que ya se había convertido en meme el simple hecho de compartir el programa o una captura del link. Fue precisamente en los comentarios de una publicación de Meta (ahora ya tumbada, obviamente) donde encontré uno de los numerosos links que circulaban por todo Internet. Antes de colocarme el casco sobre la cabeza, hice una simulación analógica con mi portátil para cerciorarme de que el programa no era falso y evitar freírme el cerebro. Sorprendentemente resultó ser verídico, pero por desgracia era una versión beta con menos herramientas. Probé durante unas horas el programa, y resultaba ser, salvando ciertas distancias, el simulador de demiurgo por el que había rezado día y noche durante toda mi vida. En media hora pude plasmar lo que en otros 25 años había fallado en siquiera intuir. La impresión que generó en mí fue pues, bastante grande.
Me quedé ponderando infinitas posibilidades con mi bien delimitado cerebro durante un tiempo finito pero prolongado; ahí, perdida en la mirada disoluta que me devolvía la oscura pantalla. El futuro era incierto pero cegador en esos instantes, y yo lo sabía. Pero a pesar de ser la grandeza a lo único que aspiraba en ese instante, el escapismo era la única respuesta que podía generar mi cuerpo viciado y obsesivo. A día de hoy me sigue fascinando la incongruencia con la que el cuerpo actúa a pesar de la facilidad de las circunstancias. Podría una saciar la sed en su travesía por el desierto con el oasis que a pocos metros se le presenta; que si lo único que ha conocido es el petróleo, excavará en la arena hasta manchar su estómago de crudo.
Precisamente por esto, decidí al momento comprar un billete de tren para marcharme a Alfinòs dels Voltors. Me levanté de la silla y cogí una mochila. La embutí con mi portátil y el neuromet, un par de suéteres y calcetines gordos (ya que allí refrescaba bastante más que en València), y salí a la calle sin almorzar y con mi abrigo de monte puesto. Llevaba postergando una visita a mi ciudad natal durante años, llegándoseme a aparecer de crípticas maneras en más de la mitad de mis sueños: a veces recorría calles que no reconocía pero de alguna manera sabía que era Alfinòs; otras, soñaba conmigo misma desfilando en fiestas y algo terrible sucedía, como que se me deshilachaban la faja y la falda hasta caminar desnuda o que los sables eran armas reales y marchábamos a asesinar al cacique en su castillo; otras veces, soñaba simplemente con mi familia reunida en una misma mesa, y yo no podía interactuar con la escena, forzada a observar impotente un banquete de carne humana. Pero siempre, siempre sucedía en el mismo lugar, y pensé que si había una manera de averiguar qué sucedía en mi cabeza, debía averiguarlo allí, y cuanto antes.
Atravesé la plaza de la Reina con su reconfortante olor ajado, y esquivé los escuadrones de turistas y amargados transeúntes hasta llegar al Lluís Vives y enfrente la Estación. A diferencia de tantas otras ocasiones que había cogido el tren, esta vez no me detuve a curiosear la fachada modernista ni a exhalar una risa al ver la silueta estrellada que aún sombreaba alguno de sus alféizares. Entré al recibidor, pagué en la máquina mi billete y busqué mi tren en el andén 4, uno de los centrales. Me recogió el mismo talgo que siempre me llevaba en mi adolescencia a la comarca y no pude evitar cierto cariño al cruzar su umbral cochambroso. Me tomé mi tiempo para revisar el tren entero en busca del juego de asientos más aislado y vacío, y en el vagón contiguo a la cámara del maquinista acabé encontrando un juego de cuatro asientos completamente vacío. Tomé asiento después de esparcir mis cosas por el balde superior y saqué mi libreta. Era de cuero auténtico y relativamente antigua. Mis tíos me la trajeron de un viaje al centro de Europa hacía diez u once años, pero nunca me había atrevido a usarla hasta ahora. Realmente necesitaba colaborar con las fuerzas del destino que intuía que me empujaban a colocarme en mi lugar: necesitaba creerme mi propia profecía de cambio.
Todavía estaba perdida en mi monólogo constante y con la libreta sin abrir cuando llegamos a la segunda parada. Subió el revisor seguido de dos militares. Se dirigieron automáticamente hacia donde yo les observaba sentada. Se pusieron los tres uno al lado del otro frente a mí, y mientras rebuscaba fingiendo acordarme de donde había dejado mi billete, los militares me ametrallaron a preguntas. ¿A dónde se dirige? A Alfinòs. ¿Asuntos familiares, personales o de trabajo? Personales. ¿Qué motivos? Bueno, em (no esperaba esta pregunta) voy a ver una casa de mi familia, para comprobar el estado en el que se encuentra. ¿Es consciente de que no es una zona segura, verdad? Sí, soy consciente. Precisamente por los últimos altercados he decidido ver si aún sigue la casa en buen estado. ¿Es usted de allí? Si, nací allá pero con seis años mi familia se mudó a València. ¿Conoce usted a alguna de las siguientes personas?
Sacó uno de los militares entonces una tableta desplegable con las fotografías de los rostros de numerosos jóvenes. Las fotos tenían muy baja resolución y parecían haber sido tomadas de grabaciones. Muchas de ellas habían parecían haber sido tomadas en el monte. Lucían gran variedad de expresiones: decisión, terror, furia, manía, satisfacción… Muchas de las caras me eran vagamente familiares, pero admitirlo me habría causado perder el viaje entero dialogando con los soldados, si no en alguna comisaría de interior en la que tantos jóvenes acabábamos apaleados. Decidí lo que todo el mundo hacía, y deslicé lentamente las imágenes una a una, deteniéndome unos segundos prudenciales y calculados en cada una, para acabar concluyendo con un ‘No, lo siento.’ Encontré en ese momento mi billete doblado en tres pliegues en el fondo de mi bolsillo derecho del pantalón y se lo entregué al revisor. Vi en la extrañeza de su mirada el que me hubiese tomado la molestia de imprimir el billete, pero decidió checarlo sin causarme más problemas y se dirigieron a increpar al siguiente pasajero.
Siempre me jodía tener que interaccionar tan violentamente con los militares, que buscaban el más mínimo gesto para meterte un tiro y dejarte en el sitio, o al menos esa impresión me daba a mí. Alfinòs había sido una ciudad muy inestable desde el alzamiento de la URIS. Era una ciudad con la demasiada importancia histórica e industrial como para que el Reino de España la abandonase, pero su localización en la cuna de tantas montañas en sus inmediaciones la convertía en un campo de batalla constante y un blanco evidente para las numerosas incursiones guerrilleras de los comandos de los alrededores. La semana anterior un gran motín se había producido, no me enteré muy bien por qué razón, pero supongo que la gente estaba más alerta que de costumbre. Eché un vistazo por encima de mi asiento, y me encontré con unas cuantas miradas nerviosas, probablemente por la presencia de los militares, que les recordaba al resto de pasajeros a dónde se dirigían. Decidí volverme y pasar el resto del viaje mirando por la ventana. Me puse mis auriculares y abrí mi libreta. Traté de dibujar varios elementos del paisaje, pero desistía a mitad con cada uno: el tronco de una olivera, la falda de una montaña, la rueda de un tractor, la silueta de una torcaz… Todas las figuras escapaban de mi intento de traerlas al mundo bajo mi dioptría personal, y caían en el pozo del eterno boceto y el desinterés. Taché violentamente todos los alzados y dejé reposar mi cabeza sobre mi muñeca, incapaz siquiera de sentir la furia que me correspondía. Observé con desdén la melancolía de los campos asolados por la niebla, y sin mirar la libreta dibujé bucles y espirales, y pequeñas formas geométricas que se fagocitaban centrífugamente entre sí, construyendo con cada trazo el cimiento de la siguiente revolución de mi lápiz. Eché un perezoso vistazo y vi por enésima vez mi cara y torso desnudo sobre la superficie de mi libreta. Cerré mi libreta con resentimiento y traté de dormirme, aunque solo conseguí quedar en una especie de trance intermedio.
No sé de dónde surgió la costumbre de dibujarme a mí misma pero siempre acaba siendo igual y la misma expresión pero a veces en cubos y triángulos y otras más en espirales pero siempre yo mirando fijamente afuera del papel buscando quien me saque y me dé volumen y me insufle aunque solo sea una almena de arcilla y tenga frío debería haber traído chicle pero siempre se me hace pasta correosa en la boca y noto que se me resquebrajan las muelas y se me podría astillar la boca una espada hecha de dientes sería bastante poderosa el esmalte es muy resistente y se podría crear como una impresora 3D de esmalte o un homúnculo que produjera esmalte dentro de un molde con forma de hacha y el filo podría acabar en punta y seguro que clavarlo en el cénit de mi cráneo debe sentirse algo bien como si liberase presión realmente la acupuntura tiene propiedades reales? tiene sentido para mí si me clavasen una aguja en el centro de mi pie derecho un gran relámpago atravesaría mi cartografía orgánica sin respetar las fronteras de los tejidos y llegaría a mi deltoides derecho pero no sé si haría algo bueno y si tengo una burbuja dentro de la ceja podría explotar o a lo mejor darme un trombo si fuese al cráneo pero se va por la sien y baja por el cuello o a lo mejor se disipa y realmente debería coger mejor posición que luego HAY UNA SACERDOTISA QUE ME ESPERA EN LA COLINA me engancho del cuello y lo que me faltaba un niño triste muy triste al que se le ha caído su bola de helado y llora mucho aunque de normal no llora y sus padres le miran con exasperación joder con el puto niño otros cinco euros a la mierda y el niño no sabe cómo parar HAY UNA SACERDOTISA QUE BALANCEA SUS DOBLADILLOS EN EL BANCAL de llorar y entiende lo mínimo de dinero para saber que es molesto lo que ha hecho y que él es molesto y que crecerá y probará el fentanilo y morirá en un espasmo sin siquiera poder suicidarse y todo el mundo le tendrá EL BRILLOR DORADO DE SU DIVINIDAD DE ARENA Y YO ME ARRASTRO PARA ALCANZARLA PERO miedo mucho miedo a su miasma impregnando las tierras de cultivo viviendo su tristeza en todos las hortalizas que masticamos y al tragar una lágrima de cristal todo el esófago se desgarra y el niño no puede disfrutar de su única victoria LA GARRA DEL TERROR SE ABALANZA SOBRE MI GARGANTA
Desperté de un sobresalto y aún en estado de conmoción, pude ver por la ventana una figura casi humana en llamas, flotando al lado de un poste de electricidad y con una expresión semejante a la calma y la resolución. Ésta se alejó con el poste a medida que el tren avanzaba irremediablemente. Me levanté para ir al baño y beber del horrible agua ni siquiera potable de Renfe para calmar el escozor de garganta que me había dejado el hábito de dormir con la boca abierta. Comprobé la hora aún en el baño y reparé en que debían quedar pocos minutos para llegar a Alfinòs. Volví a mi asiento aún con imágenes confusas sobre el sueño merodeando por mi cabeza y rabillo del ojo. Para mi sorpresa, la única otra persona que me acompañaba en el vagón estaba ya de pie y recogiendo sus pertenencias, así que sin pensarlo demasiado, le imité. Poco después, el tren fue perdiendo velocidad progresivamente hasta detenerse en el andén, el cual estaba contiguo a la entrada principal de la estación.
La otra pasajera esperaba frente a la puerta impacientemente, rebotando ligera y repetitivamente sobre las puntas de sus pies. De pronto, cesó su frenesí mientras se abrían las compuertas, y giró su cabeza hacia mi dirección, reparando en mi presencia abruptamente.
Ah, perdona. Que bloqueo la salida. - dijo con una sonrisa nerviosa
Antes de que pudiese disculparla, sus ojos se habían clavado intensamente sobre los míos, y se escuchó un ligero rebote metálico en la puerta opuesta, seguido de su cuerpo muerto desplomándose sin ceremonia sobre el suelo. Quedé inmovilizada y con los ojos tan abiertos que notaba mis párpados despegados del resto de mi esclerótica. Por la estrecha ventana de al lado de la puerta abierta, pude ver varios militares aproximándose a la salida. Curiosamente, mi terror a los militares fue lo único que en ese momento habría hecho que pudiese reaccionar. Al fin y al cabo, acababa de presenciar algo que no debería, y por lo que probablemente acabaría en un calabozo. Miré otra vez por la ventana, y antes de salir corriendo a cambiar de vagón por el cual salir, cogí sin pensar muy bien por qué la pieza metálica caída junto a la puerta, manchándome en el proceso la mano entera del reguero de sangre que brotaba de la cabeza de la muerta.. La pieza, que más tarde supe que era la bala, estaba todavía ardiendo, pero la agarré con fuerza en mi bolsillo, en parte por no querer quemarme el pantalón y la pierna y en parte porque necesitaba liberar energía de alguna manera.
En el vagón contiguo nadie se había dado cuenta del suceso y la gente estaba abandonando tranquilamente el tren, así que me uní a la marabunta y salí con paso calmado. La gente se empezó a detener para observar la marcha de militares que se agolpaban en el último vagón para ocultar y transportar el cuerpo; pero yo decidí no pararme y salir de la estación lo antes posible. Afortunadamente, la confusión y la intervención militar habían despejado la rutinaria inspección y registro a la salida del tren, así que me apresuré a huir de la escena lo antes posible. Cogí Miguel Hernández hacia el centro y caminé durante 15 minutos con la mirada perdida y sin realmente ser capaz de rastrear ninguno de mis pensamientos. Ni nostalgia ni tristeza ante la visión de las calles que abandonaba casi 20 años atrás, solo la desesperación de no llegar a la casa donde poder intentar procesar lo sucedido. Atravesé Plaza España justo cuando daban las dos de la tarde, y recorrí Abad Aleixandre cuesta arriba casi hasta pasado el parque. Me detuve en el 137 y metí la llave, la cual entró con dificultad. Subí andando hasta el cuarto piso y abrí la puerta de la derecha. Cerré la puerta tras de mí y atravesé la galería hasta la cama contigua a la escalerita de madera, donde me tumbé boca abajo y traté de concentrarme en llorar.
Toda la estancia hedía a polvo y humedad, y el aire estaba muy cargado: probablemente nadie había ventilado el piso en varios años. La cama exudaba un ligero olor a algún familiar indeterminado, tendiéndome lánguidamente así un escabroso puente al rodal semivacío de mi adolescencia. No había refugio del tormento de lo recién vivido en esa sinapsis desabrida. Mis primos y yo saltando en esa cama veinte años atrás no salvaríamos jamás a la mujer que había malgastado sus últimas palabras en ser amable conmigo, una desconocida. Una mujer que, ahora reparaba en perspectiva, había visto entre las fotografías que los militares me habían mostrado hacía 3 horas.
Joder. –me llevé los carpos a los ojos y los apreté tratando de no traer las lágrimas a la vida.- Joder joder joder joder joder…
Golpeaba con mis palmas mi cabeza con una gran ira contenida. No podía parar de llorar y recrear en bucle el chasquido metálico de la bala contra la puerta del tren. Mi llanto se fundamentaba en la secuencia infinitamente oscilando entre la paranoia de poder acabarse mi vida en cualquier instante y la culpabilidad de ni siquiera en esos momentos poder pensar en otra persona que no fuese en mí. Una vida se había acabado abrupta e inconspicuamente delante de mis ojos, una vida que se esfumaba abrazando los ojos equivocados; una vida que se agarraba únicamente a mi cerebro con su último aliento parásito. Esa persona podría estar en ese mismo momento vagando en una espiral asintóticamente descendente hacia la nada, y lo último que podría contemplar progresivamente menos, sería mi rostro congelado en una sonrisa cordial. Una sonrisa que ningún ser humano merece recibir como su última, pero quizás tan válida como cualquier otra (supongo que también es cruel partir con el llanto desconsolado de tus familiares, o con la cólera viciosa de quien te parte las costillas en la acera). Me preguntaba si quizás, en su casi eterna inmersión logarítmica en la muerte, le daría tiempo a preguntarse quién sería yo, a querer conocerme, o incluso hasta enamorarse como una se puede enamorar solo de la belleza primera que todas conocimos en nuestro alrededor: la bañera de casa de la abuela, o el móvil que se balanceaba sobre la vista, o la calle observada desde la terraza; incluso en el rostro de la madre o el padre. Me preguntaba qué haría fuera de los confines de la URIS, y por qué su cara había cambiado tanto desde cuándo la fotografía se había tomado y el mismo momento en que fue abatida. No entendía por qué alguien debía morir joven, o por qué alguien debía morir viejo o por qué alguien debía morir. Lo que sí entendía era la necesaria existencia de los tópicos: la muerte es el gran leitmotiv de la vida, y su entrelazamiento con la melodía de la supuesta heroína, nada más que la historia de la mismísima humanidad. ‘Era tan joven’ Sí. ‘Tenía una vida por delante’. Por supuesto que la tenía. ‘A saber qué podría haber hecho en vida’ Ojalá saberlo. Joder, evidentemente todo eso era cierto. He pasado tanta parte de mi vida pensando que soy la protagonista de mi libro, que a veces se me olvida que los refranes fueron escritos por una razón. Era joven, y tenía una vida llena por delante, y tenía sueños y tenía ideales, ¡y tanto que los tenía! Me surgía pues la ristra de preguntas evidente, si se le pudiese preguntar desde la muerte a esa pobre criatura, ¿estaría orgullosa de haber muerto por la razón por la que acababa de morir? ¿Estaba dispuesta a morir en cualquier segundo como resultó ser ese preciso instante en que le dieron muerte en un burdo vagón de Renfe? ¿Su muerte tendrá algún impacto real en el conflicto? ¿Podría su martidumbre convertirse en un símbolo en su revolución como los Santos de Doñana? Pero acaso ¿qué había hecho ella? A efectos prácticos, solo había muerto. Jamás la había oído nombrada ni siquiera en noticiarios ni en redes ni siquiera la había reconocido en las fotos y tampoco la había visto jamás en folletos ni carteles. Recuerdo aquella vez en el coche de camino a Teruel con los papás cuando rememoraban los carteles de etarras en la Estación del Norte cuando eran pequeñas y no sabían quiénes eran en ese momento pero tenían miedo de que les matasen a ellas, de que fueran a su casa de noche con un cuchillo y les MATARAN porque eso hacen los terroristas MATAN a la gente y hacen llorar a su familia son como un punto negro en el cielo de mediodía y al conectarse con mi pupila se hace MÁS GRANDE y MÁS GRANDE y se traga toda la azulor y cuando creo que ahí mismo se va a acabar la vida todo sigue en su sitio pero SIN MOVERSE yo puedo oír y respirar y palpar y saltar y moverme pero mi cerebro se ha congelado en esa última imagen del cielo devorado mi existencia para siempre siamesa a esa terrible visión a pesar de que me muevo y cierro los ojos y me caigo y me levanto e incluso pasan los años pero la muerte me ha robado la vista para ella misma poder verme horrorizada obvservándola y me pregunto si el mismo pedazo de visión que estoy condenada a ver para siempre será el único que la muerte no pueda ahora y acaso no es eso lo que un amante es sino ser consciente de que la visión que te ha sido robada no tornará a tus ojos podría entonces ese serafín devolverme la mirada y mientras yo me deshago por fricción en su atmósfera recitar me he imaginado una vida entera frente a ti me dice en un ángulo de torsión su cuerpo decayendo en su tumba aérea y su eje en perpendicie a todo una vida en que yo lanzaría mis manos al encuentro de tu ídolo intocable las montañas de lejos sobre un atardecer solitario y solo tu complacencia paroxística rallaría el cristal que nos separa podría pasar toda esa vida golpeándolo con mis grilletes y tú no repararías en mí el ángel en llamas da vueltas sobre sí misme en dimensiones irreconocibles sobre mi cabeza y no aprecio sino a ver su bello cuerpo deformándose en maneras imposibles y sube del porche a la terraza y de la terraza al terrado y yo le sigo como una desesperada sigue cualquier rayo de luna más de lo que narciso repara en sí mismo al desear la muerte y encima del arenero está la sibila cubierta de viudas negras que recorren su cuerpo calmada y concienzudamente y ella me mira y me dice mi psique se pudrirá en la eternidad que dura este último segundo pero ahora solo puedo ver a través de un estrecho sector circular así que inclino y retuerzo y contorsiono mi cuello para poder venerar su gracia pero estoy borracha y no me tengo en pie no sé ni cómo puedo arrastrarme y noto un olor dulce y amargo al mismo tiempo que noto en mis manos el tacto inconfundible de eso suave y pulido y tenaz y con un corazón sagrado latiendo y oigo decir y tu sonrisa infrarroja se disipará en este teseracto en el que parece que no cabíamos las dos sé adónde ir su luz traspasa la visión sé desde donde dios me habla a través de esta gran piscina en la que abro su almanaque y algún día el reloj marcará la medianoche y para mi espanto mi último cielo tendrá en su centro una luna transitoria y entonces sabré que todo
Desperté sobresaltada por el sonido de una fuerte explosión. La casa estaba completamente a oscuras y la onda de choque había levantado una gran bocanada del polvo adherido al techo y las paredes. Profundamente turbada me levanté de la cama y vi una riel de fuego blanco saltar por el balcón. Lo perseguí hasta allí y vi la cara botulinizada y semisonriente del ángel clavada en mi mirada alejarse a velocidad pasmosa por Abad Aleixandre. Miré al cielo, y la luna llena me devolvió la mirada. La observé embobada durante unos segundos hasta que el sonido de varios disparos me devolvió a la realidad. Desesperados, vi a numerosos soldados del ejército español correr por la calle en dirección a dónde de ahora surgía una gran humareda. Los edificios se habían teñido del sanguinolento naranja del fuego de la explosión. Entré con extrañada calma al dormitorio del que emergía el balcón. Me senté en la cama junto a las escaleritas y desenfoqué mi vista sobre el gotelé una vez blanco.
Pasé un buen rato sin capacidad de decisión sobre mi cuerpo, el cual estaba paralizado sobre el colchón. Por mis oídos entraban los estruendos de puertas vecinas abriéndose y tropezándose por las escaleras, botas militares contra mármol, madera y asfalto; llantos de niños rallando la joven penumbra, balas siendo escupidas de sus recámaras, balas impactando indistintamente en paredes que en cabezas… Mis piernas en ese momento reaccionaron y lánguidamente me llevaron de nuevo por el angosto pasillo hasta el salón, donde infructuosamente busqué alguna fotografía de algún familiar. Había fotos de personas, sí, y probablemente compartíamos parentesco; pero no reconocía sus rostros. Paseé en círculos por la sobria estancia sin saber muy bien por qué. El aparador, la mesa, el retablo; el aparador, la mesa, el retablo. El aparador tenía una televisión muy antigua que ya no funcionaba y los cuadros de desconocidos. La mesa tenía un mantel de hule feísimo y cubierto hasta las trancas de polvo. Y el retablo representaba en un metal plateado e indeterminado La Última Cena. La vasija a la izquierda de Judas, como siempre la había recordado, estaba a punto de caerse ya que no estaba soldada al resto de la estructura, sino encajada como una pieza separada. Dentro de la vasija había una pequeña pieza de plástico rojo que probablemente yo o alguno de mis primos metimos allí años atrás. La intenté coger metiendo el dedo índice en el ánfora metálica, pero la quemadura en el mismo me hizo retroceder. Un escalofrío me atravesó toda la columna vertebral. La bala. Las cámaras del tren. Los militares de la segunda parada. Los sonidos de botas y todo el cariz de terror que debían haberme supuesto desde el principio cobraban ahora sentido. Una gran ansiedad empezó a borbotear en mi estómago, extendiéndose radialmente por el resto de mi torso. Sentía en el cerebro un dolor como de fuertes agujetas al vivo, como si mi cráneo se hubiese fracturado y se me estuviese astillando en el ganglio padre por momentos.
Empecé a caminar adelante y a atrás presta y obsesivamente: mi voz interna había empezado de nuevo con su runrún. Pero esta vez tenía sentido. Yo había estado presente en la escena del crimen; de un crimen de Estado. Disparos en la calle. Eso no era poca cosa. Eso no era responder preguntas, dar testimonio, muchas gracias y a casa. Un hombre gritando a pleno pulmón, la voz desgarrada. Eso a lo mejor era un billete de ida a la cárcel, sin mayor juicio que las sesiones sucesivas de torturas y probablemente violaciones que sufriría. Había visto los testimonios de prófugas, había oído lo que pasaba entre las rejas y el alambre de espino. Yo no sobreviviría, no. Grupúsculos de gente corrían arriba de Abad Aleixandre. Mierda, es que ya no solo eran las cámaras, ni el revisor: mi propio algoritmo de redes sociales. Si ahora decidiesen hacer una purga, sabrían qué perfiles buscar, dónde viven, dónde se encuentran al momento, quién es su familia… ¿Qué sería lo mínimo que buscarían? Una sirena distante se alzaba sobre el rumor de los gritos desvalidos de los inocentes. ¿Una opinión subida a historias? ¿Un reposteo de infografías cutres? ¿Un Me Gusta a una publicación mínimamente crítica? ¿Una bio con los colores equivocados? ¿Qué me podría delatar? Una explosión cercana hizo estallar los cristales de toda la casa.
Me agaché instintivamente, pero no había ninguna ventana cerca de mí. Estaba hiperventilando pesadamente cuando comencé a escuchar aquellas botas militares que previamente habían sido tapadas por el caos de la calle, acercándose a la puerta del piso. Dejé súbitamente de respirar y se me paralizó el cuerpo entero, en esa extraña posición semiagachada. Entre el bramor de la ciudad cada vez más en llamas, distinguí un flojo pero sin vacilación toque de puerta. Una arcada acudió a mi garganta, pero conseguí frenarla, aún con el cuerpo rígido y la mano en los labios. Se hizo un gran silencio. Esperé catatónica como un cervato espera a no ser visto por el lobo que le está rastreando. Pasaron los segundos lenta y tortuosamente, mientras notaba cómo la adrenalina se apoderaba desesperadamente de mi cuerpo. Cuando noté que me subía una segunda arcada, la puerta volvió a sonar y me abalancé sobre el pomo automáticamente. Abrí la puerta en una fracción de segundo y empecé a bajar las escaleras casi de tres en tres. Mantenía la mano ligeramente tutorizada en la baranda de cemento esmaltado para no perder el equilibrio. Llegué al patio y salí de la finca calle arriba, aún corriendo.
De nuevo, mi cuerpo estaba en posesión de toda mi integridad, notando mi conciencia y mi visión a metros por encima de mi cabeza. Mi cuerpo hacía movimientos extraños, corría con las piernas como muy separadas y cada vez parecían distanciarse más entre sí. Daba un poco de vértigo ver mis piernas malearse como chicle contra el viento, pero también era algo gracioso. De vez en cuando mi cabeza volvía a tierra cuando apretaba las manos al correr y volvía el dolor de la quemadura de la bala. En estos momentos entraba de nuevo en contacto con el miedo y mis zancadas se hacían si cabe más amplias y frenéticas. Me preguntaba si en ese momento podría abalanzarme contra el suelo y empezar a correr a cuatro patas, si mi cuerpo respondería instintivamente al lanzamiento y podría emprender una carrera si cabe más apresurada, más ágil, más rabiosa; hasta finalmente saltar de nuevo y nadar, nadar en el aire como toda una vida llevaba haciendo y hacer girar mis brazos como aspas para encontrarse éstos con la suave frialdad de la medianoche.
Seguía corriendo, cada vez con los efectos de la fatiga más patentes. Los disparos en la lejanía sin embargo, suministraban todos los alicientes que necesitaba para seguir. Sin darme cuenta, el paisaje había cambiado. Las calles se habían vuelto más anchas y las fincas se habían ido relevando paulatinamente con naves y almacenes. Apenas me había encontrado con otras personas, también corriendo; pero en determinado punto de mi carrera, éstas habían dejado de aparecer. En su lugar aumentó el número de cadáveres. Algunos eran militares, pero la mayoría lucían civiles. Me detuve por primera vez en toda la noche para observar uno de los cadáveres: era un hombre calvo, de alrededor de cincuenta años, y llevaba una camisa a rayas rosas que se había teñido de rojo por la parte del abdomen. No había nadie a su alrededor, probablemente salía del trabajo cuando le dispararon. ¿Pero quién?
Me aparté del cuerpo mientras introducía la mano en mi bolsillo del pantalón y sentía la gélida y pegajosa bala lamiéndome la quemadura. Caminé mirando al frente hasta encontrarme con una nave industrial abandonada. No surgía ningún ruido del interior, así que decidí entrar por el hueco entre una compuerta y otra torpemente cerradas con una cadena holgada. El frío empezaba a hacer mella en mi cuerpo borracho de adrenalina, y dentro del edificio al menos no corría la brisa nocturna. La estancia era más pequeña de lo que parecía desde fuera, ya que estaba llena de sacos de cemento y arena, muchos de ellos rotos. Me senté en un saco que estaba a ras de suelo, y recorrí la nave con la mirada: pude ver que también abundaban las lápidas en aquel lugar, todas ellas aún por grabar. En una de las paredes yacía inerte y cubierta de polvo y suciedad una antigua bandera con la cruz de San Andrés.
Escuché un ruido metálico e instintivamente me agaché y me cubrí la cabeza. El terror volvió a invadirme tras la apatía que otorga la huida, pero esta vez no tenía fuerzas para volver a correr, así que simplemente me quedé inmóvil, recogida sobre mí misma a esperar mi muerte. Pensé en el espanto que debían sentir las víctimas de tantas guerras entre naciones diferentes al oír acercársele el idioma ligeramente familiar pero a todos efectos desconocido que pronunciaría las últimas palabras que escucharía antes del gatillo y el fin. Pero ahora pensaba en que, entender esas últimas palabras podría ser si cabe más desesperante: dos soldados confirmando bajas indistintamente mientras hablan de alguna banalidad como lo que comerán mañana, o lo imbécil que es el teniente Aguirre o lo que odian mancharse las botas de barro. Ahí entendí que por mucho que luchase contra ello y tratase de performar humildad, en el fondo era una ególatra que quería irse de este mundo con un versículo de la Biblia o un poema de Baudelaire. Algo a lo que agarrarme en mi tránsito asintótico al segundo que no llegaría. Un mantra, o algo en que pensar, que exprimir; pero no una cordialidad. No otra vez.
Sin embargo, tras unos segundos esperando dicha muerte, lo único que sentí fue un tacto suave y peludo en mis manos unidas en oración. Levanté lentamente la mirada, y vi una gata de pelaje pardo restregar su costado contra mi mano. La observé continuar su camino imperturbable hasta desaparecer de mi vista. Desenfoqué mi mirada en el hueco de la puerta por el que había entrado y escuché la sinfonía del derrumbar proveniente de la ciudad. Aún con la vista fija en la pálida luz naranja y pulsante, recordé un poema que escuché en mi adolescencia, y lo susurré mientras me balanceaba suavemente:
El coche está en llamas y no hay nadie al volante
las alcantarillas se han embarrado con mil suicidios en soledad
y un aciago viento sopla
El gobierno está corrompido
y nosotras continuamente drogadas
con la radio encendida y las cortinas echadas
Estamos atrapadas en las tripas de esta horrible máquina
y la máquina se está desangrando
El sol se ha puesto
las pancartas publicitarias nos persiguen con la mirada
y las banderas han muerto todas en lo alto de sus mástiles
Así fue:
Los edificios se derrumbaron sobre sí mismos
las madres mecían a sus bebés tras sacarlos de los escombros
y les arrancaban el pelo
El horizonte incendiado era precioso:
ruinas de metal estirándose hacia el cielo
mientras todo era bañado en aquella fina niebla naranja
Te dije: ‘bésame, eres preciosa -
estos son los últimos días.’
Cogiste mi mano y nos dejamos caer
como en una alucinación o un sueño febril
Un día despertamos y caímos todavía un poco más –
sin duda estamos en el valle de la muerte
Abro mi cartera
y está llena de sangre.
Noté que mis pulsaciones volvían a bajar y el frío se asentaba en mi cuerpo lenta pero cómodamente. Me incorporé y caminé en círculos pensando en qué podría hacer ahora. Estaba a casi una hora del piso, y nada me aseguraba que pudiese llegar a salvo a éste. Quedarse allí tampoco parecía muy buena opción: el edificio parecía bastante ruinoso y quedarme parada en un sitio varias horas podía también resultar en que me descubriesen, o al menos eso pensaba. Mientras me debatía, escuché a mi amiguita peluda bufiendo en una estancia contigua. Sin pensarlo demasiado seguí el sonido, el cual lo repetía continuamente, alternándolo de vez en cuando con maullidos y alaridos. Una fina brisa fresca corría desde el fondo de la nave. Cuando estuve a punto de cruzar el umbral de la habitación en la que estaba la gata, me detuve. Mi amiga estaba tratando de ahuyentar a algo o a alguien que le daba miedo. A lo mejor no estaba sola, después de todo. Igualmente, era demasiado tarde, se me había escuchado caminar hasta allá siguiendo al gato. Conteniendo el aliento, asomé parcialmente la cara y divisé a mi amiga. Estaba todavía arqueada y erizada, bufiendo mientras retrocedía lentamente. Me atreví finalmente a subir la mirada y me sorprendí casi desesperadamente al descubrir que solo estaba la gata allí. Entré del todo a la estancia y me cercioré que la amenaza no estuviese escondida. En ese momento pensé que, de haberla habido, estaba desarmada y podría haber muerto. Realmente necesitaba descansar. Igualmente, la gata seguía maullando muy nerviosa y se me pegó a la pierna cuando me vio detenerme en el centro de la estancia. Me agaché a acariciarla, y se giró a mirarme. De pronto se calmó, y sus pupilas volvieron a ponerse redondas. Me observaba con expresión neutra, sin rastro del nerviosismo de apenas unos instantes atrás. Después de observarme detenidamente, otra bocanada de la brisa fresca de antes hizo que mi amiga volviese a mirar hacia el frente, por lo que decidí hacer lo mismo.
Sentí como si mi corazón se hubiese contraído más de lo que le correspondía, como si le hubiese dado una rampa incluso. Lo que vi fue la razón por la que no había encontrado la amenaza dentro de la habitación: simplemente porque ahí adentro no estaba. La brisa de pronto se detuvo como reclamando mi atención hacia la pequeña ventana por la cual se filtraba levemente el brillo de la luna llena de nuevo, y recortaba la silueta de la cara paralizada del ángel en una sonrisa leve y unos ojos inquisidores contra la oscuridad de la noche cerrada. Sin cambiar su expresión, el ángel desapareció de nuevo, pero esta vez más lentamente. Sentí de nuevo las náuseas subiéndome a la garganta, y esta vez vomité en el suelo.
A partir de aquí recuerdo solo algunas imágenes dispersas. Entré en una especie de trance y salí corriendo de la nave. Vi que el ángel me esperaba y sin dejar de mirarme me guiaba a través de la carretera, que se convirtió en campo y llegado el momento, en monte. Recuerdo que cuando se espesó el encinar, no pude ver ya bien su cara, y solo seguía la luz de su aureola. Recuerdo oír toda clase de graznidos animales, pero no les presté atención. Sin embargo, en determinado momento empecé a escuchar aullidos de lobo cruzar de una parte a otra del monte. El miedo en ese momento ya no significaba nada para mí, pero ciertamente me hacía tocar algo de tierra en ese momento de psicosis. Finalmente llegué a un terraplén donde la espesura arbórea se disipaba. En su centro, encontré al ángel de espaldas. Recuerdo todos los pliegues de sus escápulas, la curvatura de su columna y hasta los promontorios de cada una de sus vértebras. En aquel silencio divino, sus omóplatos comenzaron a dislocarse en un oxímoron de belleza y horror hasta dejar filtrar el fuego de sus seis alas como una estrella recién inflamada. Hasta ahí llega mi memoria de aquel día.
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