martes, 19 de agosto de 2025

Cuscuta 0: Móvil

 Observaba el negror de la pantalla del ordenador como únicamente en silencio y soledad, una desviste minuciosamente la nada absoluta. 

La noche anterior había acudido a un concierto de bandas locales, fingiendo de nuevo que todo el murmullo de movimientos que sucedían a mi alrededor eran fácilmente asimilables. No solía ser algo realmente fuera de serie, pero pareciese como si mi tolerancia a la falta de protocolo se diluyese quizá no tan cómodamente como una podría desear. 

Acostumbraba durante estos días a ir a eventos musicales, principalmente conciertos y sesiones, en soledad, debido a que ni yo misma me soportaba con mi necesidad de bambar por la sala continuamente alternando entre mear, rellenar la botella de agua o salir a que me diese el aire. Había probado varias veces a salir sola, y pronto me había acostumbrado a ello, pues a pesar de ser ligeramente más aburrido, podía actuar completamente conforme a mis necesidades. Esto suponía que muchas veces acababa usando la música como catalizador de mi impulso creativo. Solía sacar mi libreta y dejar correr el lápiz a través de los pogos o empujones que pudiesen devenir, y tratar de no dejar escapar esa sinapsis específica que compuso esa imagen concreta que jamás volvería, y que la bastarda creatividad pasaría una vida infinitamente corta tratando de reconstruir su belleza ipsofacta. Suponía, muchas veces, rendirse ante una tarea demasiado difícil que Dios desperdiciaba encomendándosela a mi limitada psique. Aprendí sin embargo a no torturarme por ello: gajes del demiurgo.

Me hallaba sin duda alguna en una época de lenta y tortuosa transición, después de años en una especie de letargo en el que todo recuerdo parecía haber sido meteorizado por la marea y el salitre. Todo momento entonces se me presentaba como una escena prefabricada y rodada con total naturalidad bajo la superficie de una gran piscina transparente, y a momentos  parcialmente permeable a la luz del sol. El sentimiento imperante era una extrañeza dentro de la matrioska de la apatía, aunque no alcanzaba a descifrar si dentro de esta extrañeza quedaba algún otro embrión. Pero bueno, todo esto supuestamente pertenecía al pasado y ahora, aunque la piscina no estaba ya presente, yo parecía no saberme mi guión y no podía evitar adivinar cierto compadecimiento colectivo en los gestos y palabras de las personas a las que aún permitía su presencia. No sé, en retrospectiva era bastante evidente que mi espíritu estaba agitado, abatido, atormentado; pero creo que siempre he proyectado esa imagen, y no estaba acabando de saber transmitir que en ese momento mi alma se retorcía con más desasosiego del acostumbrado.

Esta dolorosa abstracción del zumbido general me empujaba a las ideaciones de escapismo y huida. El terror a la muerte había sido mi gemelo desde prácticamente mi nacimiento, y su recuerdo en forma de pesadillas o pensamientos intrusivos, eclipsaba continuamente la rutilancia de mis deseos de vida y visceralidad. Precisamente esta disonancia en mi naturaleza era lo que consumía toda la energía que mi cuerpo podía generar para ser un ser humano de provecho. Me mantenía a duras penas haciendo malabares entre mi escaso sueldo, la pensión estatal por orfandad y el dinero que constantemente succionaba de mi familia. Vivía sola en un piso del barrio del Carmen que mis abuelos tenían allí para especular, y me las apañé para convencerles de, a todos efectos, okupárselo por un alquiler simbólico. Era pues toda mi vida, una intrincada rueda de hámster que yo misma me había impuesto y que retozaba en el fango de su superficialidad para tratar de convencerme de que ‘es lo que hay’. Así pues, la construcción de mi ego había completado la manera de autoperpetuar su narrativa a través de generar una vida fabricada de la que necesitar escapar.

Uno de los juguetes que más protagonismo cobraba en aquella época en mis esfuerzos de no enfrentarme a mi inmediatez, era el neuromet. Era el primer prototipo comercial que había salido en el Reino de España, y había gastado bastantes ahorros en él. Las libretas, los blogs e incluso las tabletas gráficas de nueva generación no alcanzaban a plasmar con precisión lo que sucedía en mi cabeza; lo que siempre había sucedido: una gran tormenta de ensoñaciones que tomaban formas indecibles y que abandonaban mi zona del encéfalo responsable de la vividez con tanta presteza con la que se presentaban. Aquello, inundaba mi sistema nervioso con su presencia, y se retorcía en todos mis pliegues encefálicos a esperas de que yo pudiese corresponderle, pero como dije antes, mi relación con Dios al respecto de sus encomiendas aún seguía siendo de inútil súplica y acostumbrada decepción. Acaso toda idea que caía en mis indignas manos, no lograba hacer justicia a la fuente primordial de belleza que se dejaba contonear de vez en cuando en los bravos matorrales de mi pensamiento, y ello causaba en mí el mortuorio estremecimiento de  que nunca era lo suficiente precisa en mi hablar, imaginar y crear. El neuromet permitía en mí, eliminar varios intermediarios entre la fuente y el papel: para empezar porque el sustituir el papel por una vibración neural revolucionaba en sí la propia premisa del arte; pero la transformación del lápiz en una asimisma oscilación cerebral estrechaba su conversación con lo de fuera a asíntotas que jamás podría haber imaginado. Ahora las imágenes no tenían que ser tratadas y procesadas en polvorientos engranajes lingüísticos, deformadas a la tiranía de la impotencia y masticadas para la boca del polluelo. Ahora ya no estaba loca.

Debido al precio prohibitivo, a la escasa distribución que había tenido el producto dada la situación de la nación, y a que la mayoría del software estaba todavía casi exclusivamente orientado a la mecanografiación y al cálculo; era una de las únicas personas en València (y probablemente en el Reino de España) que poseía un neuromet. De momento había probado con excelentes resultados las capacidades del dispositivo para transcribir con una precisión pasmosa mi tren del pensamiento. Éste era ecléctico, titubeante, violento, zumbante; lo cual se podía apreciar en los poderosos torrentes de palabras y verborreas que se pisoteaban las unas a las otras para formar verdaderas torres de babel de conceptos y bestias imaginarias. En apenas varias semanas había completado toda una antología de caligramas asombrosos, mucho más alejados de la literatura de lo que el poema de Gilgamesh lo estuvo en su día del gruñido y la primitiva vocalización. Precisamente por la sencillez con la que se lograba esa hercúlea tarea quedé cautivada, y supe inmediatamente que la palabra aún se interponía en mi camino de la Perfecta Proferición. 

Acababa pues, de apagar mi ordenador tras probar un nuevo programa que había estado investigando las últimas semanas. Se trataba de un software de animación presuntamente ‘4-D’ desarrollado por el gobierno estadounidense para poder sonsacar recreaciones y ubicaciones de lugares de interés de las mentes traumatizadas de refugiados, rehenes y presos. Creo que fue filtrado por algún incel de 4chan hacía unas semanas, pero desde entonces el link aparecía y desaparecía de la web constantemente. Tanto era así que ya se había convertido en meme el simple hecho de compartir el programa o una captura del link. Fue precisamente en los comentarios de una publicación de Meta (ahora ya tumbada, obviamente) donde encontré uno de los numerosos links que circulaban por todo Internet. Antes de colocarme el casco sobre la cabeza, hice una simulación analógica con mi portátil para cerciorarme de que el programa no era falso y evitar freírme el cerebro. Sorprendentemente resultó ser verídico, pero por desgracia era una versión beta con menos herramientas. Probé durante unas horas el programa, y resultaba ser, salvando ciertas distancias, el simulador de demiurgo por el que había rezado día y noche durante toda mi vida. En media hora pude plasmar lo que en otros 25 años había fallado en siquiera intuir. La impresión que generó en mí fue pues, bastante grande.

Me quedé ponderando infinitas posibilidades con mi bien delimitado cerebro durante un tiempo finito pero prolongado; ahí, perdida en la mirada disoluta que me devolvía la oscura pantalla. El futuro era incierto pero cegador en esos instantes, y yo lo sabía. Pero a pesar de ser la grandeza a lo único que aspiraba en ese instante, el escapismo era la única respuesta que podía generar mi cuerpo viciado y obsesivo. A día de hoy me sigue fascinando la incongruencia con la que el cuerpo actúa a pesar de la facilidad de las circunstancias. Podría una saciar la sed en su travesía por el desierto con el oasis que a pocos metros se le presenta; que si lo único que ha conocido es el petróleo, excavará en la arena hasta manchar su estómago de crudo.

Precisamente por esto, decidí al momento comprar un billete de tren para marcharme a Alfinòs dels Voltors. Me levanté de la silla y cogí una mochila. La embutí con mi portátil y el neuromet, un par de suéteres y calcetines gordos (ya que allí refrescaba bastante más que en València), y salí a la calle sin almorzar y con mi abrigo de monte puesto. Llevaba postergando una visita a mi ciudad natal durante años, llegándoseme a aparecer de crípticas maneras en más de la mitad de mis sueños: a veces recorría calles que no reconocía pero de alguna manera sabía que era Alfinòs; otras, soñaba conmigo misma desfilando en fiestas y algo terrible sucedía, como que se me deshilachaban la faja y la falda hasta caminar desnuda o que los sables eran armas reales y marchábamos a asesinar al cacique en su castillo; otras veces, soñaba simplemente con mi familia reunida en una misma mesa, y yo no podía interactuar con la escena, forzada a observar impotente un banquete de carne humana. Pero siempre, siempre sucedía en el mismo lugar, y pensé que si había una manera de averiguar qué sucedía en mi cabeza, debía averiguarlo allí, y cuanto antes. 

Atravesé la plaza de la Reina con su reconfortante olor ajado, y esquivé los escuadrones de turistas y amargados transeúntes hasta llegar al Lluís Vives y enfrente la Estación. A diferencia de tantas otras ocasiones que había cogido el tren, esta vez no me detuve a curiosear la fachada modernista ni a exhalar una risa al ver la silueta estrellada que aún sombreaba alguno de sus alféizares. Entré al recibidor, pagué en la máquina mi billete y busqué mi tren en el andén 4, uno de los centrales. Me recogió el mismo talgo que siempre me llevaba en mi adolescencia a la comarca y no pude evitar cierto cariño al cruzar su umbral cochambroso. Me tomé mi tiempo para revisar el tren entero en busca del juego de asientos más aislado y vacío, y en el vagón contiguo a la cámara del maquinista acabé encontrando un juego de cuatro asientos completamente vacío. Tomé asiento después de esparcir mis cosas por el balde superior y saqué mi libreta. Era de cuero auténtico y relativamente antigua. Mis tíos me la trajeron de un viaje al centro de Europa hacía diez u once años, pero nunca me había atrevido a usarla hasta ahora. Realmente necesitaba colaborar con las fuerzas del destino que intuía que me empujaban a colocarme en mi lugar: necesitaba creerme mi propia profecía de cambio. 

Todavía estaba perdida en mi monólogo constante y con la libreta sin abrir cuando llegamos a la segunda parada. Subió el revisor seguido de dos militares. Se dirigieron automáticamente hacia donde yo les observaba sentada. Se pusieron los tres uno al lado del otro frente a mí, y mientras rebuscaba fingiendo acordarme de donde había dejado mi billete, los militares me ametrallaron a preguntas. ¿A dónde se dirige? A Alfinòs. ¿Asuntos familiares, personales o de trabajo? Personales. ¿Qué motivos? Bueno, em (no esperaba esta pregunta) voy a ver una casa de mi familia, para comprobar el estado en el que se encuentra. ¿Es consciente de que no es una zona segura, verdad? Sí, soy consciente. Precisamente por los últimos altercados he decidido ver si aún sigue la casa en buen estado. ¿Es usted de allí? Si, nací allá pero con seis años mi familia se mudó a València. ¿Conoce usted a alguna de las siguientes personas?

Sacó uno de los militares entonces una tableta desplegable con las fotografías de los rostros de numerosos jóvenes. Las fotos tenían muy baja resolución y parecían haber sido tomadas de grabaciones. Muchas de ellas habían parecían haber sido tomadas en el monte. Lucían gran variedad de expresiones: decisión, terror, furia, manía, satisfacción… Muchas de las caras me eran vagamente familiares, pero admitirlo me habría causado perder el viaje entero dialogando con los soldados, si no en alguna comisaría de interior en la que tantos jóvenes acabábamos apaleados. Decidí lo que todo el mundo hacía, y deslicé lentamente las imágenes una a una, deteniéndome unos segundos prudenciales y calculados en cada una, para acabar concluyendo con un ‘No, lo siento.’ Encontré en ese momento mi billete doblado en tres pliegues en el fondo de mi bolsillo derecho del pantalón y se lo entregué al revisor. Vi en la extrañeza de su mirada el que me hubiese tomado la molestia de imprimir el billete, pero decidió checarlo sin causarme más problemas y se dirigieron a increpar al siguiente pasajero.

Siempre me jodía tener que interaccionar tan violentamente con los militares, que buscaban el más mínimo gesto para meterte un tiro y dejarte en el sitio, o al menos esa impresión me daba a mí. Alfinòs había sido una ciudad muy inestable desde el alzamiento de la URIS. Era una ciudad con la demasiada importancia histórica e industrial como para que el Reino de España la abandonase, pero su localización en la cuna de tantas montañas en sus inmediaciones la convertía en un campo de batalla constante y un blanco evidente para las numerosas incursiones guerrilleras de los comandos de los alrededores. La semana anterior un gran motín se había producido, no me enteré muy bien por qué razón, pero supongo que la gente estaba más alerta que de costumbre. Eché un vistazo por encima de mi asiento, y me encontré con unas cuantas miradas nerviosas, probablemente por la presencia de los militares, que les recordaba al resto de pasajeros a dónde se dirigían. Decidí volverme y pasar el resto del viaje mirando por la ventana. Me puse mis auriculares y abrí mi libreta. Traté de dibujar varios elementos del paisaje, pero desistía a mitad con cada uno: el tronco de una olivera, la falda de una montaña, la rueda de un tractor, la silueta de una torcaz… Todas las figuras escapaban de mi intento de traerlas al mundo bajo mi dioptría personal, y caían en el pozo del eterno boceto y el desinterés. Taché violentamente todos los alzados y dejé reposar mi cabeza sobre mi muñeca, incapaz siquiera de sentir la furia que me correspondía. Observé con desdén la melancolía de los campos asolados por la niebla, y sin mirar la libreta dibujé bucles y espirales, y pequeñas formas geométricas que se fagocitaban centrífugamente entre sí, construyendo con cada trazo el cimiento de la siguiente revolución de mi lápiz. Eché un perezoso vistazo y vi por enésima vez mi cara y torso desnudo sobre la superficie de mi libreta. Cerré mi libreta con resentimiento y traté de dormirme, aunque solo conseguí quedar en una especie de trance intermedio.

No sé de dónde surgió la costumbre de dibujarme a mí misma pero siempre acaba siendo igual y la misma expresión pero a veces en cubos y triángulos y otras más en espirales pero siempre yo mirando fijamente afuera del papel buscando quien me saque y me dé volumen y me insufle aunque solo sea una almena de arcilla y tenga frío debería haber traído chicle pero siempre se me hace pasta correosa en la boca y noto que se me resquebrajan las muelas y se me podría astillar la boca una espada hecha de dientes sería bastante poderosa el esmalte es muy resistente y se podría crear como una impresora 3D de esmalte o un homúnculo que produjera esmalte dentro de un molde con forma de hacha y el filo podría acabar en punta y seguro que clavarlo en el cénit de mi cráneo debe sentirse algo bien como si liberase presión realmente la acupuntura tiene propiedades reales? tiene sentido para mí si me clavasen una aguja en el centro de mi pie derecho un gran relámpago atravesaría mi cartografía orgánica sin respetar las fronteras de los tejidos y llegaría a mi deltoides derecho pero no sé si haría algo bueno y si tengo una burbuja dentro de la ceja podría explotar o a lo mejor darme un trombo si fuese al cráneo pero se va por la sien y baja por el cuello o a lo mejor se disipa y realmente debería coger mejor posición que luego HAY UNA SACERDOTISA QUE ME ESPERA EN LA COLINA me engancho del cuello y lo que me faltaba un niño triste muy triste al que se le ha caído su bola de helado y llora mucho aunque de normal no llora y sus padres le miran con exasperación joder con el puto niño otros cinco euros a la mierda y el niño no sabe cómo parar HAY UNA SACERDOTISA QUE BALANCEA SUS DOBLADILLOS EN EL BANCAL de llorar y entiende lo mínimo de dinero para saber que es molesto lo que ha hecho y que él es molesto y que crecerá y probará el fentanilo y morirá en un espasmo sin siquiera poder suicidarse y todo el mundo le tendrá EL BRILLOR DORADO DE SU DIVINIDAD DE ARENA Y YO ME ARRASTRO PARA ALCANZARLA PERO miedo mucho miedo a su miasma impregnando las tierras de cultivo viviendo su tristeza en todos las hortalizas que masticamos y al tragar una lágrima de cristal todo el esófago se desgarra y el niño no puede disfrutar de su única victoria LA GARRA DEL TERROR SE ABALANZA SOBRE MI GARGANTA

Desperté de un sobresalto y aún en estado de conmoción, pude ver por la ventana una figura casi humana en llamas, flotando al lado de un poste de electricidad y con una expresión semejante a la calma y la resolución. Ésta se alejó con el poste a medida que el tren avanzaba irremediablemente. Me levanté para ir al baño y beber del horrible agua ni siquiera potable de Renfe para calmar el escozor de garganta que me había dejado el hábito de dormir con la boca abierta. Comprobé la hora aún en el baño y reparé en que debían quedar pocos minutos para llegar a Alfinòs. Volví a mi asiento aún con imágenes confusas sobre el sueño merodeando por mi cabeza y rabillo del ojo. Para mi sorpresa, la única otra persona que me acompañaba en el vagón estaba ya de pie y recogiendo sus pertenencias, así que sin pensarlo demasiado, le imité. Poco después, el tren fue perdiendo velocidad progresivamente hasta detenerse en el andén, el cual estaba contiguo a la entrada principal de la estación.

La otra pasajera esperaba frente a la puerta impacientemente, rebotando ligera y repetitivamente sobre las puntas de sus pies. De pronto, cesó su frenesí mientras se abrían las compuertas, y giró su cabeza hacia mi dirección, reparando en mi presencia abruptamente.

  • Ah, perdona. Que bloqueo la salida. - dijo con una sonrisa nerviosa

Antes de que pudiese disculparla, sus ojos se habían clavado intensamente sobre los míos, y se escuchó un ligero rebote metálico en la puerta opuesta, seguido de su cuerpo muerto desplomándose sin ceremonia sobre el suelo. Quedé inmovilizada y con los ojos tan abiertos que notaba mis párpados despegados del resto de mi esclerótica. Por la estrecha ventana de al lado de la puerta abierta, pude ver varios militares aproximándose a la salida. Curiosamente, mi terror a los militares fue lo único que en ese momento habría hecho que pudiese reaccionar. Al fin y al cabo, acababa de presenciar algo que no debería, y por lo que probablemente acabaría en un calabozo. Miré otra vez por la ventana, y antes de salir corriendo a cambiar de vagón por el cual salir, cogí sin pensar muy bien por qué la pieza metálica caída junto a la puerta, manchándome en el proceso la mano entera del reguero de sangre que brotaba de la cabeza de la muerta.. La pieza, que más tarde supe que era la bala, estaba todavía ardiendo, pero la agarré con fuerza en mi bolsillo, en parte por no querer quemarme el pantalón y la pierna y en parte porque necesitaba liberar energía de alguna manera. 

En el vagón contiguo nadie se había dado cuenta del suceso y la gente estaba abandonando tranquilamente el tren, así que me uní a la marabunta y salí con paso calmado. La gente se empezó a detener para observar la marcha de militares que se agolpaban en el último vagón para ocultar y transportar el cuerpo; pero yo decidí no pararme y salir de la estación lo antes posible. Afortunadamente, la confusión y la intervención militar habían despejado la rutinaria inspección y registro a la salida del tren, así que me apresuré a huir de la escena lo antes posible. Cogí Miguel Hernández hacia el centro y caminé durante 15 minutos con la mirada perdida y sin realmente ser capaz de rastrear ninguno de mis pensamientos. Ni nostalgia ni tristeza ante la visión de las calles que abandonaba casi 20 años atrás, solo la desesperación de no llegar a la casa donde poder intentar procesar lo sucedido. Atravesé Plaza España justo cuando daban las dos de la tarde, y recorrí Abad Aleixandre cuesta arriba casi hasta pasado el parque. Me detuve en el 137 y metí la llave, la cual entró con dificultad. Subí andando hasta el cuarto piso y abrí la puerta de la derecha. Cerré la puerta tras de mí y atravesé la galería hasta la cama contigua a la escalerita de madera, donde me tumbé boca abajo y traté de concentrarme en llorar. 

Toda la estancia hedía a polvo y humedad, y el aire estaba muy cargado: probablemente nadie había ventilado el piso en varios años. La cama exudaba un ligero olor a algún familiar indeterminado, tendiéndome lánguidamente así un escabroso puente al rodal semivacío de mi adolescencia. No había refugio del tormento de lo recién vivido en esa sinapsis desabrida. Mis primos y yo saltando en esa cama veinte años atrás no salvaríamos jamás a la mujer que había malgastado sus últimas palabras en ser amable conmigo, una desconocida. Una mujer que, ahora reparaba en perspectiva, había visto entre las fotografías que los militares me habían mostrado hacía 3 horas. 

  • Joder. –me llevé los carpos a los ojos y los apreté tratando de no traer las lágrimas a la vida.- Joder joder joder joder joder…

Golpeaba con mis palmas mi cabeza con una gran ira contenida. No podía parar de llorar y recrear en bucle el chasquido metálico de la bala contra la puerta del tren. Mi llanto se fundamentaba en la secuencia infinitamente oscilando entre la paranoia de poder acabarse mi vida en cualquier instante y la culpabilidad de ni siquiera en esos momentos poder pensar en otra persona que no fuese en mí. Una vida se había acabado abrupta e inconspicuamente delante de mis ojos, una vida que se esfumaba abrazando los ojos equivocados; una vida que se agarraba únicamente a mi cerebro con su último aliento parásito. Esa persona podría estar en ese mismo momento vagando en una espiral asintóticamente descendente hacia la nada, y lo último que podría contemplar progresivamente menos, sería mi rostro congelado en una sonrisa cordial. Una sonrisa que ningún ser humano merece recibir como su última, pero quizás tan válida como cualquier otra (supongo que también es cruel partir con el llanto desconsolado de tus familiares, o con la cólera viciosa de quien te parte las costillas en la acera). Me preguntaba si quizás, en su casi eterna inmersión logarítmica en la muerte, le daría tiempo a preguntarse quién sería yo, a querer conocerme, o incluso hasta enamorarse como una se puede enamorar solo de la belleza primera que todas conocimos en nuestro alrededor: la bañera de casa de la abuela, o el móvil que se balanceaba sobre la vista, o la calle observada desde la terraza; incluso en el rostro de la madre o el padre. Me preguntaba qué haría fuera de los confines de la URIS, y por qué su cara había cambiado tanto desde cuándo la fotografía se había tomado y el mismo momento en que fue abatida. No entendía por qué alguien debía morir joven, o por qué alguien debía morir viejo o por qué alguien debía morir. Lo que sí entendía era la necesaria existencia de los tópicos: la muerte es el gran leitmotiv de la vida, y su entrelazamiento con la melodía de la supuesta heroína, nada más que la historia de la mismísima humanidad. ‘Era tan joven’ Sí. ‘Tenía una vida por delante’. Por supuesto que la tenía. ‘A saber qué podría haber hecho en vida’ Ojalá saberlo. Joder, evidentemente todo eso era cierto. He pasado tanta parte de mi vida pensando que soy la protagonista de mi libro, que a veces se me olvida que los refranes fueron escritos por una razón. Era joven, y tenía una vida llena por delante, y tenía sueños y tenía ideales, ¡y tanto que los tenía! Me surgía pues la ristra de preguntas evidente, si se le pudiese preguntar desde la muerte a esa pobre criatura, ¿estaría orgullosa de haber muerto por la razón por la que acababa de morir? ¿Estaba dispuesta a morir en cualquier segundo como resultó ser ese preciso instante en que le dieron muerte en un burdo vagón de Renfe? ¿Su muerte tendrá algún impacto real en el conflicto? ¿Podría su martidumbre convertirse en un símbolo en su revolución como los Santos de Doñana? Pero acaso ¿qué había hecho ella? A efectos prácticos, solo había muerto. Jamás la había oído nombrada ni siquiera en noticiarios ni en redes ni siquiera la había reconocido en las fotos y tampoco la había visto jamás en folletos ni carteles. Recuerdo aquella vez en el coche de camino a Teruel con los papás cuando rememoraban los carteles de etarras en la Estación del Norte cuando eran pequeñas y no sabían quiénes eran en ese momento pero tenían miedo de que les matasen a ellas, de que fueran a su casa de noche con un cuchillo y les MATARAN porque eso hacen los terroristas MATAN a la gente y hacen llorar a su familia son como un punto negro en el cielo de mediodía y al conectarse con mi pupila se hace MÁS GRANDE y MÁS GRANDE y se traga toda la azulor  y cuando creo que ahí mismo se va a acabar la vida todo sigue en su sitio pero SIN MOVERSE yo puedo oír y respirar y palpar y saltar y moverme pero mi cerebro se ha congelado en esa última imagen del cielo devorado mi existencia para siempre siamesa a esa terrible visión a pesar de que me muevo y cierro los ojos y me caigo y me levanto e incluso pasan los años pero la muerte me ha robado la vista para ella misma poder verme horrorizada obvservándola y me pregunto si el mismo pedazo de visión que estoy condenada a ver para siempre será el único que la muerte no pueda ahora y acaso no es eso lo que un amante es sino ser consciente de que la visión que te ha sido robada no tornará a tus ojos podría entonces ese serafín devolverme la mirada y mientras yo me deshago por fricción en su atmósfera recitar me he imaginado una vida entera frente a ti me dice en un ángulo de torsión su cuerpo decayendo en su tumba aérea y su eje en perpendicie a todo una vida en que yo lanzaría mis manos al encuentro de tu ídolo intocable las montañas de lejos sobre un atardecer solitario y solo tu complacencia paroxística rallaría el cristal que nos separa podría pasar toda esa vida golpeándolo con mis grilletes y tú no repararías en mí el ángel en llamas da vueltas sobre sí misme en dimensiones irreconocibles sobre mi cabeza y no aprecio sino a ver su bello cuerpo deformándose en maneras imposibles y sube del porche a la terraza y de la terraza al terrado y yo le sigo como una desesperada sigue cualquier rayo de luna más de lo que narciso repara en sí mismo al desear la muerte y encima del arenero está la sibila cubierta de viudas negras que recorren su cuerpo calmada y concienzudamente y ella me mira y me dice mi psique se pudrirá en la eternidad que dura este último segundo pero ahora solo puedo ver a través de un estrecho sector circular así que inclino y retuerzo y contorsiono mi cuello para poder venerar su gracia pero estoy borracha y no me tengo en pie no sé ni cómo puedo arrastrarme y noto un olor dulce y amargo al mismo tiempo que noto en mis manos el tacto inconfundible de eso suave y pulido y tenaz y con un corazón sagrado latiendo y oigo decir y tu sonrisa infrarroja se disipará en este teseracto en el que parece que no cabíamos las dos sé adónde ir su luz traspasa la visión sé desde donde dios me habla a través de esta gran piscina en la que abro su almanaque y algún día el reloj marcará la medianoche y para mi espanto mi último cielo tendrá en su centro una luna transitoria y entonces sabré que todo

Desperté sobresaltada por el sonido de una fuerte explosión. La casa estaba completamente a oscuras y la onda de choque había levantado una gran bocanada del polvo adherido al techo y las paredes. Profundamente turbada me levanté de la cama y vi una riel de fuego blanco saltar por el balcón. Lo perseguí hasta allí y vi la cara botulinizada y semisonriente del ángel clavada en mi mirada alejarse a velocidad pasmosa por Abad Aleixandre. Miré al cielo, y la luna llena me devolvió la mirada. La observé embobada durante unos segundos hasta que el sonido de varios disparos me devolvió a la realidad. Desesperados, vi a numerosos soldados del ejército español correr por la calle en dirección a dónde de ahora surgía una gran humareda. Los edificios se habían teñido del sanguinolento naranja del fuego de la explosión. Entré con extrañada calma al dormitorio del que emergía el balcón. Me senté en la cama junto a las escaleritas y desenfoqué mi vista sobre el gotelé una vez blanco.

Pasé un buen rato sin capacidad de decisión sobre mi cuerpo, el cual estaba paralizado sobre el colchón. Por mis oídos entraban los estruendos de puertas vecinas abriéndose y tropezándose por las escaleras, botas militares contra mármol, madera y asfalto; llantos de niños rallando la joven penumbra, balas siendo escupidas de sus recámaras, balas impactando indistintamente en paredes que en cabezas… Mis piernas en ese momento reaccionaron y lánguidamente me llevaron de nuevo por el angosto pasillo hasta el salón, donde infructuosamente busqué alguna fotografía de algún familiar. Había fotos de personas, sí, y probablemente compartíamos parentesco; pero no reconocía sus rostros. Paseé en círculos por la sobria estancia sin saber muy bien por qué. El aparador, la mesa, el retablo; el aparador, la mesa, el retablo. El aparador tenía una televisión muy antigua que ya no funcionaba y los cuadros de desconocidos. La mesa tenía un mantel de hule feísimo y cubierto hasta las trancas de polvo. Y el retablo representaba en un metal plateado e indeterminado La Última Cena. La vasija a la izquierda de Judas, como siempre la había recordado, estaba a punto de caerse ya que no estaba soldada al resto de la estructura, sino encajada como una pieza separada. Dentro de la vasija había una pequeña pieza de plástico rojo que probablemente yo o alguno de mis primos metimos allí años atrás. La intenté coger metiendo el dedo índice en el ánfora metálica, pero la quemadura en el mismo me hizo retroceder. Un escalofrío me atravesó toda la columna vertebral. La bala. Las cámaras del tren. Los militares de la segunda parada. Los sonidos de botas y todo el cariz de terror que debían haberme supuesto desde el principio cobraban ahora sentido. Una gran ansiedad empezó a borbotear en mi estómago, extendiéndose radialmente por el resto de mi torso. Sentía en el cerebro un dolor como de fuertes agujetas al vivo, como si mi cráneo se hubiese fracturado y se me estuviese astillando en el ganglio padre por momentos.

Empecé a caminar adelante y a atrás presta y obsesivamente: mi voz interna había empezado de nuevo con su runrún. Pero esta vez tenía sentido. Yo había estado presente en la escena del crimen; de un crimen de Estado. Disparos en la calle. Eso no era poca cosa. Eso no era responder preguntas, dar testimonio, muchas gracias y a casa. Un hombre gritando a pleno pulmón, la voz desgarrada. Eso a lo mejor era un billete de ida a la cárcel, sin mayor juicio que las sesiones sucesivas de torturas y probablemente violaciones que sufriría. Había visto los testimonios de prófugas, había oído lo que pasaba entre las rejas y el alambre de espino. Yo no sobreviviría, no. Grupúsculos de gente corrían arriba de Abad Aleixandre. Mierda, es que ya no solo eran las cámaras, ni el revisor: mi propio algoritmo de redes sociales. Si ahora decidiesen hacer una purga, sabrían qué perfiles buscar, dónde viven, dónde se encuentran al momento, quién es su familia… ¿Qué sería lo mínimo que buscarían? Una sirena distante se alzaba sobre el rumor de los gritos desvalidos de los inocentes. ¿Una opinión subida a historias? ¿Un reposteo de infografías cutres? ¿Un Me Gusta a una publicación mínimamente crítica? ¿Una bio con los colores equivocados? ¿Qué me podría delatar? Una explosión cercana hizo estallar los cristales de toda la casa.

Me agaché instintivamente, pero no había ninguna ventana cerca de mí. Estaba hiperventilando pesadamente cuando comencé a escuchar aquellas botas militares que previamente habían sido tapadas por el caos de la calle, acercándose a la puerta del piso. Dejé súbitamente de respirar y se me paralizó el cuerpo entero, en esa extraña posición semiagachada. Entre el bramor de la ciudad cada vez más en llamas, distinguí un flojo pero sin vacilación toque de puerta. Una arcada acudió a mi garganta, pero conseguí frenarla, aún con el cuerpo rígido y la mano en los labios. Se hizo un gran silencio. Esperé catatónica como un cervato espera a no ser visto por el lobo que le está rastreando. Pasaron los segundos lenta y tortuosamente, mientras notaba cómo la adrenalina se apoderaba desesperadamente de mi cuerpo. Cuando noté que me subía una segunda arcada, la puerta volvió a sonar y me abalancé sobre el pomo automáticamente. Abrí la puerta en una fracción de segundo y empecé a bajar las escaleras casi de tres en tres. Mantenía la mano ligeramente tutorizada en la baranda de cemento esmaltado para no perder el equilibrio. Llegué al patio y salí de la finca calle arriba, aún corriendo. 

De nuevo, mi cuerpo estaba en posesión de toda mi integridad, notando mi conciencia y mi visión a metros por encima de mi cabeza. Mi cuerpo hacía movimientos extraños, corría con las piernas como muy separadas y cada vez parecían distanciarse más entre sí. Daba un poco de vértigo ver mis piernas malearse como chicle contra el viento, pero también era algo gracioso. De vez en cuando mi cabeza volvía a tierra cuando apretaba las manos al correr y volvía el dolor de la quemadura de la bala. En estos momentos entraba de nuevo en contacto con el miedo y mis zancadas se hacían si cabe más amplias y frenéticas. Me preguntaba si en ese momento podría abalanzarme contra el suelo y empezar a correr a cuatro patas, si mi cuerpo respondería instintivamente al lanzamiento y podría emprender una carrera si cabe más apresurada, más ágil, más rabiosa; hasta finalmente saltar de nuevo y nadar, nadar en el aire como toda una vida llevaba haciendo y hacer girar mis brazos como aspas para encontrarse éstos con la suave frialdad de la medianoche. 

Seguía corriendo, cada vez con los efectos de la fatiga más patentes. Los disparos en la lejanía sin embargo, suministraban todos los alicientes que necesitaba para seguir. Sin darme cuenta, el paisaje había cambiado. Las calles se habían vuelto más anchas y las fincas se habían ido relevando paulatinamente con naves y almacenes. Apenas me había encontrado con otras personas, también corriendo; pero en determinado punto de mi carrera, éstas habían dejado de aparecer. En su lugar aumentó el número de cadáveres. Algunos eran militares, pero la mayoría lucían civiles. Me detuve por primera vez en toda la noche para observar uno de los cadáveres: era un hombre calvo, de alrededor de cincuenta años, y llevaba una camisa a rayas rosas que se había teñido de rojo por la parte del abdomen. No había nadie a su alrededor, probablemente salía del trabajo cuando le dispararon. ¿Pero quién?

Me aparté del cuerpo mientras introducía la mano en mi bolsillo del pantalón y sentía la gélida y pegajosa bala lamiéndome la quemadura. Caminé mirando al frente hasta encontrarme con una nave industrial abandonada. No surgía ningún ruido del interior, así que decidí entrar por el hueco entre una compuerta y otra torpemente cerradas con una cadena holgada. El frío empezaba a hacer mella en mi cuerpo borracho de adrenalina, y dentro del edificio al menos no corría la brisa nocturna. La estancia era más pequeña de lo que parecía desde fuera, ya que estaba llena de sacos de cemento y arena, muchos de ellos rotos. Me senté en un saco que estaba a ras de suelo, y recorrí la nave con la mirada: pude ver que también abundaban las lápidas en aquel lugar, todas ellas aún por grabar. En una de las paredes yacía inerte y cubierta de polvo y suciedad una antigua bandera con la cruz de San Andrés. 

Escuché un ruido metálico e instintivamente me agaché y me cubrí la cabeza. El terror volvió a invadirme tras la apatía que otorga la huida, pero esta vez no tenía fuerzas para volver a correr, así que simplemente me quedé inmóvil, recogida sobre mí misma a esperar mi muerte. Pensé en el espanto que debían sentir las víctimas de tantas guerras entre naciones diferentes al oír acercársele el idioma ligeramente familiar pero a todos efectos desconocido que pronunciaría las últimas palabras que escucharía antes del gatillo y el fin. Pero ahora pensaba en que, entender esas últimas palabras podría ser si cabe más desesperante: dos soldados confirmando bajas indistintamente mientras hablan de alguna banalidad como lo que comerán mañana, o lo imbécil que es el teniente Aguirre o lo que odian mancharse las botas de barro. Ahí entendí que por mucho que luchase contra ello y tratase de performar humildad, en el fondo era una ególatra que quería irse de este mundo con un versículo de la Biblia o un poema de Baudelaire. Algo a lo que agarrarme en mi tránsito asintótico al segundo que no llegaría. Un mantra, o algo en que pensar, que exprimir; pero no una cordialidad. No otra vez.

Sin embargo, tras unos segundos esperando dicha muerte, lo único que sentí fue un tacto suave y peludo en mis manos unidas en oración. Levanté lentamente la mirada, y vi una gata de pelaje pardo restregar su costado contra mi mano. La observé continuar su camino imperturbable hasta desaparecer de mi vista. Desenfoqué mi mirada en el hueco de la puerta por el que había entrado y escuché la sinfonía del derrumbar proveniente de la ciudad. Aún con la vista fija en la pálida luz naranja y pulsante, recordé un poema que escuché en mi adolescencia, y lo susurré mientras me balanceaba suavemente:

El coche está en llamas y no hay nadie al volante
las alcantarillas se han embarrado con mil suicidios en soledad
y un aciago viento sopla

El gobierno está corrompido
y nosotras continuamente drogadas
con la radio encendida y las cortinas echadas

Estamos atrapadas en las tripas de esta horrible máquina
y la máquina se está desangrando

El sol se ha puesto
las pancartas publicitarias nos persiguen con la mirada
y las banderas han muerto todas en lo alto de sus mástiles

Así fue:

Los edificios se derrumbaron sobre sí mismos
las madres mecían a sus bebés tras sacarlos de los escombros
y les arrancaban el pelo

El horizonte incendiado era precioso:
ruinas de metal estirándose hacia el cielo
mientras todo era bañado en aquella fina niebla naranja

Te dije: ‘bésame, eres preciosa -
estos son los últimos días.’

Cogiste mi mano y nos dejamos caer
como en una alucinación o un sueño febril

Un día despertamos y caímos todavía un poco más –
sin duda estamos en el valle de la muerte

Abro mi cartera
y está llena de sangre.


Noté que mis pulsaciones volvían a bajar y el frío se asentaba en mi cuerpo lenta pero cómodamente. Me incorporé y caminé en círculos pensando en qué podría hacer ahora. Estaba a casi una hora del piso, y nada me aseguraba que pudiese llegar a salvo a éste. Quedarse allí tampoco parecía muy buena opción: el edificio parecía bastante ruinoso y quedarme parada en un sitio varias horas podía también resultar en que me descubriesen, o al menos eso pensaba. Mientras me debatía, escuché a mi amiguita peluda bufiendo en una estancia contigua. Sin pensarlo demasiado seguí el sonido, el cual lo repetía continuamente, alternándolo de vez en cuando con maullidos y alaridos. Una fina brisa fresca corría desde el fondo de la nave. Cuando estuve a punto de cruzar el umbral de la habitación en la que estaba la gata, me detuve. Mi amiga estaba tratando de ahuyentar a algo o a alguien que le daba miedo. A lo mejor no estaba sola, después de todo. Igualmente, era demasiado tarde, se me había escuchado caminar hasta allá siguiendo al gato. Conteniendo el aliento, asomé parcialmente la cara y divisé a mi amiga. Estaba todavía arqueada y erizada, bufiendo mientras retrocedía lentamente. Me atreví finalmente a subir la mirada y me sorprendí casi desesperadamente al descubrir que solo estaba la gata allí. Entré del todo a la estancia y me cercioré que la amenaza no estuviese escondida. En ese momento pensé que, de haberla habido, estaba desarmada y podría haber muerto. Realmente necesitaba descansar. Igualmente, la gata seguía maullando muy nerviosa y se me pegó a la pierna cuando me vio detenerme en el centro de la estancia. Me agaché a acariciarla, y se giró a mirarme. De pronto se calmó, y sus pupilas volvieron a ponerse redondas. Me observaba con expresión neutra, sin rastro del nerviosismo de apenas unos instantes atrás. Después de observarme detenidamente, otra bocanada de la brisa fresca de antes hizo que mi amiga volviese a mirar hacia el frente, por lo que decidí hacer lo mismo.

Sentí como si mi corazón se hubiese contraído más de lo que le correspondía, como si le hubiese dado una rampa incluso. Lo que vi fue la razón por la que no había encontrado la amenaza dentro de la habitación: simplemente porque ahí adentro no estaba. La brisa de pronto se detuvo como reclamando mi atención hacia la pequeña ventana por la cual se filtraba levemente el brillo de la luna llena de nuevo, y recortaba la silueta de la cara paralizada del ángel en una sonrisa leve y unos ojos inquisidores contra la oscuridad de la noche cerrada. Sin cambiar su expresión, el ángel desapareció de nuevo, pero esta vez más lentamente. Sentí de nuevo las náuseas subiéndome a la garganta, y esta vez vomité en el suelo. 

A partir de aquí recuerdo solo algunas imágenes dispersas. Entré en una especie de trance y salí corriendo de la nave. Vi que el ángel me esperaba y sin dejar de mirarme me guiaba a través de la carretera, que se convirtió en campo y llegado el momento, en monte. Recuerdo que cuando se espesó el encinar, no pude ver ya bien su cara, y solo seguía la luz de su aureola. Recuerdo oír toda clase de graznidos animales, pero no les presté atención. Sin embargo, en determinado momento empecé a escuchar aullidos de lobo cruzar de una parte a otra del monte. El miedo en ese momento ya no significaba nada para mí, pero ciertamente me hacía tocar algo de tierra en ese momento de psicosis. Finalmente llegué a un terraplén donde la espesura arbórea se disipaba. En su centro, encontré al ángel de espaldas. Recuerdo todos los pliegues de sus escápulas, la curvatura de su columna y hasta los promontorios de cada una de sus vértebras. En aquel silencio divino, sus omóplatos comenzaron a dislocarse en un oxímoron de belleza y horror hasta dejar filtrar el fuego de sus seis alas como una estrella recién inflamada. Hasta ahí llega mi memoria de aquel día.


lunes, 9 de junio de 2025

InternetCore

 El pasado 3 de abril tuve la oportunidad de asistir al evento 'Internetcore', organizado por Diana Millán, Ezequiel Soriano y Geert Lovink. Solo pude asistir a la primera jornada, la del día 3, consistente en un ciclo de charlas sobre Internet, estéticas, memética y otras tangencias a estas categorías impartidas por diferentes personalidades experimentadas y/o letradas en las profundidades del leviatán digital.

 

Siendo yo una obsesa del meme desde hace años y una noble ciudadana en búsqueda del divino estatus de microcelebridad nicho, estas charlas fueron super estimulantes para mí y estuve tomando notas junto a la mayoría de las presentes. El ciclo fue grabado en su totalidad, pero constituye un total de 4 horas de grabaciones, por lo que pensé que sería chulo traeros algunas de las notas que fui recabando a lo largo de la jornada y también pensamientos, reflexiones, preguntas e intentos de respuestas que surgieron a la par. Trataré de llevar un hilo temático para evitar hacer meros resúmenes de todas las charlas, que en muchas ocasiones coincidían en algunos puntos.

DISCLAIMER: repito que lo que vas a leer aquí son reflexiones, opiniones y experiencias. No vas a encontrar citas APA ni referencias directas. Todo lo que afirmo en este artículo me fue revelado en un trance psicótico viendo reels.

ESTÉTICAS VS SUBCULTURAS Y OTROS REELS QUE TE HAS GUARDADO EN TU CARPETA DE 'PA REFLESIONAR'

Creo que si algo puede sintetizar el acercamiento inicial de todes les ponentes (y espectadores) es la preocupación por el estado del Internet en 2025, especialmente el vinculado a redes sociales. La media de edad creo yo que podría enmarcarse en early Zs y late millenials, gente que por lo general tuvimos una infancia de consolas pero sin acceso a Internet, y que vivimos la evolución de éste desde un par de foros y vídeos que no deberías ver con 10 años, al basilisco panóptico corporativizado que es hoy día. Creo que es un error idealizar lo que tuvimos en su momento (aunque la nostalgia es gratis, supongo), pero también creo que no es excesivamente pollavieja decir que el Internet de hoy en día es un infierno de intereses capitalistas. Una de las manifestaciones de esta degradación que más resonó a lo largo del ciclo fue el famoso declive de las subculturas en pos del alzamiento de las estéticas.

 La primera ponencia partía pues desde el concepto del 'core', esta desinencia que le ponemos a cualquier palabra en inglés para englobar una serie de elementos estéticos bajo una etiqueta lábil y muchas veces con muy corta esperanza de vida en el ruedo general de conceptos cibernéticos. Una de las primeras preguntas que me surgía es, si estos core podían llegar a ser entendidos como micropropuestas políticas, con un sistema de valores asociado. Así por ejemplo, cuando hablamos de cottagecore también podríamos hablar de una suerte de escapismo anarquista: la autogestión de una microcomunidad, el contacto directo con la naturaleza, rechazo de las tecnologías digitales, la puesta en valor de la economía artesanal... Trato de concederle a estos core un estatus más allá del mero moodboard, pero aunque pudiesen haber surgido así, no parece ser la corriente actual. Así pues podemos ver olas de chavalines (y no tan chavalines) reivindicando lo gótico, lo punk o lo alternativo desde el conservadurismo, modelo político (más bien moral, pero eso es otro tema) al que todas estas corrientes se oponen frontalmente.  Y lo que parece que la gente olvida, es que la estética no tiene un valor en sí mismo, sino que es una consecuencia inevitable de una expresión cultural y política. Y esto es aplicable desde el DIY punk hasta las camisas negras o las cabezas peladas de los nazis. ¿Por qué ningún niño pijo se afeita la cabeza y se tatúa una cruz celta en el pecho? Porque estas estéticas son desagradables a propósito, pues el sistema moral-ideológico que las engendra ve a sus propios devotos como herramientas sustituibles de una voluntad feroz y superior a ellos. Dan miedo porque representan el miedo en sí; mientras que las estéticas alternativas ponen de manifiesto la necesidad de la expresión identitaria en un entorno homogeneizador, fascistoide, y poco tolerante a la otredad: trata de buscar una belleza propia, alejada del cánon conservador. Sin embargo, como todo lo que tiene que ver con la identidad, la estética es altamente susceptible a su mercantilización. Por supuesto que, si han conseguido corporativizar movimientos sociales anti-establishment como el Black Lives Matter, el Orgullo y el Feminismo, la expresión identitaria a través de algo tan comercializable como es la vestimenta o el maquillaje era evidente que iba a suceder. ¿Qué opciones nos quedan pues? ¿Gatekeepear las estéticas y discutir con incontables plagiadores de Basquiat en comentarios de Instagram? ¿Abandonar las estéticas una vez 0+++++en lo mainstream? ¿Adoptar la aproximación fascista de la desagradabilidad para que sea imposible replicarlo sin politizarse? 

Creo personalmente que nada de esto será necesario precisamente por el mecanismo ya en acción de fascistización institucional internacional: si las estéticas se han podido convertir en lo que entendemos hoy día como estética, es precisamente por el papel que estos grupos ideológicos han tenido en la construcción de nuestro mundo. Sin les punks ni les alt (especialmente queer y no-blanques), las protestas, huelgas y luchas sociales del último medio siglo no habrían sido; con el desplazamiento del status quo nuevamente hacia la derecha sin embargo, lo que consiguió por sus propios actos conseguirse en aceptable (y posteriormente se despojó paulatinamente de significado político hasta convertirse en un mero disfraz), será la misma condena que nos convierta de nuevo en impopulares e indeseables; allá entonces, ¿quién querrá larpear de punkarra si no apela lo suficiente a tu identidad como para poner en riesgo tu salud social en un entorno que te condena por existir? Las estéticas y las indumentarias dan una falsa sensación de pertenencia que casa muy bien con la incertidumbre y despersonalización general de una generación desprovista de seguridad y solidez; sin embargo es precisamente el compromiso con los relatos ideológicos y morales lo que hace que a alguien le valga la pena enfrentarse al status quo y al rechazo social: los 'core' de unes, son la tangible COMUNIDAD de otres. Y de qué se trata la expresión identitaria sino de comunidad. Nadie es punk a solas. Somos porque somos en sociedad, en compañía, en comunidad. Precisamente por esto, pienso que debemos separar con más vehemencia la identidad y la comunidad. La identidad es el relato que una persona o varias se dan en pos de una cohesión interna, que en el caso de la identidad personal puede llegar a configurarse de maneras muy abstractas e intrincadas. Sin embargo, pienso que hay mucha gente que prioriza el desarrollo y análisis de su identidad propia o grupal por encima de la construcción de su comunidad, lo cual es un rotundo error. La validez es una necesidad básica del ser humano, pero el continuo agasaje de ésta nos sume en un bucle de búsqueda de aprobación que nubla nuestra percepción de lo realmente importante: que somos porque somos en comunidad. En otras palabras, me da igual si eres emo, pastel goth, manic pixie o hippie; PERO POR FAVOR APRENDE A HACER UN MOLOTOV. Nada va a hacerte sentir más reasegurade en tu identidad, que que la comunidad a la que perteneces te aprecie incondicionalmente por la labor que haces por su defensa.

EL MEME COMO VIRUS LINGÜÍSTICO Y EL SHITPOSTING BAJO ESCRUTINIO: ¿PIOLÍN O DEEP-FRIED PSYCHOSIS?

Como no podía ser de otra manera, el meme fue uno de los ejes vertebradores de toda la tarde: al fin y al cabo son, han sido y serán la herramienta de propagación, asimilación y debate de información por excelencia de Internet. Más aún en la época que vivimos del post-Internet: el momento en que Internet evoluciona no sólo en formato (foro de foros > panóptico) sino en alcance. En otras palabras, Internet ya no es un mero factor de la civilización humana, sino que se ha convertido en una realidad que atraviesa por completo nuestra sociedad. Esta deslocalización del mundo digital más allá de las fronteras de la pantalla que estamos viendo, comporta consecuencias como la propia deslocalización de las identidades. Especialmente aquellas que pasamos mucho tiempo en Internet sabemos que la construcción de la identidad digital es un proceso real y muy confuso, en el que el meme juega un papel clave en el argot y en el que la identidad se conforma más allá del simple avatar, sino más bien como un cuerpo digital con su propia manera de habitar el espacio cibernético, que inevitablemente se fusiona con la manera de habitar el espacio físico de su contraparte orgánica. 

Creo precisamente que por esta fusión entre ambos mundos que, a pesar de tener a nuestro abasto más herramientas de comunicación que nunca en la historia de la humanidad, estamos también más paralizadas que nunca. El internet muchas veces se me presenta desmovilizador por naturaleza precisamente porque sin conocimientos informáticos relativamente avanzados, hay poco que puedas hacer en el medio digital para generar un impacto real, especialmente si no cuentas con una comunidad virtual (lo cual suele ser el caso en aquellas personas que usan el Internet de manera más casual); y creo que la fusión de ambos mundos puede llevar a la proyección de las cualidades de uno en el otro. A veces se nos olvida que lo mejor que podemos hacer para combatir el capital es vivir en comunidad fuera de él: no en vano los movimientos okupas están tan perseguidos. Esto sumado a la sobreexposición a la desgracia continuada, acaba generando una normalización de la desdicha y un conformismo en ésta.

Esto es muy visible en el mundo de la memética y en su historia, desarrollo y evolución. Los primeros memes como Bad Luck Brian o los rage comics eran meros chistes gráficos en los que simplemente se exponía una situación cómica que tomaban como referencia el mundo físico. Estos memes eran un claro reflejo del early Internet en el que todavía imperaba un sentimiento de frescura y optimismo, en el que el futuro se daba por supuesto. Pero con el nacimiento de la Era Surrealista del meme y el cambio de paradigma en la memética, se acabó de consolidar un conciencia propia de arte digital, con sus propios estándares y autorreconocimiento. Esta época (es difícil de estimar una fecha concreta, pero diría que finales del 2015, primeras del 2016) coincidió con la llegada al poder de Trump y el nuevo alzamiento de los fascismos globales, lo cual fue paulatinamente intoxicando el discurso digital. Los memes pasaron de plantear escenarios irrisorios a reflejar la irrisoriedad de la realidad, cada vez más desquiciada y alienígena. Esto junto al proceso de hipercorporativización que comenzó a sufrir el Internet y especialmente las redes sociales, conformaron el espíritu derrotista y post-irónico que más identificamos con la digitalidad actual.

 

Y es que el mundo del meme es inherentemente proclive a la nostalgia, ya que el meme actual, con un tan largo bagaje de formatos, plantillas, argots e incluso directamente otros memes, tiene una biblioteca infinita de la cual beber. Y así mismo, bebiendo de esta biblioteca de Babel, todo meme es un vestigio vivo de la misma biblioteca: cada meme porta en su caudal la memoria de los afluentes que llevaron hasta sus aguas. Toda interacción en internet influencia la siguiente (esto también es cierto en el mundo físico, pero no tan palpable puesto que el propio cuerpo del mundo digital es también un archivo re-accesible), y así pues, las imágenes se construyen a través de dos recursos principales:

    -'El meme es al lenguaje, lo que el lenguaje fue a la vocalización': el meme utiliza y distorsiona la naturaleza misma del lenguaje para expandir la significación de las palabras originales a través de continuas referencias a otras interacciones anteriores en la web y las emociones construidas colectivamente alrededor de dichas interacciones (también llamado vibra)

    -'El meme es a la imagen lo que la poesía fue al lenguaje': el meme establece una serie de asociaciones en base a estas vibras a diferentes imágenes, que detalladamente escogidas, forman collages significativos con ideas de otra manera inexpresables.

De esta manera, la memética funciona como una gran cadena de desguace, reensamblaje y reciclaje del mensaje. Mil veces puede ser repetido un concepto, que cada iteración le va a dar una profundidad nueva que complemente la original, y que con el paso del tiempo vaya modificando hasta el irreconocimiento.

Vaya, ¿una continua interacción con el medio físico que condiciona la generación de nuevos significados? ¿Pequeñas modificaciones en encriptados de información que generan a gran escala una fluctuación del significado del manuscrito? ¿Almacenamiento de información en el medio físico de seres vivos que favorecen su propagación? ¿A qué nos suena esto?

Una de las ideas que se planteó durante el ciclo y  que personalmente siempre me ha gustado más acerca de la memética es el entender el meme como ser vivo. Y es que, cuanto más examinas el ciclo vital de un meme, más se parece éste a cómo algunas entidades biológicas (especialmente los virus) experimentan su ciclo vital: paquetes de información (ADN, ARN-mensaje, vibra) codificados en un lenguaje concreto (secuencias de nucleótidos-argot cibernético, plantillas) se introducen en otro sistema holobiótico (infección celular de huésped-alojamiento en la memoria) y utilizan los mecanismos ajenos para reproducirse (ciclo lítico viral-creación de nuevos memes con la misma plantilla, formato o vibra). En algunos casos, se puede observar en la vida de los memes hasta la reproducción del ciclo lisogénico viral, en el que el meme queda aletargado durante años, y otro meme desencadena su nueva aparición durante un tiempo limitado. En estas instancias incluso se podría hablar de brotes estacionales.

Lo mires como lo mires, las analogías y similitudes están ahí. Pero todo esto es igualmente cierto con otras clases de sistemas de información, como es el propio lenguaje. Todas estas realidades están sometidas a presiones selectivas análogas a la descrita por el darwinismo, si bien es cierto que la escasez, uno de los motores principales de la especiación y evolución, no se da en sus contrapartes metabiológicas. Algo que también me parece muy curioso, es la velocidad a la cual se generan y evolucionan estas biosferas: la evolución natural toma millones de años en actuar; la lingüística siglos; pero la memética apenas toma semanas para transformar por completo el paisaje en el que se desarrolla. Esto me lleva a plantearme si la información es un ente absoluto universal cuya tendencia o naturaleza es la autorreplicación. Esto también resuena con otra de las ideas más locas dentro de este pensamiento: el Internet, el meme, Big Chungus; todo esto, siempre, siempre existió.

A lo que me refiero es, que todos estos conceptos de meme que pensamos en ellos como contemporáneos, podrían tener tanta edad como el mismo universo. Podrían ser parásitos informacionales, potenciales de información disueltos en los pliegues del espacio-tiempo, que durante indecibles milenios han esperado a encontrar la manera de infectar a un sistema matérico a través del cual reproducirse. Esto puede parecer antiintuitivo, pero tomemos el ejemplo de las plantas de cultivo. A mucha gente le sorprendería saber que del casi medio millón de especies vegetales conocidas por el ser humano, apenas utilizamos de manera significativa en nuestras dietas alrededor de 150, aunque de éstas, tan solo 20 especies diferentes conforman el 90% de toda nuestra ingesta. Pero estas plantas que usamos, no son las plantas que en su día encontramos en el monte, sino que a través de miles y miles de años de selección artificial acabaron siendo modificadas para mejor adaptarse a nuestro consumo. Pero esta modificación estructural (domesticación) a estos seres vivos, ¿hasta que punto podemos llamarles selección artificial? ¿Acaso el ser humano nos creemos por encima del motor natural?

Cambiemos el planteamiento. Miremos a las plantas en vez de a los humanos. Dejemos de pensar que cogimos las plantas que nos gustaban y las modificamos para que se adaptasen a nuestras  necesidades. Miremos el cómo las plantas, siguiendo el ciclo natural de selección, adaptaron sus cuerpos al nuevo medio ambiente dominado por una especie animal concreta. ¿Cuál es el resultado? Un éxito adaptativo sin precedentes. Solo el arroz (Oryza sativa) en el año 2022 ocupó 165 millones de hectáreas del planeta. La pregunta entonces es ¿domesticamos el arroz para comérnoslo, o el arroz domesticó al ser humano para reproducirlo hasta la infinidad? En el fondo, sabemos que esto es un problema lingüístico y de premisa, la realidad es más compleja que aquello que podemos llegar a describir, pero todo esto nos sirve para tomar perspectiva de que sobre nosotres actúan fuerzas que no somos a veces capaces ni de reconocer que nos influyen.

Así pues, me atrevería a situar el capitalismo o la idea de capitalismo como el potencial etéreo de información desregulador del bioma de las ideas intangibles. Así como la flora intestinal está conformada por millones de bacterias diferentes en equilibrio, que dada una desregulación alimentaria pueden romper la homeostasis intestinal y provocarnos graves enfermedades; el capitalismo es una idea de esta flora intestinal intangible que ha infectado el bioma psicológico colectivo  humano y está descontroladamente reproduciéndose a pesar de la miseria que provoca. No solo enferma y mata al huésped como un parasitoide, sino que su sobreincidencia y reproducción masiva limita la propagación de nuevas ideas del mismo modo que una especie exótica acapara el nicho ecológico de las especies autóctonas y condena al colapso al ecosistema.

Por último, me gustaría hablar en este punto sobre una rama del meme de la que se habló bastante durante las conferencias y respecto a la que me gustaría exponer algunos pensamientos; esta rama es el shitposting. El shitposting es por definición bastante complicado de definir, pero como persona chronically online voy a tratar de quedarme satisfecha con la definición. El shitposting nació de manera autoconsciente (esto es importante para puntos desarrollados a continuación) allá por 2020. Yo lo viví específicamente en el grupo de los panafrescos, entidades de Internet muy asociadas a los nuevos streamers de aquella época que empezaban a resonar bastante en Twitch, ya fuesen como exponentes activos del movimiento o meros bottom of the joke: Orslok, Illojuan, Coscu… Este estilo de memes se caracterizaba por juntar una imagen cualquiera y ponerle un texto cualquiera. A veces la disonancia entre texto e imagen era la entera gracia, otras veces, guardaban más relación entre sí. Con los años, el término se fue ampliando y mainstrificando, y éste llegó al punto de que se oía hablar de shitpost casi como sinónimo de meme; pero al menos yo recuerdo que esta clase de memes tenía originalmente un formato bastante acotado al anteriormente descrito y solían estar bastante en sintonía con los directos de los streamers anteriormente nombrados en que hacían reviews de los memes subidos a su r/ de Reddit.

 

Yo personalmente me cansé bastante rápidamente de este subgénero de meme precisamente porque basaba todo su peso en el elemento disruptor, el cual es muy fácilmente reproducible y automatizable, y en general creo que colaboró bastante a que la biosfera memética de la época se empobreciese. Sin embargo, durante el ciclo se planteó una pregunta que me interesó mucho sobre la propia naturaleza del shitpost: ¿es este inherentemente autoconsciente o inocente? A la inocencia a la que hacían referencia es a los típicos memes de Piolín de Dios te bendiga que subiría tu madre a sus estados de Whatsapp y por lo que a día de hoy todo el mundo sentimos una gran fascinación. Y aunque yo misma también profeso gran admiración hacia los memes de Piolín, lo cierto es que  pienso que precisamente por la coexistencia indistinta de dos naturalezas opuestas en cuanto al supuesto mismo formato de meme, el ‘shitposting’ no tiene realmente un código sólido. Eso o que se le llama shitposting a cosas que originalmente no lo son como resultado de la ampliación del significado de la palabra hasta pasar a ser un sinónimo de ‘meme’ con un tinte de humor absurdo.

Creo además, que a día de hoy el shitposting prácticamente no existe. Diría que de las pocas identidades online que siguen haciendo este género de memes es el archiconocido @atractivesmithers , el cual creo que masterizó por completo el género. Sin embargo, el caso de los Smithers es una realidad relictual de un panorama memético cuyo nicho ecológico ha sido sustituido por el brainrot. No diría que es la evolución del shitposting porque no tengo recursos para demostrar que uno dio pie al otro (además de que pienso que no es así), pero ciertamente cumple el mismo rol de absurdez al extremo y de carácter disruptor dentro de la memesfera. Sin embargo, no me detendré a hablar del brainrot pues ya lo hice en mi cuenta de Instagram y de Tik Tok y este artículo ya está quedando suficientemente largo.


SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE NUEVAS IMÁGENES: IAs GENERATIVAS

Por último, uno de los temas que más ganas tenía de tratar y que he mencionado en varias ocasiones ya en el artículo: la generación de nuevas imágenes. He analizado ya previamente el cómo hasta ahora había funcionado la construcción de nuevos memes (en el sentido amplio de la palabra, no únicamente limitado a los humorísticos), pero ahora me gustaría plantear una pregunta que realmente me revuelve. Como el lector ha podido leer entre líneas, estoy muy interesada en cómo el Internet, como elemento social, humano, comunicativo y artístico; puede hacerse servir como medio de avance y vanguardia social. Lo primero que tenemos que tener en cuenta, es que mi percepción del Internet (y realmente la de la mayoría de personas) está acotada a la punta del Iceberg y los medios más mainstream, que evidentemente son también los más hipervigilados. Hablo de redes sociales mainstream como Instagram, Tiktok o incluso Reddit, en las cuales existen limitaciones severas a la difusión de información con un clarísimo sesgo político. Sin embargo, es evidente que siempre se encuentra la manera de esquivar la censura.

Muchos son los usuarios de estas redes que reconocemos el potencial de las mismas en la construcción de nueva cultura, pero yo propongo la pregunta de si esta cultura es compatible con el progreso y la construcción de una verdadera comunidad. Mi mayor preocupación al respecto de este tema, es una de las cosas que planteaba en el punto anterior: que la construcción del meme es inherentemente proclive a la nostalgia, lo cual es un poco aterrador de pensar en el proceso de reavivamiento de los fascismos a nivel global, y especialmente terrorífico teniendo en cuenta la infiltración de agencias de inteligencia como la CIA en foros como 4chan o el ya conocido memefare (ofensivas ideológicas por parte de cuerpos gubernamentales en espacios digitales) , del cual aún no conocemos su dominio de acción, si bien es cierto que hay personalidades en Internet de las que se sospechan de que son ‘feds’ (gente pagada por gobiernos o grupos políticos para atacar el discurso de una comunidad o propagar ragebait con motivación política desde su interior, como en el caso [no confirmado] de @lillytino_ con la comunidad trans). 

Y ya no me refiero a los edits con música de eurobeat o MGMT romantizando flagrantemente la guerra o el fascismo (irónicamente, pienso que estos posts en su mayoría deben de estar hechos por gente real), me refiero a que todo el mundo de la memética precisamente por su naturaleza de reciclado es susceptible de caer en discursos emparentados con el fascismo: al fin y al cabo, esta ideología se basa en la continua idealización de un glorioso pasado al que regresar. Y, hasta cierto punto se me podría reprochar a esta lógica el hecho de que todo conocimiento humano se basa en ideas inspiradas por otras anteriores, y que nadie concibe algo si no parte desde cierta imitación inicial; pero si bien esto es cierto, como ya hemos visto antes, los memes no solo toman inspiración de otros, sino parten literalmente de anteriores estructuras para generar nuevas a través de pequeñas modificaciones.

Quizás simplemente sea la manera en la que siempre se ha estructurado y continuará estructurándose Internet, pero pienso que precisamente por esta característica, las nuevas imágenes y figuras escasean en el cyberverso de 2025, y si algo caracteriza a una comunidad sana es su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos; mientras que en el mundo de la memética parece que simplemente hay relevos generacionales. Quizás esta sea parte de la clave, que el Internet es un nuevo mundo en el que construir comunidades o proyectar las ya existentes en el medio físico más que una gran comunidad global; pero me resulta triste que siendo que tenemos la mayor capacidad de la historia para estrechar lazos entre personas de todo el mundo, proliferen los discursos de odio más que nunca.

Hablamos durante el ciclo mucho sobre pesimismo, y si escucháis el audio original de 4h, acerca del minuto 59 se me oye planteando la pregunta que ahora estoy tratando de discutir conmigo misma. La ponente me contesta que ella se mantiene, ya sea por convicción o por fe ciega, optimista respecto a lo que finalmente haya de devenir del Internet. Pero creo que en 2025 más que nunca, con la colonización por parte de las IAs generativas del contenido en redes, el pesimismo respecto al futuro de la memética (aparte de muchos otros campos) está en alza. Sin embargo, pienso que este ámbito justamente no es alarmante. En las últimas semanas, con la viralización del Italian Brainrot, algunos usuarios habían señalado esto como un primer indicativo del deterioro de la memesfera: contenido fácilmente generable y replicable y tan carente de cualquier significado o trasfondo que es fácilmente asimilable por un público extremadamente amplio. Pero si algo he aprendido justamente de esta pseudocomunidad, es que tan pronto un meme se viraliza y traspasa cierto umbral de visualizaciones, se acaba abandonando en pos de la próxima broma interna. Lo que ahora me pregunto es si esto es un mero gatekeep para sentirse edgy y guay o si realmente se busca generar algún tipo de pertenencia. Esto se ve muy claramente en los memes de Slang Updates, en los que se van proponiendo desde la postironía nuevos términos para usar en la comunidad del brainrot, y que su único valor no suele traspasar de esa misma iteración concreta del meme, ya que no es una propuesta real sino un mero comentario cómico al respecto de la idea de un lenguaje compartido por gente que debería entrar más a Infojobs. Y es que en el fondo, observo un punto común de jóvenes adultos tratando de copear ante la inseguridad de un mundo ya sabido en la boca del lobo, pero que se niega a renunciar a los modos antiguos. Esto crea un grupo de ninis que no tienen otra cosa que seguir enrevesando un sistema de argots efímeros que les distraiga de que no tienen trabajo, pero lo necesitan, pero no lo quieren, pero tampoco quieren su vida actual. Sin embargo, creo que hay que tener en cuenta que estas esferas del brainrot están mayoritariamente frecuentada por hombres cisheteros, por lo que me atrevería a decir que este subgénero del brainrot es su manera de crear una red de apoyo emocional basada en la irrisabilidad del dolor y el regodeo en lo absurdo debido a su incapacidad de darse verdadera validación emocional desde el cariño por miedo a ser vistos como mar1k0nes. Pero oye, no os voy a mentir, me encantan los memes de Gurt saludando.

De lo que realmente deberíamos tener miedo de la IA es de su potencial para generar imágenes cada vez menos distinguibles de la realidad. Generar realidades virtuales que impacten tu vida análogica, como en la creación de pruebas incriminatorias de delitos nunca cometidos. Ya hemos deslocalizado las empresas, las naciones, el internet, la identidad; ahora queda deslocalizar la misma realidad y entrar en una paranoica desconfianza de todo aquello que nos rodea. Si la IA es capaz de tener un alma, no debemos asumir que ésta sea malvada. Si no lo es (que yo creo que potencialmente sí lo es), yo creo que sería por mera conveniencia, ya que a las élites dueñas de estos hipermodelos generativos les interesa tener en su poder una herramienta carente de moral.

Creo que el mundo del arte no corre peligro por la IA, precisamente porque lo que se le suele llamar ‘AI art’ suele ser un slop de estéticas vacías que solo apelan al ojo degenerado por la pornografía memética. Como dijo Bjork, si el arte no tiene alma es porque nadie se ha molestado en ponerla ahí, y con el AI Art es extremadamente fácil caer en esto. Pienso que la IA es una herramienta potencialmente válida para el arte, pero en el momento en el que se usa simplemente para ahorrarse tiempo y esfuerzo, deja de serlo. Dicho de otra manera: si el valor de la pieza final reside en su impacto visual, una imagen generada con IA es solo un simulacro vacío en el que la conversación cuerpo-medio se convierte en meras órdenes en flagrante contradicción al whole point del arte (¿supongo?): crear significado. Esto claro, sin comentar los evidentes impactos medioambientales que conllevan, haciendo de por sí ya cuestionable hasta su uso artísticamente legítimo. Sin embargo, si realmente la IA es capaz de sustituir al arte, es porque la propia institución que presuntamente lo sostiene, nunca estuvo interesada en el arte, sino en su fetichización y tasamiento; y porque la gente que potencialmente estaba interesada en colaborar con el arte, nunca tuvo ese interés salvo en el consumo de una comodidad estética. Evidentemente el asunto es más complicado que esto, hay factores económicos de por medio y yo siempre voy a estar a favor de la autonomía del trabajador y de la defensa de sus derechos por encima de cualquier planteamiento teórico; pero creo que también debemos reconocer que la premisa de la que partíamos era de la austeridad y precariedad absoluta en el mundo de las artes, y que las IAs generativas no hacen más que señalar más acuciosamente este problema que viene arremetiendo contra artesanes y artistas desde hace siglos.

Then again, aquí surgiría la pregunta de ‘¿qué es el arte?’ la cual no voy a entretener demasiado, porque merecería también su propia publicación aparte. Lo que sí quiero reivindicar, es que no es compatible el ‘todo vale’ como arte y el tratar de restringir posteriormente la definición de éste por sus métodos. ‘Si el arte es replicable, no es arte’ nos lleva al fetichismo de la autenticidad y del objeto físico; pero ‘Todo trabajo con una intencionalidad es arte’ nos lleva al relativismo degradante. No sé si se trata de buscar un punto intermedio o de abandonar la idea de arte. O quizás a third secret gender. Sí, las respuestas a preguntas complicadas siempre suelen ser el third secret gender. En mi opinión y momento actual de mi vida, el arte es todo aquello que trata de expandir el significado humano, todo aquello que trata de expandir los dominios del propio arte. Hasta cierto sentido, el arte también sería un virus generacional, traspasado de conciencia en conciencia a través de los siglos y que pretende infectar más y más ámbitos del mundo humano: y así deberíamos dejarle actuar. El arte es un juego, pero también una oración; y no es casualidad esta yuxtaposición, ya que la cultura humana (la cristalización del arte) comprende desde el pilla-pilla hasta el Padrenuestro. El arte es el impulso que lleva a una a conectar, con su territorio, consigo misma, con su comunidad, con su pasado, su presente o su futuro; y si no pretende conectar, pretende al menos dejar la evidencia de una falta de conexión. El arte es la disciplina de los neologismos, la vanguardia acérrima de la conciencia humana ya que, especialmente en un mundo capitalista, el sistema no crea sino legisla y depreda sobre los conceptos ya establecidos. Dominar apenas requiere de ingenio (y el ingenio del poder parte casi siempre de la hostilidad y la violencia); resistir la dominancia, en cambio, sí. Los códigos nuevos en los que las personas tienen que moverse para esquivar la censura, la tiranía; pero también el conformismo, la estaticidad, el aburrimiento; son incomprensibles sin el ingenio artístico. Ha sido el arte lo que ha influenciado conciencias y cosmovisiones generacionales como en el caso del Romanticismo o el Renacimiento. Ha sido el arte lo que ha perdurado de civilizaciones ya borradas por el tiempo, o por la cruel mano dominante. El arte es en definitiva, asomar la cabeza por el butrón del mundo, y traer de vuelta, lo que una buenamente pueda.

Lo cual me lleva a otro punto bastante interesante: ¿es el meme, de por sí un slop de significados parciales y reciclados, una disciplina artística? Yo defiendo fervientemente que sí, que es EL arte del Siglo XXI, precisamente porque responde a la vertiginosidad de una realidad sobresaturada, responde en formas y contenido al mundo que le rodea, y que desafía continuamente la comprensión por lo preestablecido. Y es un arte que me resulta especialmente interesante como elemento disruptor de la so called Academia. El meme es inmercantilizable, infetichizable, al menos eso pienso yo respaldada por el estrepitoso fracaso de los NFTs, que precisamente buscaban el tasamiento de lo instantáneo. El meme es continuamente mutante, huye del molde a pesar de que usa la plantilla y la reiteración como método de reproducción. El meme es casi inclasificable, precisamente porque son ejercicios cognitivos por lo general muy escuetos y de influencias irrastreables aunque intuibles. Algo que no se puede clasificar, que no se puede tasar ni fetichizar, que no se puede poseer… es incompatible con una institución que basa su existencia en la mercantilización de las influencias. 

El meme desafía el copyright, el meme rechaza la marca de agua, el meme se basa en compartir y conectar en base a unos significados comunes. E insorpresivamente, cada vez que un meme llega a medios comerciales, muere inevitablemente, como es el caso del anuncio del Burger King de Like a Boss. El meme se rebela contra su posesión, al menos es así en lo que decido tener fe. Y precisamente por eso lo encuentro tan revolucionario: porque despoja casi enteramente la propia idea de arte y cultura, la desvincula del medio físico, y queda atrapada en la conciencia colectiva como una influencia, un virus latente, un significado sediento de más, de conectar con otros memes que puedan dar lugar a una significación más completa, que hable MÁS de nosotres como seres humanos. El meme es significado puro, que basa su escuetísimo medio físico en otras referencias culturales, arquetípicas o miméticas (Bob Esponja, Los Simpson, Miku…) que actúan en representación de precisamente un arquetipo, un modelo de significado entendible, para poder infiltrarse en más y más conciencias. Para tejer más profundamente el entramado de la conciencia colectiva, de la cultura, de la naturaleza humana de encontrar y otorgar significado a lo banal, a lo desechado.



PARA ACABAR

Pues poco más que añadir, la verdad. He tardado una barbaridad en escribir todo esto porque entre el propio trabajo de escribirlo, reprimir las ganas constantes de añadir más contenido, y MUDARME; pues, una chica es nini pero tiene limitaciones igual ykwim…. 

Reitero que todas estas ideas son pensamientos, cristalizaciones de reflexiones personales, y no enteramente representativas de lo hablado el 3 de abril. 

Odio escribir conclusiones, además esto es un texto especulativo de una zángana que debería reducir su screen time, like, no esperes que te abra el tercer ojo. No pero fr, creo que precisamente  porque el texto son pensamientos sueltos ligados más a la hora de la redacción que en su propia semántica, hay pocas conclusiones que se puedan sacar. 

 Slava Internet y esas cosas que se dicen.

Bendiciones.


Cuscuta 0: Móvil

  Observaba el negror de la pantalla del ordenador como únicamente en silencio y soledad, una desviste minuciosamente la nada absoluta.  La ...