miércoles, 29 de abril de 2026

Cuscuta (III): En este lado del Espejo

 

  • Me parece muy fuerte que hayáis tardado casi tres putos mes-

  • Que pesada la niña, cielo santo. -dijo con media sonrisa Sedum.- Cállate y acaba de embalar, que al final se nos ha hecho de noche, zopenca.


Cogí la cinta americana y acabé de sellar la última caja. Bueno, ‘última’ era una palabra bastante grande para describir la segunda de dos cajas. Todas mis pertenencias, incluidas flores secas, huesos y plumas que Sedum y yo habíamos encontrado en innumerables paseos por el monte; cabían en dos cajas. Ello producía en mí una sensación extraña. 


Miraba pensativamente mi vida en dos compartimentos, el de ropa y el de trastos. Era bastante liberador saberme tan ligera sin perder la sensación de pertenencia a aquel increíble lugar; pero al mismo tiempo me preguntaba qué sería de la vida que dejé atrás. ¿Seguirían pensando en mí aquellas personas que una vez amé? ¿Seguirían siquiera existiendo aquelles que llamé amantes y cuyo olor había ya olvidado? Esto, toda esta nueva vida, era exactamente lo que había pasado cuarto de siglo implorándole a cualquier demiurgo que me escuchase; y sin embargo, ahora que por fin empezaba a conocer el mundo libre que yo no sabía que anhelaba, no podía sino vestir el duelo de los abrazos que no volverían, de las caricias que se quedaron a mitad. Sin amantes que no fuesen diezmos de sí ni de su amor en mí, escapé. Y no añoraría jamás vivir al otro lado del espejo, pero qué dulces habrían sido los besos en este. Qué dulces, qué dulces. Dos lágrimas cayeron de mis dos ojos.


  • Está bien, tía; ha sido un día largo. No hay ninguna prisa. -me consoló Sedum con una compasión que se me antojó mona.

  • No, tranqui, todo bien. -contesté secándome las lágrimas.- Creo que mejor que tiremos ya.


Justo cuando iba a coger la caja, Sera apareció de detrás mía y se tumbó encima. Se hizo meticulosamente un pandegato y cerró los ojos. Me di por vencida ante su adorabilidad, y apoyé el culo en el suelo, derrotada. Sedum se puso al lado mía, aún de pie, y observó a Sera junto a mí mientras me comenzaba a acariciar la cabeza. A veces me preguntaba si la gata era capaz de escucharme y entenderme, siempre parecía estar allá donde más o donde menos la necesitaba. Yo miré hacia arriba y cacé la mirada furtiva de Sedum desviándose de nuevo hacia Sera. Yo sonreí para mí y empecé a emitir pequeños suspiros de goce en respuesta a sus caricias. Cuando volvió a mirarme, le apuñalé con una mirada lasciva que ella rechazó rodando sus ojos y pateándome suavemente el costado.


  • Va. Que parece que ya te has animado, pringada. -dijo con un tono que no supe entender.


Me incorporé pesadamente al mismo momento que Sera se levantaba de las cajas para comenzar a pegarse y restregarse contra la pierna de Sedum. ‘Será zorra la tía, en mi puta cara y todo.’-reí para mí. Sedum se agachó brevemente a acariciarle la barbilla mientras yo cogía la caja de ropa. Me levanté y miré a Sedum agachada con una mirada apremiante, a lo que ella cogió la caja de los trastos y la colocó encima de la que ya llevaba yo en las manos.


  • ¿Eres tonta? -le pregunté mirándole con cierta irritación.

  • ¿Cómo voy a llevar el mueble sinòs? -contestó con media sonrisa.

  • ¿Qué mueble? -dije sin entender.- Sedum, pero si no tengo ni siq-

  • El que te he hecho, tonta. -me interrumpió.


Cruzó el taller de varias zancadas y destapó un bulto cubierto con una sábana polvorienta. Al levantarlo, había una mesita de noche de madera. Tenía un solo cajoncito y alguna que otra floritura por aquí y por allá. Era tan sencilla como preciosa.


  • Ta-chaaan -exclamó con su típica desgana mientras señalaba la mesita.

  • ¿Es para mí? -pregunté emocionada mientras ella asentía. ¡Muchísimas gracias, Sedum!


Dejé las cosas en el suelo y salté a abrazarla. Me sabía mal porque nunca había  aprendido a hacer buenos regalos, y ella siempre me cubría de detalles como este. Me preguntaba si los cariños y los momentos compartidos eran suficiente para ella. Apreté más fuerte. Después de unos segundos, noté su tacto calculado y distante, por lo que decidí soltarle. Le di las gracias tímidamente una vez más, y cada una cogió sus enseres de camino a los barracones subterráneos. Yo caminaba delante de ella, pensando en la extrañeza del abrazo que nos habíamos dado, pero decidí apartarlo de mi cabeza conscientemente.


  • ¿Por qué llorabas antes? -dijo de repente Sedum, rompiendo la silenciosa marcha.


Yo me quedé pensativa durante un largo rato. Atravesamos la bodega con su fría luz eléctrica, dimos con la oscura galería y finalmente con la trampilla de acceso a los barracones. Sedum abrió la compuerta y después de bajar ella primero, le fui pasando una a una las dos cajas y el mueble. Bajé de un pequeño salto y volvimos a coger los enseres. Mientras bajábamos por las estrechas escaleras de caracol me rendí ante mi propia negativa a abrirme y exhalé.


  • No sé, siento que no soy capaz de hacer las cosas bien.

  • Hmm -murmuró confusa Sedum- ¿a qué te refieres?

  • Es que -me quedé negando con la cabeza y los pensamientos comiéndome.- no sé más que huir y que tapar y que hacer simulacros de procesado de sentimientos inherentemente falsos que me acaban explotando en la cara. Y claro, luego me expongo a la interacción ajena y empiezo a des-

  • Ie, tía -me cortó-, te estás poniendo pedante. No creo que vaya a ser productivo lo que tengas que decir ahora mismo. ¿Por qué no-?

  • Ah, es verdad, se me olvidaba que tú lo sabes todo -le contesté furiosa a pesar de que sabía que tenía razón.- Gracias por tu sensibilidad.


Aceleré el paso y le dejé atrás mientras le oía chistar y resoplar a mis espaldas. Seguí bajando la excavación en la roca de la montaña sin detenerme a admirar las bellas formaciones rocosas plagadas de diminutos fósiles. Las cajas se me resbalaban continuamente de entre los brazos, por lo que iba a cada ciertos pasos deteniéndome brevemente a reajustar el agarre. La escalera de caracol cesó en su desparrame de escalones de roca tallada, a lo que yo simplemente me quedé parada en aquel sótano. Estaba semiiluminado por diminutas luces que actuaban como guía alrededor de las paredes y que se estiraban alrededor del alto de las puertas para indicar su presencia.. El eco de la voz de Sedum a mis espaldas sonó de pronto ‘Al final del pasillo que va a la derecha, cuarto 4-17’. Le hice caso y avancé un par de decenas de metros hasta detenerme frente a la susodicha 4-17. Solté las cajas con desidia, las cuales generaron un sonido seco contra el suelo, y me quedé apoyada contra la pared de tierra semidescubierta esperando a que llegase la imbécil a la que llamaba mi amiga.


  • ¿Sabes? -apareció de pronto Sedum.- yo tampoco puedo ir adivinando en qué coño estás pensando ni lo que necesitas. Llámame insensible todo lo que quieras, pero la única información que me has dado es que eres una cobarde y una tonta y lo haces todo mal y todas esas mierdas.

  • Ah claro, -tenía razón tenía razón tenía razón tenía- y seguro que llamarme pedante me iba a ayudar muchísimo.

  • ¡Pero vamos a ver! -saltó de repente.- ¿qué coño quieres de mí, tía? No soy tu puta madre. -dejó con cuidado el mueble al lado de las cajas.- Yo solo quiero saber qué te pasa, pero no quiero que te empieces a flagelar delante mía; no me das pena, ni quiero que me la des.


Me quedé en silencio sin saber muy bien en qué pensar ni qué decir. Realmente es posible que solo quisiera flagelarme y que ella sintiese compasión por mí. ¿Pero acaso no buscamos el consuelo en los brazos de aquelles que consideramos dignes? ¿Acaso no era legítimo que me castigase por no ser digna de su querencia?


  • Por favor, bésame. -por qué coño hago estas cosas.- bésame, bésame por favor Sedum, bésame -decía mientras lloraba y me empezaba a desabrochar la chaqueta.

  • Tía, ¿vas de puta coña? -preguntó con una mezcla de desesperación y calentura- Nano, no puedes estar siempre igual -dijo mientras colocaba avergonzada de sí misma la mano sobre mi esternón y la restregaba por todo mi pecho y clavículas.

  • Tía por favor, por favor bésame, tía -dije mientras jadeaba y reía y mis lágrimas aún se resbalaban por mis mejillas.- Ya va siendo hor-


Me estampó contra la puerta y tras colocar sus suaves manos tras mi cabeza y cuello empezó a devorarme los labios y la lengua con la furia que justamente buscaba de ella. Empezó a bajar por mi pecho mientras lentamente se arrodillaba y restregaba toda su cara por mi abdomen.


  • ¿Esto es lo que quieres, verdad, puta cobarde? ¿Huir como siempre? -me susurró mientras deslizaba su lengua cada vez más cerca de mi pantalón.

  • Yo jamás huiría de mi perrita -le contesté con la mente en blanco mientras le agarraba del pelo.


De pronto, la puerta se abrió y ambas caímos pesadamente sobre mi espalda. Mientras yo me retorcía del dolor y Sedum levantaba su cuerpo del mío, la oscuridad del cuarto cedió ante el pulsar ajeno del interruptor. Cinco personas paralizadas en una mueca de risa y sorpresa nos observaban incrédulas.


  • El hueso -dijo el que llevaba un collar de pinchos.


Les cinco estallaron en una carcajada mientras Sedum se levantaba avergonzada y ofendida y murmuraba ‘No m’ho crec nano, no m’ho crec’. Se marchó rápidamente sin despedirse ni dedicarle media mirada a nadie. 


  • Acho mapacha, pero que no te ralles, que esto le pasa a cualquiera -rió el rapado, avivando de nuevo la carcajada multitudinaria.

  • Holavenimosafollar -añadió la de las cejas finas con una voz ridícula.


El espectáculo se alargó durante un minuto en que me dio tiempo a levantarme y coger las cajas del pasillo para llevarlas adentro. Me planteé perseguir a Sedum, pero no tenía caso. Aunque le alcanzase, no querría hablar conmigo. Cuando volví a entrar avergonzada a la habitación con las cajas, observé que en el centro de la habitación había una especie de tubería de plástico transparente con lo que parecían ser espejos en su interior y de la que brotaba un ominoso reflejo azulado. De repente, la chavala rapada interrumpió mi inspección y se acercó a mí.


  • Acho tía, lo siento, es que somos un poco gilipollas -se disculpó aún con una sonrisa en la boca. Me fijé en ese momento no solo en que tenía los ojos rojísimos, sino que la habitación entera apestaba a hierba.- Déjame ayudarte con las cajas, nena.

  • Tranqui, solo queda una mesita. -contesté tímidamente.


Salí al pasillo de nuevo con ella detrás, y me observó coger la mesa y llevarla a pulso hasta al cuarto. Dejé la mesita al lado de mis cajas y apoyada sobre ellas, les miré a todes.


  • Pues vaya circo, ¿no? -dije finalmente cediendo a la risa colectiva.

  • Acho pero quién ha invitado a esta tía -dijo entre risas el del pelo blanco.

  • Tinto, cabrón, no me la ralles que acaba de llegar. -dijo el del collar de pinchos.- Hola, paya, soy el Mochu. Y estos son-

  • Acho Mochu, va cállate que vas to fumao -le interrumpió el rapado abriéndose una lata de cerveza.

  • Acho déjame en paz -empezó a reír de nuevo el Mochu mientras se desplomaba en una cama.

  • Va sí, tío presentaos ya, que la paya está que no sabe ni qué hacer. -dijo la de las cejas finas.- Yo soy la Pilu, nena. Perdónanos que vamos to fumaos.

  • Tinta -dijo la rapada.

  • Tinto -dijo el del pelo blanco

  • Yo soy la Paka -trago de cerveza- yhevenidoafollar. -dijo el rapado reavivando con la misma voz ridícula de antes la risa colectiva. 


Esta vez yo también participé, aunque no estaba entendiendo nada de las mil cosas que sucedían al mismo tiempo. Creo que el submarino que se habían montado me estaba empezando a afectar. De pronto, apareció Sera de entre la oscuridad del pasillo. La habitación entera exclamó entonces una oleada de sorpresa y monería, y se agacharon a la vez para recibirla. Sera avanzó hacia el Mochu y éste se lanzó a acariciarle el cuello y la barbilla. Ella cerró los ojitos plácidamente y acabó recostándose en el suelo exponiendo su barriguita.


  • Pero buenoooo -exclamó Mochu- ¡pero si es un gatico bachicha panzón!

  • Vaya cabrón, mira cómo le gusta que le soben. -la Paka se quedó mirándole- Está en la gloria el puto gato, ¿eh?

  • Sí, la verdad es que es muy mimosa. -le hice el gesto que le solía hacer para que acudiese, pero no lo hizo- Oye, ¿os sigue quedando porro?

  • Paya, nosotres SIEMPRE tenemos porro. -dijo Tinto.- De hecho, ya ves, yo os iba a decir de echarnos otro.

  • Acho que payo -dijo la Pilu.- Que no me ha subío tío que esta hierba es una mierda que he venío a follar. -añadió imitando al Tinto.

  • Literalmente acho, va, no ralléis.

  • Yo lo lío, va. -intervino Tinta.- Mochu hazme cartón.

  • ¡Me tenéis explotado vivo! -saltó el chaval.- ¿Queréis dejarme con la gata? ¿Le vais a hacer esto a esta pobre gatica?

  • Nada, nada, quédate con la Sera. -le dije.- Te lo hago yo, Tinta. Algo tendré que hacer.


Quedamos la sala un momento en silencio, el primero desde que irrumpimos Sedum y yo. Yo doblaba el cartón que me ofrecieron en numerosos pliegues hasta formar una eme rodeada. Cuando se lo pasé a Tinta, observé alrededor de la sala y localicé, efectivamente, seis camas divididas en tres literas dobles. 


  • ¿Y de dónde venís vosotres? -rompí el silencio.

  • Bueno -contestó la Pilu después de que se mirasen unos a otros durante unos segundos.- Un poco de por ahí. Los seis…

  • ¡Cinco! ¡Cinco! -reprocharon les otres al unísono riéndose.

  • Cinco, cinco, es verdad, cinco. -contestó Pilu con las manos en alto.- Bueno, que somos de Lajarra, pero que nos piramos hace ya bastante tiempo. Hemos estado de errantes desde entonces.

  • ¿E-errantes? -pregunté ignorando el 5-6 incidente.- En plan, ¿que dabais vueltas por el bosque y eso?

  • Algo así, sí. -intervino la Paka.- Al principio fuimos al Comando de Salazar, pero… -mostró su brazo izquierdo carente de mano y medio antebrazo.


A su vez, todes empezaron une a une a mostrarme sus cicatrices, dedos perdidos y otras heridas de guerra.

  • Resisten como pueden. -añadió Tinto volviendo a sentarse.- Vinieron hace unos años peña de la Calcera a dar apoyo militar, porque es que están rodeados allá, rodeados. -dijo con la mirada perdida.- Y bueno, nos escabullimos con elles de vuelta.

  • Fue la mapacha quien nos ayudó a cruzar, en verdad. -dijo Tinta con un tono serio mientras acababa de liar la ele.- ¿Quién fuma? -levantamos la mano Tinto, Mochu y yo. Prendió el porro y le empezó a calar.- La verdad, que se portó como una reina.

  • Pero, ¿os referís a Sedum? -pregunté confusa.

  • Sí, nena, la paya con la que te estabas dando tol filete antes. -me ofreció el porro y lo acepté avergonzada.- Ya sabes, por el pelo y las cejas y tal.

  • La mapacha. -dije sonriendo tras calarle un par de veces.- Me gusta.

  • Ya lo hemos visto, ya. -replicó Tinto mientras arrancaba a reir.- Oye paya, no te lo apalanques.

  • Acho que estaba yo primero, va. -dijo el Mochu como despertando de su trance de acariciar a Sera.

  • Ie nano que le he dado calada y media, me dejáis en paz. -dije entre risas.- Anda que no cabrón, que llevo medio año sin fumarme un porro, goddamn. -le di una larga calada y mientras tiraba el humo lentamente, se lo pasé al Mochu.- Entonces, ¿conocéis a Sedum?

  • Bueno a ver, conocer conocer, tampoco. -me contestó el Mochu.- Ya te digo, la pava nos aseguró un camino para acceder a la Calcera. Por lo que nos contó, se coló en el pelotón de refuerzo, y cuando se cataron, le ordenaron volver. Nos encontró escapando con la Paka aún recuperándose de la herida, y bueno, pues no nos delató.

  • Pero, no entiendo, ¿por qué tendría que delataros u ocultaros? -pregunté.

  • Nena, porque estábamos huyendo del Comando. -contestó Tinta y se hizo un breve pero profundo silencio.- Porque se supone que tendríamos que habernos quedado a defenderlo. -añadió mirando al suelo.- Creíamos que estábamos preparados para esto, pero, no… no es tan sencillo.

  • En un Comando como el de Salazar -intervino Tinto mientras le reclamaba el porro al Mochu.-, simplemente no puedes irte así como así. Está bastante aislado y bajo continuo ataque de los malos. Aquí es diferente, aquí podéis respirar.

  • Entiendo. -comenté sopesando.

  • A ver, que tampoco te pienses que nos iban a matar o algo así -dijo Pilu intuyendo mis pensamientos.-, pero evidentemente nos habrían devuelto al frente. -se quedó mirando a un Paka que apuraba su lata en silencio con la mirada baja. Cruzaron miradas.

  • Bueno paya, ¿y tú qué? -dijo por fin la Paka mientras aplastaba la lata.- ¿de dónde has salido tú? Que llevamos años dando vueltas por aquí y no te hemos visto.

  • Em, bueno. -me quedé pensando un momento, el cambio de dinámica conversacional me confundía ahora que iba fumada.- Llevo en el Bosque unos meses. En el último asalto a Alfinòs, me pilló el fuego cruzado y en fin. Aquí acabé, no sé muy bien ni cómo.

  • Coño, conque alfinera, ¿eh? -contestó la Paka con sorpresa- Yo habría dicho que eras urbanita en plan, URBANITA, ¿sabes?

  • Bueno, nací allí, pero cuando todo esto empezó, mi familia y yo nos mudamos a València. Lo gracioso es que vine a Alfinòs de… ¿vacaciones, supongo?

  • Oyvaaa, pues sí, urbanita urbanita. -comentó Tinto.

  • Urbanita pero al menos no mesetera. -suspiraron una risa.- Hasta ahora había estado durmiendo en un taller, pero por fin me dieron una habitación.

  • Pues imagínate nosotras, paya, que dormíamos en putas buitreras. -contestó entre risas Paka.

  • Ah pero, espera, pero, ¿errantes errantes as in vagabundas? -pregunté con incredulidad.

  • Claaaro, nena. ¿Qué pensabas? -respondió Tinta mientras miraba a les demás.- No nos llamamos Las Cabras por nada.

  • Ya hemos hablado de eso, paya, somos el CSI Lajarra. -corrigió el Mochu.- A ver, evidentemente no es lo más cómodo del mundo, pero no somos ni los primeros ni los últimos. Aunque nosotros ya estamos un poco hasta la polla, no todo el mundo en el Bosque vive en Comandos. Hay hasta sectas y cuerpos especializados y toda la vaina viviendo por ahí. Si es que está todo inventao.

  • Ya veo, ya veo. -contesté sorprendida.- ¿Y vosotres qué sois? ¿Secta o cuerpo especializado? Porque a ratos no sé si sois primos o un polículo.

  • Que zorra la paya, -rompió Paka la carcajada general.- Vaya confianzas se coge la tía. A ver yo creo que un poco polículo sí que somos o qué.

  • Bueno bueno, -interrumpió divertido Tinto.- aquí mucho acusar, pero lo que la tía esta estaba haciendo con la Mapacha la verdad es que tampoco es muy de primas.

  • Bueno a ver, depende de la zona de Alicante -contestó la Pilu arrancando de nuevo la carcajada.

  • Lo peor de todo es que las dos somos alfineras, osea que las posibilidades no son cero. -añadí.- Pero a todo esto, ¿habéis escuchado toda la conversación? Y más importante, ¿qué coño hacíais en silencio y a oscuras en el cuarto si estábais dándole al porro?


Cuando acabaron de reírse en mi cara y de llamarme erróneamente a ‘Perrica’, me señalaron la tubería que antes había estado observando. Mochu se levantó de pronto y Sera salió de su trance de caricias para acurrucarse a mi lado. Dificultosamente se tambaleó hasta la puerta por la que antes me resbalaba, y se apoyó en la pared al lado del interruptor. ‘¿Preparada?’ me dijo con media sonrisilla. Yo asentí confusa, a lo que el chaval pulsó de nuevo el interruptor y la luz eléctrica desapareció, creándose de pronto un cerúleo destello fantasmal proveniente de la tubería. Los haces de glauco y cian bailaban pesadamente por la habitación, contorsionándose en perezosas figuras selénicas contra todas las superficies de la habitación. Yo quedé absolutamente maravillada por el espectáculo imposible, preguntándome cómo, cómo podía ser aquello. Leyendo mi expresión tan confusa como fascinada en mi rostro tintado de océano, Tinta se levantó y se dirigió hacia la tubería, la cual reparé que poseía una serie de palancas y manivelas. La chica empezó a hacerlas girar con delicadeza y precisión, y al mismo tiempo que las juntas de la tubería rotaban entre chirridos y tembleques, la tonalidad y los patrones de la luz empezaron a transicionar bruscamente en una serie de movimientos que mi cerebro embriagado no podía procesar sino como una intrusión absoluta de la luz en todo aquello que existíamos en la habitación, obligándonos a habitar aquel universo contenido a su compás y oscilación. La aurora del Todo brillaba ahora con un rutilor más blanquecino, y la tubería lucía un pequeño orbe de luz flotante en cada uno de los espejos de los eslabones de aquella extraña concatenación de lúmenes. Sentía cómo la luz transverberaba mi existencia célula a célula, como microscópicas agujas de Santo Fantasma abriendo así mi alma a todo Lo Otro.


Mi concentración se vio quebrada por un repentino toque en el tobillo por parte de Paka, quien me señaló sonriendo a Tinta. Tinta me hacía un gesto con la mano como para acercarme. Le hice caso y de un par de zancadas esquivando las latas y tabaqueras, alcancé la tubería. De pronto se agachó mientras me cogía del brazo, a lo que le imité en su acuclille. Abrió una pequeña compuerta a los pies de la tubería y desenvolvió una compleja estructura cóncava incrustada con diminutos espejos. Me colocó las manos alrededor de la estructura, y volvió a las manivelas. Cuando empezó a tirar de ellas, el oleaje candelario de la habitación comenzó a atenuarse, así como los pequeños orbes de luz degeneraban en puntos que degeneraban en nada. Sin embargo, al mismo tiempo que esto sucedía, un orbe de luz se comenzaba a gestar entre mis temblorosas manos. Un holograma cegador de la Luna se desdobló de entre la copa de espejos con una rapidez que me tiró al suelo de la impresión. Me arrastré de nuevo hacia la compuerta, donde el gargantuesco reflejo de Luna atravesaba la tubería y generaba destellos erráticos al rebotar contra los espejos internos. Coloqué mis manos debajo de nuevo, y observé en un silencio tan estático como apabullante, cómo el astro perfectamente redondo en su plenitud regentaba el infinitesimal universo de todas nuestras miradas. Cada cráter, cada impacto, cada veta, loma, valle; todo, todo el astro en su gloria sobre las palmas de mis manos. 


Nos mantuvimos en aquel necesario silencio de maravilla durante un largo rato, mientras el espejismo lunar iba poco a poco reduciendo su tamaño. A medida que esto sucedía, los fractales de luz nívea volvían a inundar la habitación, hasta que la Luna desapareció y solo quedaron los pequeños orbes flotantes sobre los espejos. Ningune nos atrevíamos a romper con palabras aquel bello instante, por lo que sintió adecuado cuando la propia noche lo hizo por nosotres: un lejano eco de lo que parecía un aullido se deslizó por la tubería hasta inundar en un degenerado zumbido aquel espacio que habitábamos.


  • La primavera es peligrosa. -dijo de pronto Tinta.- Hoy es noche de ánimas.



****


D’això em serveix relacionar-me en gent de la meua edat. Ristra de gilipolles, totis ellis. Malgraïts imbècils incapaços de vore més enllà de si mateixis. I jo, i jo què? I jo pitjor per cercar quelcom en d’ellis, per rebaixar-me a la seua aprobació. Pujava les escales de caragol quan vaig creuar-me a Sera baixant cercant a l’atra tonta. Quasi li doní una puntada de l’enuig que duia amunt, però evidentment no ho vaig fer. 


Quan vaig arribar a la superfície, m’acostí a les escales de la galeria i vaig seure. Soterrí la meua faç a les mans i vaig plorar de la vergonya. Per què tothom semblava incapaç d’estimar-me com jo volia? Per què la gent semblava incapaç de traure el cap del seu cul? Jo en donava i en donava i mai em tocava rebre. Mai. Jo et jure que tracte d’obrir el meu cor, Osyris, però és que no puc, no puc si la gent té tan poca cura i amunt se riuen de mi. I l’atra què? Almenys podria aclarir-se si vol que sigam amigues o si sols vol follar-me. És que, és que de veritat que no puc. Els obri les portes de ma casa i m’heu paguen riguent-se en ma puta cara. Els podria haver dixat a Salazar, però ni una puta visita em feren de tornada. Totis, totis gilipolles.


Tractí de relaxar-me amb unes respiracions pesades i de dixar el cos completament inmòvil. A poc a poc, vaig notar com la meua silueta tornava a coincidir amb el meu contorno, totes les meves aristes al seu puesto, tots els angles arredonits de nou. Sols jo i la nit. Inspeccioní el sòl i vaig donar amb un xicotiu centell de lluna. Alcí la vista per la paret del meu costat i vaig vore a través de la petita finestra quadrada, la Lluna Plena en tot el seu esplendor. De sobte, allò.


Allò era la vergonya. Una vergonya tan profona i arrelada en mi que es sentia fins a reconfortant. Com un forat que sempre havia estat i que feia cosquerelles al pasar l’aire pel mig del meu pit arrapat. Com una ferida oberta en la que clavar les ungles en una mena de parafília malsana. Evidentment. ja no em sentia així molt d’aviat, però quan allò arribava, sabia que em podria permetre-me castigar-me amb el fàstic del plaer buit. No sé què havia degut de passar en mi per a arribar a ixe punt, sols sabia que les meves entranyes estaven inflamades de culte i menyspreu a la carn, i la inflamació precisava cura.


El caseró estava quasi en absolut silenci tras la caiguda de la nit, a excepció d’alguns murmuris irreconegubles provenients d’alguna finestra encara enlluernada. Isquí atra volta pel gran portó de fusta del pati, i comencí a caminar baix la lluna plena. Jo la mirava, la mirava a ella i a pesar de que no havia ni un sol núvol, a pesar de lluir tots els seus cràters i forats com l’espill de lo meu insà i desesperat que era, a pesar de que jo en duia tota la meua roba i fins el monyo amagava per vergonya a tot lo sacre que anava a embrutar; jo anava més nua que ella. Incomparablement més nua. L’aire correguia per tota la muntanya, però sols contra el meu pit xiulava alertant a Déu del meu emaús amb la foscor.


Realment no duia cap direcció en ment, i tot i això sabia que la vergonya m’anava a trobar. Jo sols devia caminar, pujar els bancals, baixar els bancals; agarrar esta branca, aixafar esta flor; escoltar ixa fam. La pell es sacsejava entre la freda llum de lluna i la tremolor infrarroja de la sang. Els primers udols van sonar a la llunyania; però no; encara no els que cercava.


La fam em deia que reprenguera la marxa, que caminara fins als udols, que enllà em cercava ella tant com jo desitjava que em cercasi. Les meues cames es van cansar de caminar, de cercar ixa vergonya que tant em cremava i desitjava que acabasi de socarrar-m’hi: que fora ella, que fóra el foc qui em trobasi palpitant. Peça a peça vaig anar arrapant-me, agenullada davant el judici de la mareta blanca i celeste que totes les primaveres em trobava, sempre, sempre agenullada. Un solitari udol es va fer sonar. M’havia trobat. 


TW: secso lesbiano, issues raros


La meva respiració es feia més pesant i ràpida mentre els seus grunys es sentien més propers. La paüra i la excitació es feien una en el meu cos tremolenc. A quatre potes d’entre el matollar, emergí una figura corpulenta i nua. Els seus ulls ambarins es clavaren sobre els meus aterroritzats. Sa boca s’obrí en el que semblava una sonrisa tota feta ullals, mentre una espesa bava transparent es vesava d’entre d’ells. Es va aproximar lentament, emetent uns intimidants grunys que jo bé coneguía. Vaig tractar de controlar la meua respiració. Quan va estar davant meua, clavà una vegà més els seus ulls a pocs centímetres de la meua mirada seriosa i impassible. Apunyalà en son nas cada volta més protruït i escatat contra les meues clavícules i escomençà a aspirar pesadament cada centímetre del meu cos. M’envoltava com a la seua presa indefensa rellepant-se abans del festí, dibuixant en la seua òrbita contra el meu cos nu, en sa lasciva saliva una horca. S’aturà enrere meu, y lentament va clavar les seues dents contra la vall que unia els meus muscles al coll. S’agenullà darrere meua, alçant-se cap i mig per damunt del meu, i en sa urpa esquerra, escomençà a acaronar-hi amb continguda violència el meu coll i mandíbula. Sa urpa dreta escomençà a obrir-se pas per la meua cintura mentre apegava el seu torso i abdomen hirsut contra la meua esquena coberta d’heura. Notava com els arrels em palpitaven mentre la meua captora grunyia de satisfacció entre mos i llepà, al trobar amb sa urpa la meua polla erecta.


Escpmençà doncs a masturbarme en mania i fins i tot en fúria, d’una manera tan desbocada que el meu cos no podia sinò respondre en més i més duresa i pantaixos. Alçà el meu braç esquerre i soterrà el seu musell a ma axil·la, aspirant en ràbia mentre ploriquejaba desesperadament. Romangué uns minuts aspirant entre gemecs, adherint cada volt més el seu gegant cos pelut contra el meu, sempre tan tan nu.


De sobte, quelcom semblà canviar en elli. Amb les seues urpes encara clavades sobre el meu costat, m’agarrà i em llançà a terra. Inmediatament es va abalançar sobre el meu abdomen i escomença a mossegar cada centímetre de mi. Deixaria en el seu bel·licòs rastre per les meues superfícies, una florida riell de blaus, sang i marques per a la meua posterior eïna de dolça, dolça culpabilitat. S’aturà aleshores damunt el meus pits, dels quals va beure durant minuts? hores?, sols sé que continuà i continuà i jo sentia que de la insistència i el meu pantaix, blanques flors de llet naixerian per al seu divertiment. I enllà es va detenir sobre el meu cos, sense ser capaç d’allunyar-se de sa fascinació pels meus mugrons. Sentia els arrels de la meua esquena créixer per segons, fins que a la fi es feren visibles pel meu costat, com cercant el tropisme píric de la lloba en el seu zel estacional. Jo acaronava sa densa cabellera de coure, mentre ella em responia amb tremolencs gemecs que se li escapaven entre envit i envit de sa ocupada boca contra mi. Romanguerem en ixa melosa abraçada durant una bona estona, fins que escomencí a notar el meu pubis completament entollat pel seu pubis de cel ràs sobre d’ell.


La meua polla escomençà inevitablement a posar-se dura de nou, fins al punt de fregar suaument els seus llavis amb el palpitar. Elli aleshores escomençà a refregar-se lentament pel meu abdomen, baixant cada volta més cap al meu inflamat òrgan en cada oscil·lació de sa calentura; fins que finalment, son pou devorà per complet la meua tensa convexitat. La lloba encara romania hipnotitzada pels meus pits, però ara el seu cos tremolava cada vegà que acabava d’empalar-se contra el meu cos. Per moments, el seu caràcter es tenyia més i més nerviòs, fins que tornà al seu anterior frenesí desesperat. Quan aquest arribà al seu zénit d’agresivitat, escapà del seu asfixiant agarre contra mi.


Alliberà la seua boca de mon torso i refregà son pubis candent contra la gelidesa ascendent de la meua pell primaveral. Finalment, col·locà el seu conyo contra la meua boca expectant. Llavi en llavi, l’estructura binomial es devorava a si mateixa com sempre havia estat escrit que es fera. Els seus dos paladars vessaven els seus bellísims continguts contra ma boca i ulls, dissenyant aixina en tota la seua benevolència, un aigua que assaciara la sequetat de ma llengua; unes llàgrimes en que plorar davant sa presència semidivina. 


Agarrava el meu cap amb una maldestra delicadesa alhora que m’embestia amb els malucs, com retornan el favor de l’anterior escena d’alletament. Jo xuclava i xuclava, i pasava els meus nuets braços i mans per la seua espessa esquena. Alcancí els seus pits inferiors, una de les parelles dels tres de més dels que estava acostumada, i els vaig estrènyer suaument mentre ma llengua ballava ben soterrada a les seues potes. Elli escomençà a ploriquejar descontroladament alhora que els seus envits se feien més frenètics. Semblava com si s’estiguera dessagnant i retorçant-se del dolor, i jo, sols jo puguesi anestesiar-li.


Finalment, el seu cos sencer es tensà en un obelisc de tremolenca perpendicularitat amunt de mi, i va proferir un esquinçador udol alhora que vessava sa ànima sencera sobre la meua gola. Passà les seues urpes esclares en dificultat i ternura per ma cara i cabells mentre acabava de correguer-se, i justet en ixe instant, vaig sentir que per fi pagava la pena dixar-se morir. Enllà soterrada baix les humitats d’aquelli que antany coneguí i avui apenes sabia si tan si vol existia ja; enllà vaig tindre la certesa de que podria haver-hi mort sense penediment en aquell exact moment. 


Anhel candent, desig desmesurat de consumició, Lluna testiga de tots els meus pecats. Porta'm amb tu a la teva gàbia dels vents trencada pels costats, a la lloma dels ullals partits i les potes romes per la fricció. Deixa'm cremar sota tu, mare de la meva pulsió animal soterrada, deixa'm fer créixer les ungles cap a la teva pira com un brot llançant-se a la vall del suïcidi. Simplement deixa'm ser al costat de tu, no m'abandonis en aquesta fredor de cicuta i ortiga contra el meu tremp, feble, marcit.


Però tu, tu ja te has anat.


El sol apuntava tímidament d'entre els turons llunyans per a quan la trobada acabà. No obstant, no havia aconseguit la claritat que cercava en la vergonya de dixar emprar el meu cos. En ixe moment l’únic que desitjava era una abraçada, però elli ja se havia anat. Em preguntava si seria ma llobeta qui va sentir vergonya aquesta volta, em preguntava si s’enrecordava de qui era jo, em preguntava si tot allò era més que zel per d’elli.


M’escomencí a tirar dels pels i donar de bufetaes per no escomençar atre dia plorant, però cada volta semblava més complicat no aixecar-me aixina. No ho vaig aconseguir. Les llàgrimes vingueren a mi i jo no sabia ni quin nom proferir. Jo sols volia sentir-me fastiguejada en mi mateixa, però acabí sentint-me sola, solíssima. La llum es va fer més clara, i vaig poder vore totes les meues superfícies contra terra, cobertes de dolorosa coscolla, blaus i saliva seca. I en comptes de fàstic, sols podia pensar en que tant de bó que encara estiguera humida per poder olorar-la i tindre-la aprop de nou. Però ja s’havia, ja s’havia anat.


Em vaig vestir de nou, i escomencí a fer la tornada al caseró, el qual es divisava a lo lluny des de la lloma en la que havia acabat. Aquesta volta havia sigut diferent. Elli semblava més humana que mai, almenys aixina s’havia sentit; però el seu cos, el seu cos cada volta era més semblant al d’un llop. No sé, jo sols volia a li meui amigue de tornada.


Pensant en elli, inevitablement acabí pensant en la fadeta. S’estava convertint en una persona molt important per a mi molt ràpidament, i mentre que tindre la seua companyia m’ajudava a no voldre, bo, morir, em donava por carregar-li amb ixa responsabilitat, encara que ella no ho sabera. Per primera vegà en temps, sentia que podia parlar amb algú, però això mateix estava obrint les portes a moltíssims sentiments que havia aparcat amb els anys. Tot semblava caure’s, la meua vida sencera passava per davant de mi cada volta que parlava en ella. I tot i això, últimament ella sols semblava interesada en follar-me. I doncs, es sentia bé sentir-se desitjada, però no estava preparada per obrir ixa veda. Tot allò era molt perillòs, al cap i a la fi, ella no tenia a ningú i jo sentia que tampoc. Jo volia passar-me el dia amb ella, dormir amb ella i aixecar-me amb ella; i respirar el mateix aire i juntar els nostres caps per no tindre que emprar els nostres llavis per atra cosa que no siguera besar-nos. Però si feia açò atra volta, i otra volta se n’anava, no… no sobreviuria.


Encara continuava perdua als meus pensaments quan arribí al Acegador del Mussol amb el sol de primavera escomençant a calfar-me la cara. La son me feia sancallejar i jo lluitava per romandre desperta a través de pessecs i més bufetaes. Vaig pendre alguns desviaments per evitar creuar-me en penya treballant a la mitjera, no volia ni saludar ni respondre a cap pregunta. Per a quan vaig arribar al caseró, el sol ja enlluernava amb fúria el cel de primavera. Vaig entrar per la porta principal i atravessí el passadís fins a la saleta. Intercanvií els bons dies amb un parell de persones, però va ser Ilex qui em diguí que Sonchus m’estava cercant. ‘Que continue cercant’ li responguí sense donar-li importància. Isquí a la terrassa i escomencí a pujar les denou escales. Quan vaig arribar al balconet de l’hivernacle, vaig trobar a Soni esperant-me.


  • Bon dia, me vaig a descansar una miquiua -diguí sense mirar a Soni als ulls.

  • ¿Pero dónde coño te habías metido? -em tallà el pas a l’hivernacle.- ¿Tu de veres penses que pots desaparéixer aixina?

  • Ni la primera ni la última volta que ho faig. -m’arronsé d’espatlles.- Per favor, dixa’m passar que ne tinc son.

  • Mira tia, que no vols parlar? De puta mare, però tens responsabilitats ací. Porte des d’ahir cercant-te, i ja em digueren que estaves en l’amigueta ajundant-li a moure’s. Però lo d’avui? ¿Qué excusa tienes?

  • Estava pegant un passeig -responguí riguent amb xuleria.

  • Oh… entenc. -digué amb suspicàcia.- I si t’alce la samarra, que me vaig a trobar?

  • Un òstia en la puta cara, això et trobaràs. -responguí furiosa.- De què vas tio?

  • Mil putas veces te lo hemos dicho. -relaxà son enuig a un to de simple retret.- Tu saps lo perillòs que és tractar en animetes en primavera? Més encara en Canis, -negà frenèticament amb el cap.- me cago en la puta tía, que un dia no tornes.

  • Que no li digues aixina! El seu nom és Umbilicus. -repliquí perguent els nervis.

  • Sedum, tu i jo sabem que ixe ja no és Licu. -contestà en tristor a la mirada.- No va ser culpa teu-

  • I la de cercar-te un treball te la saps? Tot lo dia has de vindre a unflar-me els ous, nano. -li cridí.

  • Tía, ¿puedes hablarme bien? No sé qué coño te pasa, pero no puedo seguir discutiendo contigo así. -retingué les llàgrimes mentre portava les mans al cap.- Jo te jure que aixina no puc.

  • Perdó. -diguí dixant aflorir de nou les llàgrimes.- Ho sent, Soni, jo… no sé què em passa últimament. Osiga, sí, però no és culpa teua, ho sen-

  • Està bé. -em mirà seriosament, tractant de recomposar-se.- Entenc que estigues inestable, han passat moltes coses. -va inspeccionar-me d’amunt a avall.- Has de apendre a cuidar-te millor.

  • Bo, -vaig assecar-me les llàgrimes .-estic tractant de baixar-li al tabac.

  • No em referia a allò. -es recolzà sobre la barana i tragué dos pitis de sa tabaquera. M’oferí u- Has dit baixar-li, no llevar-t’heu, no?

  • Supose -diguí rodant els ulls. Traguí ma mistera i prenguí el piti.

  • Pos tenia raó la teua amigueta. -comentà mirant-me de reüll.- T’ancens els pitis igual que jo.

  • A tu te veia fumar i a tu te furtava els pitis quan escomencí. -em recolzí al seu costat. Calada.- Quelcom havia d’agafar de tu.


Soni somrigué lleument, quasi amb nostàlgia.


  • Jo també la extranye, saps? -comentà secament.

  • Ho sé. -contestí avergonyida. Silenci, calades, fum; silenci.

  • Que seamos menos efusivas, no significa que Olea y yo te queramos menos. -girí el meu cap i trobé la seua mirada encara perdua.- Per què fuges de nosaltris?

  • Perquè representeu un dolor que encara no puc asumir. -contestí de seguit esperant la pregunta.- Perquè ereu tres, i ara sou tres menys u. Perquè he de apendre a viure sense ella al costat vostre. I no és fàcil.


Vaig vore una llàgrima caure del seu ull, però no va mirar-me en cap moment. Vaig girar-me al front de nou, i observarem en silenci els voltors a la llunyania. Donaven voltes i més moltes, i més i més voltes… La son tornava a seure-se’n. 


  • Sonchus…

  • Si, bombón, ves-ne a gitar-te. -em tallà Soni com llegint-me el pensament.- Però tu i l’amigueta teniu coses que fer. Ja està als barracons?

  • Eh… sí -responguí recordant breument l’escena de la nit anterior.- Si, ja està amb els lajarrans.

  • Bé. Aniré a parlar amb ella en una estoneta per a que agafi l’ordinador. Li diré que vinga a aixecar-te en una hora. Aprofita per descansar.

  • Sí. -digué preocupada per el seu to encara tan seriòs.- I aon anirem?

  • Amb el Crebalòs. Volem provar una cosa.



****


[...] corre que corre que no son mis manos, que mis ligamentos están retorcidos y yo trato de desretorcerlos por esta caí

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    da pero no funciona siguen enroscados por dentro pero ahora sangra mi cabeza pero la sangre es pegajosa y se hace resina de pino y pego la cabeza en el tronco para que oiga mis pensamientos y me cuente los suyos y ahí está ahí está su cloaca estrecha que solo cabe mi mano pero yo me arrastro y me arrastro porque sé que está ahí yo huelo la cal de los fósiles sé que está ahí así que sigo empujando porque la corteza no duele tanto y embisto y ahora solo quedan mis piernas pero ya entro fácil y bajo las escaleras de caracol y las bajo y las bajo y poco a poco los ligamentos se van reensamblando y subo un poco para comprobar y efectivamente se retuercen de nuevo así que bajo y bajo y no estoy segura de estar caminando por el suelo pero los fósiles empiezan a aparecer, pero duran poco antes de que el olor sea el de la sangre y luego la saliva y al final de la lengua, cuatro colmillos que guardan una boca de serpiente que mira de frente a su gemela. no hay nada más que contar



Abrí los ojos lentamente. La luz del sol se filtraba de dentro de la gran tubería en la que la anterior noche adoramos a la luna. Traté de incorporarme, pero pronto topé con la litera superior, así que saqué las piernas de la cama y me enderecé con el cuerpo perpendicular a la cama. Comprobé perezosamente que el CSI Lajarra entero dormía, y aproveché para cambiarme con lentitud y pesadez. Estaba todavía intentando encontrar la lengüeta del sujetador allá por mi espalda cuando la puerta sonó suavemente con tres toques. Antes de que pudiese decir ‘voy’, escuché unos pasos alejarse de la puerta, por lo que supuse que se habrían equivocado. Cuando acabé de ajustarme el sujetador, fui a abrir la puerta a ver si daba con la persona por curiosidad. 


Cuando abrí la puerta, solo escuché los pasos subir pausadamente las escaleras. Decidí no darle más importancia, pero justo antes de cerrar de nuevo, encontré una nota en el suelo. Ésta decía: ‘Ve al invernadero a despertar a Sedum a media mañana. Ella sabe a dónde ir. Lleva tu ordenador. P.D.: Por el amor de Dios abrid la escotilla de ventilación, apesta a hierba desde el tercer sótano. Un besito. Soni.’ Al lado de su firma había un pequeño garabato de un conejito. Cerré la puerta y entré de nuevo a la habitación a acabar de vestirme. En la litera contigua a la mía detecté un movimiento de retorcimiento, y finalmente una cabeza emergiendo de las mantas. Era el Mochu.


  • Buenos días, corazón. -le saludé mientras me ataba los cordones de las botas.

  • Hola paya. -me dijo con un hilo de voz y los ojos hinchados.- ¿Te vas ya?

  • Yesss, voy a desayunar un algo y luego me voy a por la Mapacha. Aparentemente nos toca misión.

  • Uf, vaya pisto. -dijo con la mirada perdida.

  • ¿Qué? -pregunté sin entender.

  • Acho no sé. -se quedó en silencio un segundo.- Tengo sueño.

  • Ya veo. -dije entre risas.- ¿Tenéis hoy algo?

  • Creo que sí. Teníamos que ir a reportarnos con nosequién. Pa que nos asignen cuadrilla y eso.

  • Pues… -miré alrededor.- En verdad ve despertándoles ¿no?

  • Total. -dijo con la mirada aún perdida. Estaba muy mono todo así dormidico.

  • Bueno, me piro ya. Pasadla bien.


Acabé de atarme los cordones y abandoné la habitación. Atravesé el pasillo y comencé a subir las escaleras con cierto aire de familiaridad. Me detuve en varias ocasiones a pasar mis manos por la roca excavada y sentí la rugosidad de la caliza y los surcos de los miles de fósiles diminutos que se esparcían por toda la superfície. Me topé con varias otras personas de camino y subimos en silencio el resto del trayecto hasta la trampilla. Subí al caserón y me detuve en el comedor a buscar alguna cara conocida. Encontré a Genista tomándose un café, por lo que decidí acercarme.


  • Hola Geni -saludé mientras me acercaba a su silla.

  • Anda, nena, ¿cómo estás? Buenos días. -respondió él con cortesía.

  • Guay, jeje, ya en los barracones.

  • Mira tú qué bien. Me alegro, nena.

  • Escucha, ¿sabes dónde está el invernadero? Me ha dicho Sonchus que Sedum estaría allí.

  • Maemia, ¿culo y calzón que sois y no te ha llevado nunca? Esta niña… Mira, al final del pasillo, ¿la terraza donde los secaderos? Pues ahí a la derecha del todo hay una escalerita chiquituca. Subes por ahí y no hay pérdida.

  • Vinga, gracias. Que te aproveche el cafelito.

  • ¡Home no! 


Me despedí con un gesto de mano mientras caminaba por el pasillo lleno de dibujos de chiquilles y cuadros de adultes, algunos de ellos realmente increíbles. Me detuve en uno que me cautivó especialmente en que se representaba un ¿cadáver? con la piel turquesa y dos personas a sus lados presionando sus caras contra la del muerto. Al fijarme más de cerca, sus caras se fusionaban en un solo borrón confuso de sonrisas y ojos. Me alejé instintivamente, ya que me dio un poco de impresión, y proseguí mi camino hasta la salita, la cual encontré vacía. Salí a la terraza, toda llena de sábanas ondeantes y subí las escaleritas hasta una terraza más pequeñita, casi un balcón, sorteado por una pequeña barandilla un tanto destartalada. Inspeccioné el pequeño espacio, el cual estaba lleno de colillas, hojas secas y algún que otro calcetín roto. Topé la gran puerta de madera y golpeé suavemente con mis dedos, pero me di cuenta de que la madera era muy maciza y apenas sonó. Le di pues con el puño cerrado, intentando conseguir respuesta de Sedum. Esperé unos segundos, y me dispuse a abrir yo y entrar. Cuando la puerta ya había cedido a la mitad de su recorrido, ésta empujó de vuelta y me arrastró de vuelta para el balconcito.


  • Dame un segundo. -sonó Sedum con sequedad al otro lado.

  • Claro.


Solo al oír su voz, recordé la escena de la noche anterior y el enfado con el que se había marchado. Me preguntaba si seguiría enfadada. La puerta se abrió de golpe.


  • Mone. -afirmó llanamente.


Asentí y marchamos en silencio por el caserón hasta salir por la puerta principal al final del pasillo. Rodeamos la edificación y empezamos a subir por la costereta que conectaba con la vía de entrada. Subimos uno de los bancales a través de unas pequeñas escaleritas de piedra hasta dar con el siguiente nivel. Pasamos por los caminos de cabras y seguí a Sedum por veredas ya invisibles para mi desconocimiento del terreno.


  • ¿Adónde vamos? -pregunté con cierta vergüenza.

  • Al puesto de vigía. -contestó. Quedamos en silencio un rato.

  • ¿E-estás bien? -pregunté titubeante.


Ella giró la cabeza furtivamente sin detenerse. Siguió caminando un rato y de repente se paró en seco frente a un piñonero. Me agarró por el cuello de mi camiseta y me estampó contra la corteza del pino. Después empezó a besarme con furia, y cuando se separó de mí, me propinó un rodillazo en el lateral de la pierna.


  • Estoy de puta madre, tía. -dijo con resquemor en la voz, e hizo el ademán de girarse y seguir caminando mientras se secaba la boca con el antebrazo. Le agarré la mano y detuve su marcha.

  • Tía, lo siento, en serio. No sé qué me pasa a veces, yo-

  • Pues vas a tener que aprender a gestionarte mejor, porque me estás rallando ya. -me miró negando con la cabeza y sus voluminosos labios contraídos con cierto asco.- ¿Sabes la puta vergüenza que pasé ayer?

  • Joder tía, lo siento, ¿yo qué sabía que iban a estar ahí?

  • Bueno, ¿y lo de empezar a desnudarte qué? ¿No sabes hacer otra cosa que ofrecerte como un puto saco de carne cuando las cosas se ponen feas? Yo solo trataba de ayudarte.

  • Ya lo sé, ya lo sé, Sedum, ya lo sé. De verdad que lo sient-

  • Yo me esfuerzo, me esfuerzo mucho para hacer las cosas bien, ¿te crees que no me pasa lo mismo, nano? -empezó a alzar la voz.- ¿te crees que no me gustaría simplemente solucionarlo todo follando y no tener que hablar una puta mierda, eh? Pero son años, años aprendiendo y cagándola y está de putísima madre que quieras comerme la boca pero lo que yo nec-

  • Te estás poniendo agresiva.


Calló de repente mientras sus ojos se clavaron en mí con la cólera de un toro de lidia, sus labios murmuraban en silencio, pero su expresión se fue reblandeciendo hasta quedar cabizbaja. Me acerqué y me puse de rodillas frente a ella mientras tomaba sus manos con las mías.


  • Lo siento, Sedum, lo digo en serio. Prometo hacer las cosas mejor.


Ella me miraba desde su altura, y sus lágrimas cayeron a mi cara paralela a la suya. No las sequé. Ella se desplomó de rodillas conmigo y apretó mis manos. Nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos durante un rato. Sus pupilas eclipsaban sus preciosos iris avellanados. El sol de primavera se filtraba de entre los doseles de las carrascas. Se acercó y me dio un beso en la mejilla.


  • ¿Qué pasó ayer? -preguntó con su profunda voz, ya no más inquieta.

  • No… no lo sé muy bien. -expresé confusa y perdiendo la mirada en lo aborronado de su rostro.- Este lugar… todes vosotres sois maravilloses. Pero a veces me siento culpable por todo lo que dejé a medias allá.

  • Comprendo. -dijo pensativa.- A veces se me olvida que tenías una vida antes de que vinieses.

  • A mí se me olvida todo el tiempo. Genuinamente pienso que no les debe haber importado tanto, o incluso que era cuestión de tiempo que un día desapareciese.

  • Yo… -titubeó.- Yo no querría que te fueses. Significas mucho para mí, a veces… no sé.

  • ¿A veces qué? -pregunté con los ojos llorosos.

  • A veces me asusta un poco lo mucho que te aprecio. -apreté sus manos y más lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas.- Me asusta agobiarte, dañarte, perderte. O hacer las cosas mal hasta un punto irremediable. Matarte poco a poco con la inconveniencia de la una en la vida de la otra.

  • Pero Sedum, ¿cómo ibas a serme inconveniente? ¿Cómo ibas a serme molesta? Me has abierto las puertas de tu casa, de tu amistad, de tu vida.

  • Precisamente por eso. Te lo estoy entregando todo, todo lo que tengo.

  • ¿Y cuál es el problema? Me parece precioso; me pareces preciosa. -dije con la voz temblorosa mientras acariciaba sus sienes rapadas.- ¿Acaso sientes que yo no te doy lo suficiente?

  • No es eso, tía. -miró al suelo mientras negaba con la cabeza.- Es peligroso. Es peligroso que nos demos tanto y tan rápidamente.

  • Pero, ¿qué nos queda sinòs? ¿Qué nos queda si no es el amor desmesurado? Yo… yo te quiero, Sedum.

  • Y yo a ti. Pero no quiero abandonarme, huir de mí misma a través de embriagarme de ti. Antes de que vinieses, yo, yo estaba muy sola. Terminalmente sola. Y tú también, tía. 

  • Y ahora ya no lo estamos, ¿acaso no es eso… bueno? -pregunté sin entender.


De pronto, la maquia comenzó a agitarse y el cuerpo de Sedum se tensó. Sus ojos se clavaron detrás mía, y al darme la vuelta, vi a un pequeño jabato.


  • Ay dios mío, pero que monad-

  • Cállate. -dijo poniéndose de pie y mirando a todos lados.


Un relinche cercano cortó el silencio, y el jabato comenzó a caminar curiosamente hacia nosotras.


  • Mierda. Ni se te ocurra tocarlo. -susurró Sedum con terror en la mirada.- Aléjate de él.


Yo le hice caso sin saber muy bien qué estaba sucediendo. Me alejé con cuidado del rayón, que nos miraba con incomprensión. Sedum agachó el cuerpo y sacó de un estrecho bolsillo de su pantalón un cuchillo de un palmo de filo. Colocó su cuerpo delante del mío y me hizo un gesto para que caminase monte arriba. De pronto, se escucharon unas pezuñas pararse en seco, y de nuestro lateral, emergió un gigantesco jabalí. El tamaño de la criatura era completamente anormal, su morro era extrañamente chato y sus patas demasiado, demasiado largas. Sus ojos lucían un brillo de suspicacia que se me antojó aterrador, como si hubiese algún viejo diablo observándome desde dentro de sus cuencas. Ambas quedamos paralizadas, evitando mirar en la dirección de la madre. Sin embargo, el rayón apareció de nuevo en la escena, y la criatura arremetió con sus colmillos al frente.


Sedum me empujó con fuerza a un lado y esquivó a su vez al jabalí, el cual pateó en el costado con tal sobreesfuerzo que consiguió derribarlo. Ambas cayeron al suelo, y prestamente se levantaron de nuevo.


  • Vete, ya. Sigue monte através hasta dar con el puesto de vigía, pide ayuda, YA. ¿Me has oído? -dijo temblando de la excitación.

  • Tía, ni de coña te dejo sola.


El jabalí envitó de nuevo contra Sedum, y ella volvió a esquivarla, sin embargo esta vez la criatura giró repentinamente la cadera y le derribó. Rodó por el suelo varios metros, y yo aproveché la conmoción para agarrar al jabato que estaba detenido observando la escena. Éste empezó a berrear en cuanto lo levanté costosamente, y la madre inmediatamente se giró y comenzó a cargar contra mí. Yo le arrojé a su cría encima y ella pareció quedarse desconcertada durante un momento. Retrocedí con el cuerpo temblando y Sedum me agarró del cuello de mi camiseta y me arrojó para atrás de nuevo.


  • Tía, en serio, vete de una puta vez. Pide ayuda.

  • Que no me da la puta gana dejarte a que ese bicho te descuartice. Y deja de empujarme joder, que sé moverme.


La criatura se levantó de nuevo, y cargó con más furia si cabe. Imité el movimiento primero de Sedum y le esquivé para patearle en dirección a Sedum, la cual finalmente se decidió a rebanar el costado de la madre con el cuchillo. Ésta pareció frenar su marcha y emitió un alarido de dolor. La escena se detuvo de nuevo, y en las proximidades sonó un aullido gutural completamente antinatural. Aquel sonido no tenía nada que ver con nada que hubiese escuchado en ningún momento de los que había pasado viviendo allí. De detrás de una carrasca, emergió una figura bípeda y cubierta de un tupido pelaje ceniciento. 


  • Estem mortes. Estem literalment mortes. -dijo Sedum con la voz quebrada en llanto mientras retrocedía con su mano en mi torso.


La figura se acercó lentamente con sus terroríficos ojos humanos clavados en nosotras. Avanzaba pesadamente con sus poderosas patas como de sátiro, las cuales no parecían encajar del todo bien en su cadera. Su costado, al igual que sus brazos, era desproporcionadamente musculoso, y parecía estar sésil sobre su tren inferior. Dos enormes colmillos emergían de su boca y guardaban su nariz deformada en un morro plano pero protruido. Sus colmillos de repente empezaron a temblar, y reparé que su boca se abría revelando una amenazante dentadura humana.


  • Pero qué cojones es esto. -tartamudeé sin aliento.


De pronto, comenzó a correr hacia nosotras con unas inhumanas zancadas que hacían parecer que las distancias fueran de apenas centímetros. Cuando estaba a tan solo una decena de metros, un estridente graznido cortó el cielo y arremetió contra la bestia derribándola en opuesta dirección. Una colosal ave escarlata se erguía por encima de la bestia con una de sus garras asfixiando su cuello, y la otra desgarrando frenéticamente el torso y las mamas de su víctima. La bestia parecía aún aturdida, por lo que yacía en el suelo simplemente recibiendo las cuchilladas. De pronto, el jabalí se levantó a pesar de su herida en su costado y embistió contra el ave carmesí, la cual dio una vuelta de campana e impactó contra un piñonero. La bestia levantó del suelo, y huyó junto con el jabalí y el rayón entre la espesura.


Yo hiperventilaba con los ojos muy abiertos y el cuerpo temblando como apunto de explotar. Sedum estalló en llanto y tras soltar su cuchillo, se cubrió los ojos con sus manos temblorosas. Yo acariciaba su pelo mientras el ave se acercaba majestuosamente hacia nosotras. Caminaba con extraña soltura, como si fuese una persona. ¿Qué mierda le pasa a los animales de este lugar?


Se paró delante de nosotras, y pude observarle mejor. Su cabeza estaba cubierta de un plumaje blanco sucio, con los ojos rodeados de una profunda negror que terminaban en una especie de barba colgante. El rojo de sus plumas, reparé entonces, era teñido, solo Dios sabe de qué. Era un quebrantahuesos, pero mucho más grande de lo normal. Sus ojos eran aterradores, pero ni siquiera por el contraste de sus escleróticas rojas con sus iris amarillos; sino por el brillo de entendimiento que de nuevo lucía en su mirada. Sedum levantó la mirada hacia el ave.


  • Se… dum. -profirió con dificultad la criatura.


Yo me quedé atónita ante la escena y busqué la mirada de Sedum a esperas de una explicación o de al menos confirmación de que no estaba alucinando. Ella, sin embargo, se puso de rodillas mientras agachaba su cabeza y colocaba su mano derecha en el corazón y su izquierda en su vientre. Se levantó de nuevo y acarició la cabeza del ave.


  • Gracias Batu, nos has salvado la vida. -expresó ella con solemnidad.

  • Ven. -contestó el ave antes de remontar el vuelo y perderse entre el dosel.

  • ¿Qué… qué coño acaba de pasar? ¿Qué ha sido todo esto? -pregunté aún temblando.

  • Ese era Batu, el compañero de nuestro anfitrión. -contestó Sedum secándose las lágrimas.

  • Pe-pero su tamaño… y ¿ha hablado? Y el puto bicho ese, y ¿el jabalí? ¿Era eso un jabalí?

  • Más o menos. Anda, levanta. -extendió su mano para ayudarme a incorporarme. Me apoyé sobre su hombro cuando estuve de pie.

  • Aún me cuesta… -dije con la cabeza dando vueltas.

  • Es normal, el primer contacto con les animetes siempre es… intenso.

  • ¡¿Intenso?! ¡Casi morimos Sedum! -exclamé desquiciada.

  • Pero no lo hemos hecho. -respondió con la mirada perdida.- Vamos, cógete de mi brazo si lo necesitas.

  • Gracias. -me agarré a ella y retomamos la marcha monte arriba.- Sedum, por favor, ¿qué ha sido todo esto? ¿Qué son les animetes? Respóndeme.

  • ¿Te has dado cuenta que Sera no actúa como un gato normal? Siempre parece…

  • Estar donde quiero que esté. -dije pensativa.

  • Sí. Digamos que en la URIS, les humanes y el resto de seres vivos tenemos una tendencia a… conectarnos.

  • ¿Digamos? Sedum, casi me da un putísimo infarto, explícame bien las cosas. -dije acabando de recuperarme del tembleque.

  • ¿Puedes sola? -preguntó, a lo que asentí con la cabeza.- En este lugar… bueno, en toda la URIS existe una especie de campo eléctrico especial. Es como una especie de matriz en el que las conciencias se hacen, ¿porosas?

  • No sé si te estoy entendiendo, ¿me quieres decir que podéis… podemos leernos los pensamientos? -pregunté incrédula.- ¡¿Sera puede leer mis pensamientos?!

  • Hmm… Puede sentir tu voluntad, puede canalizar tus deseos. Y tú los suyos. -se hizo un breve silencio.

  • Entonces, ¿tú también…?

  • Dios me libre, no. La conexión entre humanes y animales es mucho más sencilla. -se hizo un silencio breve pero hondo.- Se basa en un nivel a veces poco más que instintivo.

  • Amar por amar. -le interrumpí con una sensación extraña en el cuerpo.

  • Amar por interés. -replicó con tono neutro.- Un interés que nada tiene que ver con el maquiavelismo del interés humano. Amar por una conveniencia tan natural y tan necesaria como la vida misma.

  • Que tú sepas. -le contesté con cierto resquemor interno.

  • Que yo haya vivido. -volvió a replicar, desafiante.- La conexión entre humanes es más complicada que la fidelidad ciega en esperanzas de un plato caliente.

  • Sera se quedó a mi lado nada más conocerme, siendo evidente que yo no podía protegerla ni alimentarla.

  • No sabes cómo funciona el cerebro de un gato, simplemente no puedes saber si acaso no te consideraba una fuente de cobijo o comida por mucho que tú supieses que no pudieses ofrecérselo.

  • Me siguió kilómetros en estado de delirio a través del monte; tú tampoco sabes cómo funciona el cerebro de un gato. Quizás sintió algo más que tú evidentemente no ves. -contesté con un tono de reproche sutil e inintencionado.- Ni yo tampoco. -reculé para no tensar las circunstancias.


Seguimos subiendo en silencio los últimos metros de costereta, hasta llegar a un camino raso que atravesaba el collado de la sierra. La masa arbórea quedaba a nuestra izquierda, mientras que el terreno rocoso se extendía por delante nuestra. Líquenes de roca, cojines de monja y cardos tintaban de color la blanca vereda por la que ambas nos estrangulábamos la una a la otra en nuestros pensamientos, afortunadamente impermeables a la otra. A lo lejos se divisaba una edificación guardada por un mástil, en lo alto del cual se alzaba el imponente Batu. 


  • Bueno, vale, Sera puede leerme los pensamientos por el campo eléctricos este. -rompí de nuevo el silencio.- Pero, ¿qué era eso? ¿Me voy a transformar en eso?

  • No. -dijo con rotundidad girándose a mirarme.- Al menos no de momento.

  • Me cago en todo, Sedum, ¿puedes ser un poco más clara? Me gustaría saber si voy a empezar a escupir bolas de pelo.

  • Mira tía, no; no te vas a transformar en eso, ¿vale? -estalló de pronto.- No va a suceder otr… no va a suceder y punto. Les animetes necesitan de una enfermedad de la que no estás infectada; simplemente no la tienes y no la vas a tener. -se hizo un silencio alrededor de su enfado.

  • Entonces, -retomé con cuidado.- ¿sí era humano? ¿Fue?

  • Ahora le llamamos Sus. -dijo sin mirarme.- Las personas que se infectaron con esa enfermedad, sintieron la llamada del monte. Y resulta que como humanas, tenemos más compatibilidad con los animales que con las plantas, por ejemplo. Cuando humana y animal se conectan a ese nivel, cada una se transforma progresivamente en la otra. El animal adquiere proporciones extrañas, suele crecer de tamaño y adquiere una inteligencia sobrenatural. El ánima empieza a tomar rasgos animalescos, tanto físicos como cognitivos.

  • Y entonces, ¿esta persona a la que vamos a ver, también es una animeta?

  • Sí, pero no te preocupes, no nos va a atacar. Por lo general las ánimas no son agresivas. Pero es primavera, y acabábamos de herir a su compañera. Nos lo ganamos a pulso. Además Gypa es una animeta especial.

  • ¿En qué sentido?

  • Ahora verás.


Recorrimos las últimas decenas de metros hasta dar con el chaparro puesto de vigía. Anemómetros y toda otra clase de instrumentos de medición científica emergían de sus paredes exteriores. Se notaba que era un antiguo edificio del Reino que había sido tomado, ya que las decoraciones en pintura y ornamentación contrastaban profundamente con el pragmatismo y asepticidad de la arquitectura. Dos figuras encapuchadas emergieron de la puerta principal. Ambas portaban una máscara picuda como las de la peste, rodeadas por una ristra de plumas rojas alrededor de la costura de la cara. Yo retrocedí instintivamente, a lo que Sedum me agarró del brazo. Agacharon levemente la cabeza, a lo que Sedum les respondió igualmente y me apretó el brazo para que le imitase. Entraron de nuevo por la puerta, la cual dejaron abierta, a lo que les seguimos al interior de la casa.


Cuando acabé de atravesar el umbral, oí un potente sonido de revoloteo, y al girarme, me encontré con la inquietante mirada de Batu, siguiéndome a través de la puerta. Cuando entramos, dejé pasar al ave, el cual me llegaba al pecho, y cerré la puerta tras de mí. Bajamos unas pequeñas escaleritas hasta llegar al nivel de tierra, el cual había sido excavado a través de las antiguas losas. El interior tenía un olor extremadamente fuerte a corral, lo cual me hizo entender la utilidad de las máscaras. No era un olor desagradable, pero a momentos, se hacía complicado siquiera pensar claramente de lo invasivo que era el estímulo. La estancia estaba completamente cerrada y hasta que no se acostumbraban los ojos, la orientación por dentro de la misma se hacía complicada.


  • ¿Aon està Gypa? -dijo de pronto Sedum. Yo me agarré instintivamente a ella; el ambiente me ponía los pelos de punta.

  • Al Ullal del Boig. No tardarà en arribar. -contestó une de les encapuchades.- El casc està sobre la taula del fons, podeu escomençar a fer preparatius.

  • Preparatius de què? -replicó Sedum.- No se mos ha donat gaire informació, pensavem que ens informarieu ací.

  • Entenc. -suspiró le encapuchade.- Fa unes setmanes reberem el neuromet que tragué la teua acompanyant.

  • ¿El neuromet? -salté de repente.- Pensaba que también lo habría perdido…

  • No. -contestó le otre encapuchade.- Va ser recuperat amb el teu ordinador el qual, presumiblement, dus amunt per a la prova d’avui.

  • Sí, lo tengo, pero, ¿qué prueba?

  • Volem intentar establir una xarxa de reconeiximent aeri. -contestó.- Fins ara Gypa i Batu havien vetlat per la seguretat de la Calcera des de l’aire; però tenim raons per a pensar que amb l’ajuda del neuromet podriem expandir això a més individus. D’alguna manera, generar algun programa que puguesi ser compatible neuralment amb Gypa.

  • Espera -interrumpí tratando de entender.-, ¿Vetlat per la seguretat? ¿A qué os referís?

  • Gypa es capaz de ver a través de los ojos de Batu, es capaz de dirigir sus movimientos y dirigirle allá dónde lo necesita. -explicó Sedum.- Podemos tener información aérea de todo el Comando de manera instantánea. Entiendo que, lo que querrían hacer es tratar de transferir esta capacidad de Gypa y Batu a más aves para poder establecer…

  • Una… una red de vigilancia. -rellené.


De pronto se abrió la puerta, iluminando parcialmente la estancia antes de volver a ser devorada por la penumbra. Una figura extraña imergió del exterior.


  • Reconocimiento; reconocimiento es la palabra. Las palabras son importantes. -irrumpió con calma la figura.

  • ¡Gypa! -exclamó Sedum a la vez que corría a su encuentro. Se abrazaron en una posición extraña.

  • Hola, xicona. Quant de temps. -dijo Gypa con su profunda voz mientras se separaba y le acariciaba la cabeza. Se acercó al fondo de la estancia con un paso zambo y asistido por un gran báculo.- Ya debes saberlo, forastera, que aquí no tenemos nada que ocultarle a nuestros congéneres.

  • Perdóname, Gypa. -contesté avergonzada.

  • No hay nada que perdonar. -respondió indiferente.- Nuestras maneras son, por lo que has podido comprobar, extrañas para alguien de fuera del Bosque. En tu mundo, yo sería encerrado en un hospital psiquiátrico; o medicado hasta perder mi alma entera. Pero aquí hacemos las cosas diferentes.

  • E-entiendo. -contesté tratando de vislumbrar mejor su figura.

  • ¿Estás segura de que lo entiendes? Es importante que lo hagas, es tu huella lo que vas a dejar a través del neuromet dentro de mí. -comentó con suspicacia.

  • Creo que sí, Olea y yo estuvimos hablando del continuo matérico y de la simbiosis del medio completo.

  • Hm. -suspiró Gypa expectante.

  • A-al final, los Comandos actuamos como el órgano consciente de los ecosistemas, guiamos a la biocenosis hacia su propio interés, que es…

  • La destrucción del Reino de España. -interrumpió Sedum.

  • El mantenimiento de su equilibrio. -corrigió Gypa.- Efectivamente, forastera, actuamos como un ecosistema; porque somos un ecosistema. La política es inseparable del territorio; no se puede pretender regentar aquello que ni siquiera se puede abarcar: ese es el error de la ‘Civilización’, si así se quiere llamar. El Reino de España -se giró hacia Sedum.- ha ocupado nuestro territorio durante siglos; pero el Bosque ha de ser habitado, no ocupado. En el momento que separas a un animal de su medio, empieza a generar actitudes erráticas, antisociales, desnaturalizadas. Nosotres no somos una excepción. Durante siglos, hemos pretendido crear nuestros propios hábitats, los cuales se han ido moldeando a la vez que las herramientas del Poder y de la Codicia se iban refinando. La codicia corrompe los cimientos del Reino, de todos los reinos de este triste y bello mundo; y por eso debemos tomarlos, porque la codicia es una enfermedad espiritual que ha de ser purgada.  Y si ello pasa necesariamente por la destrucción del Reino, que así sea.

  • Entiendo el concepto, -contesté.- pero igualmente me preocupa el usar a los animales como títeres. Se siente incorrecto.

  • ¿Realmente has oído esta conversación y has visto lo que hace el Reino, y en lo primero que piensas es en cómo se van a sentir cuatro pájaros? -reprochó Sedum.

  • Tiene razón, muchacha. -le cortó Gypa.- Es cierto que, con las aves auxiliares que no sean Batu, no podremos tener la certeza de su consentimiento. Sin embargo, todo lo que hacemos, toda esta lucha, es también para todes elles. Esta es la oportunidad que les damos para que puedan participar en la defensa de su hogar en vez de que simplemente sucumban al hambre, al exilio o al fuego cruzado. -sonó la voz emocionada de Gypa en la oscuridad.- La libertad la queremos tanto para nosotres como para elles, como para les habitantes del Reino; sencillamente porque no hay diferencia. Todas las que vivimos aquí, aceptamos la premisa básica de que somos animales, y que merecemos una vida digna en aquel sitio que decidamos llamar hogar. Pero aceptar que somos animales conlleva una contradicción con la Ley Humana, y es que tenemos menos derecho que aquel que se llama humano a vivir. Sobre todo cuando aquello que llamamos hogar es un terreno potencialmente explotable económicamente. 

  • Los animales necesitamos nuestro medio en el que desarrollarnos, somos incapaces de vivir de manera aislada a nuestro alrededor. -añadió Sedum.- Los humanos crean sus propios eriales de cemento y metal porque aislarnos de nuestra naturaleza nos deja un vacío que debemos tapar con cualquier propaganda que se nos ponga en el plato. Vivir en la nada, y destruir nuestro hogar por beneficio. -su voz sonó exasperada.- Su rueda no tiene sentido.

  • Queremos pensar, que nuestra rueda sí lo tiene. Que nuestra labor como Órgano Consciente no nos otorga superioridad a nuestras hermanas, del mismo modo que el cerebro no es más importante que el bazo. Queremos pensar, que estamos luchando no por la emancipación del ser humano, sino por emanciparnos del ser humano. Y así como tú has cosechado los campos y así como tú cogerás un fusil llegado el momento; elles, todos estos animales, luchan hombro a hombro con nosotres por nuestra causa, que sin lugar a dudas es la suya.

  • Está claro, que muches de elles no tienen la capacidad de comprender que el Reino es su enemigo -añadió conciliadora Sedum.-, pero nuestro deber es hacérselo saber, o como mínimo luchar por nuestros intereses comunes.

  • Si he pedido que vinieses aquí, es porque necesito; necesitamos tu ayuda. -concluyó Gypa.- Al fin y al cabo, nadie mejor que tú en este lugar sabe utilizar el neuromet. Y precisamente por eso, es decisión tuya lo que acabe resultando de esta reunión. Haz lo que creas necesario.


Yo reflexioné durante unos segundos, traté de localizar las caras de las otras cuatro personas, pero solo pude intuir figuras. Suspiré.


  • No sé cuánto puede llevar. No tengo demasiada experiencia.


****


  • Creo que esto puede servir. -dije mientras apagaba el neuromet.


Miraba la pantalla del ordenador, a cientos de kilómetros y meses después de la última vez que lo hice. Como aquella vez, la sensación que se me quedó en el cuerpo fue bien extraña. El neuromet tenía una capacidad casi divina de tomar las capacidades del cerebro y transformarlas en comandos intuitivos. Localicé entonces la sensación que en su momento no supe cercar: la impotencia, la suma impotencia de saberse tan limitada por mi propia biología. 


Jamás aprendí a programar, apenas sabía utilizar programas básicos; sin embargo, ahí me encontraba sentada, frente a una muralla de texto en un lenguaje que no sabía reconocer, que codificaba un proceso que no habría sido siquiera capaz de imaginar que era posible. Todo en base a ensayo y error, voluntad y por supuesto, el neuromet. Pero yo seguía siendo la misma escritora frustrada, la misma niña asustada. Inicié el acceso análogico al neuromet desde mi portátil y comprobé que el programa estaba guardado dentro de la memoria del casco. Lo traté de iniciar, pero una pestaña emergente me informó que no disponía del software indicado para hacerlo, lo cual era buena señal. Desconecté el aparato y lo tendí al aire con mis manos.


  • Aún no. -dijo Gypa.- Faltan preparativos. Etus, Barba, aneu agafant l’adaptador. Sedum, creus que podries…?

  • Serà un honor per a mi, Gypa -le cortó mi amiga con un tono de voz cercano a la devoción.- Supose que, aquest un acomiadament, doncs.

  • Et diria que no, però la veritat és que no sé quan tornaré a l’Ullal. -miró a su alrededor.- Anem fora, vullc que mos vegam bé.

  • Sí. -se giró Sedum hacia mí.- Vamos.


Yo asentí sin saber muy bien qué estaba sucediendo, pero les seguí al exterior. Noté las espeluznantes pisadas de Batu pasar por mi lado. La luz nos deslumbró a les cuatro durante varios segundos, los cuales permanecimos inmóviles acostumbrando la vista. Para cuando pude abrir los ojos, el quebrantahuesos había salido volando, y en pocos segundos, estaba a decenas de metros de altura, dando vueltas y potentes graznidos que se extendían por toda la sierra. Bajé la vista y pude ver a Gypa por primera vez con claridad mientras compartía unas palabras a solas con mi amiga: su nariz estaba totalmente fusionada con su boca en un robusto pico de un color amarillo indefinido; su cara estaba densamente cubierta de plumón blanco, excepto de debajo de sus lacrimales que colgaba la negra barba típica de sus sosias; su torso estaba ralamente cubierto de largas plumas, negras en su espalda y blancas en su tórax, y  que contrastaban con la tupida densidad de su plumaje en brazos y piernas; sus manos se habían visto atrofiadas en dos pequeños muñones apenas diferenciados del antebrazo y de los que protruían cinco delgados y largos dedos; pero lo más extraño de todo, era una enorme protuberancia de carne pura que nacía de su costado derecho, unos dedos por debajo de su pectoral cicatrizado. De ésta, surgían unos filamentos blancos que parecían distribuirse radialmente por todo su cuerpo.


La visión me produjo un extraño contraste de rechazo y atracción, pero ésta se vio interrumpida por la voz de Sedum solicitando mi ayuda. Acudí al cobertizo de dónde ella sacaba unas pesadas cadenas, y me las pasó señalándome el mástil donde antes Batu se posaba. Cuando llegué al mástil, Gypa se había arrodillado en el suelo con su espalda emplumada apoyada contra él. Dejé las cadenas a su lado, pero a pesar del estruendo, él no se inmutó. Mientras caminaba de vuelta al cobertizo, alcé la vista y vi a Batu acompañado de otros cuatro quebrantahuesos, todos inevitablemente más pequeños que él. Sedum me encasquetó unos candados mientras ella llevaba el resto de las cadenas.


Como no podía ser de otra manera, Sedum empezó a encadenar a Gypa al mástil, a lo que yo quedé inmóvil. Una idea se empezaba a conformar en mi cabeza, pero no quería creerla. Sedum alzó la vista con una de sus miradas insondables, pero entendí que quería que le ayudase. Repartimos las cadenas alrededor de todo su cuerpo, a excepción de la gran masa de carne de su costado, que no cabía en la presa. Gypa empezó a moverse como comprobando la eficacia del amarre, el cual parecía resultarlo. Sedum entonces, colocó su mano en mi hombro sin quitar la vista del mástil, y me indicó que me alejase. Los cinco quebrantahuesos descendieron entonces encabezados por Batu, el cual avanzó lentamente hacia el indefenso Gypa. Yo comencé a balbucear incrédula al tiempo que la adrenalina y el terror me invadían el cuerpo. Sedum me tapó la boca con su mano y me susurró al oído: ‘Puedes apartar la vista, pero ni se te ocurra interrumpir’. Sin embargo, me fue imposible no mirar.


TW: violencia gráfica


Batu se quedó a apenas centímetros de Gypa, mirándose ambos cara a cara durante unos segundos que parecieron horas. Entonces, l’animeta asintió y Batu dio medio paso atrás. Arremetió su ganchudo y enorme pico contra la gran masa del costado de Gypa, hasta prácticamente hundir la cabeza. Él profirió un agónico alarido de puro dolor, la clase de grito que solo se podría esperar de aquel a quien devoran vivo. El ave se mantuvo escarbando en la entraña de su amigo durante minutos, hasta que sacó la cabeza completamente roja del cuerpo de su compañero y echó la vista atrás al resto de quebrantahuesos, los cuales empezaron a acercarse hasta la posición de Batu. Uno por uno, los cuatro buitres hundieron sus cabezas en aquel embarazo sacrílego que no dejaba de sangrar y de sangrar. Los gritos eran insoportables: Gypa gemía y lloraba y se retorcía en el eficaz amarre que tan amablemente le habíamos colocado. 


El éxtasis inicial de las aves, iba aminorándose paulatinamente con sus movimientos haciéndose cada vez más mecánicos, a la vez que los gritos del encadenado se hacían sollozos y roncas vocalizaciones. Los filamentos blancos de su cuerpo empezaron a engrosarse, y la protuberancia de su costado, poco a poco menguaba en su inevitable depredación. Gypa entonces calló, y los buitres entraron sumidos en un trance: sus cinco cabezas se abalanzaban a ritmos coordinados como si de un péndulo se tratase, llevándose de cada envite, un colgajo de carne goteante que ensanchaba la piscina de sangre que había a sus patas. De pronto, Batu se detuvo y extendió sus gigantescas alas, como protegiendo el cuerpo maltrecho de su amigo de las otras carroñeras. El resto de aves, obedientes, se detuvieron. Entonces Batu empezó a restregar su cuerpo por el charco de sangre, seguido de sus acompañantes.


Cuando la escena hubo acabado, yo me desplomé al suelo, y como rompiéndose la tensión de mi cuerpo, empecé a vomitar a cuatro patas. Sedum se agachó a recogerme el pelo, mientras yo me concentraba en simplemente pasar el mal trago. Ella me susurró al oído ‘Lo has hecho genial, cariño. Es un gran honor que hayas aguantado su dolor.’ Cuando acabé de soltarlo todo, levanté la vista y encontré a Etus y Barba desencadenando con delicadeza el tenso cuerpo de Gypa. Las cinco aves, ahora teñidas de un intenso escarlata se quedaron entonces tumbadas en el charco de sangre, como aletargadas. Sedum me ayudó a incorporarme, y caminamos cogidas de los hombros hacia el edificio donde entraban de nuevo el emplumado Cristo con sus apóstoles.


Para cuando entramos en la casa, las acompañantes de Gypa le estaban depositando con delicadeza al fondo de la estancia. Prendieron unos grandes cirios que iluminaron tenuemente el interior de la casa, y pude ver al ánima tendida catatónica sobre una especie de trono de tierra. Etus cubría al emplumado con un desconocido ungüento, mientras Barba cogía el neuromet que yo previamente había dejado en la mesa y le conectaba unos extraños cables que sacó de una gran mesa cercana al trono de tierra. Después, se arrodillaron frente a él, como esperando. Poco a poco, los filamentos blancos que cubrían las zonas lampiñas de su torso, empezaron a convulsionar lentamente, hasta acabar serpenteando por fuera de los límites de su cuerpo. El trono a su vez, pareció reaccionar a la intrusión del extraño soma de Gypa, emergiendo de su vertical interior, otros pequeños filamentos blancos que se fundieron en un beso ritual con los del ánima. El cuerpo del emplumado se tensó, y con lentitud de movimientos, corrigió su postura hasta quedar completamente pegado a su trono.


Barba entonces se levantó y colocó el neuromet sobre la cabeza de Gypa, a la par que los cables del adaptador los conectaba al respaldo sobre el que se erguía. Me miró a través de su siniestra máscara y me hizo un gesto para que me acercase al ánima. Obedecí, y configuré manualmente el programa que apenas unas horas atrás había siquiera comenzado. Lo inicié, pero nada pareció cambiar en él. Barba me indicó que me retirase a donde antes esperaba, e hizo girar una pequeña manivela en la que hasta ese momento no había reparado. Una escotilla en el techo se fue replegando entonces, dejando pasar así la luz de la media tarde en un solo halo que iluminaba el cuerpo letárgico de Gypa. Poco a poco, la luz del sol pareció destensar la postura rígida del emplumado, y su coronada cabeza se fue deslizando hacia atrás hasta quedar sus ojos en perfecta perpendicularidad con el cielo azul.


  • Vamos -me apremió Sedum con una mano en el hombro y con la emoción contenida en la voz.


Le seguí al exterior, adonde los quebrantahuesos permanecían agazapados sobre el charco de sangre. Un graznido proveniente del interior de la casa inundó el aire de primavera. De pronto, Batu alzó la cabeza lentamente, y poco a poco fue incorporándose. No tardaron en seguirle temblorosamente los otros cuatro quebrantahuesos. Las cinco aves desprendían chorritones de sangre viscosa y oscura, la cual no dejó de fluir por sus plumas incluso después de que hubiesen, una a una como en majestuosa coreografía, partido a encontrarse con su matriz de vientos suaves. 


Alzaron el vuelo helicoidalmente, dando vueltas como cinco cuentas de un rosario que estrangula al sol, generando a su ascenso una llovizna de rubíes acuosos que besó nuestras caras devotas a su baile. Allí entrelazadas en su perezoso frenesí, tejían una cenefa de plumas rojas que eran una sola y de alaridos de éxtasis que quemaban su sombra en nuestro asombro como un negativo del Sol. Entonces los picados. Como desafiando el derecho divino a la perpendicularidad sobre todos nuestros pliegues, el poderoso cuerpo de cuerpos descendió en perfecta alineación entre sí y con la altura hasta fundirse en fuga térrea con la piel de nuestras mejillas. Y de vuelta al Sol, y de vuelta al suelo. Y pico con cola y aliento con estela; y una sola pluma escarlata cortando los cielos. Dibujando un solenoide con su deseo, y si tan solo acortaran el horizonte, podrían elevar la tierra a sus pies. Porque no se trataba de remontar ni tampoco de caer, sino de fundir lo indisoluble. Y allí le venerábamos, con nuestra mirada a ese gran soma de membranas traspasadas, al agarrarse a sí mismo con sus diez tenazas entre sí, una gran estrella caída con el nombre del mercurio escarificado en su dura piel. Talón con talón, con talón, con talón y talón y así hasta hacer caer Babel ante nuestras gargantas. 



****



El sol caía con fuerza a través de los doseles. Una brisa caliente cortaba nuestro descenso de vuelta por las faldas de la montaña; parecía como si el verano hubiese vuelto a adelantarse. Sedum caminaba a mi lado, y yo trataba de resistir la urgencia de cogerle la mano y meterla en mi bolsillo y no sacarla jamás. Pero no, no podía ser. Querer sentirse acompañada aparentemente era un pecado capital. Notaba nuestras miradas continuamente esquivándose, como buscando mirarse y arrepintiéndose en el último momento. ¿Qué traición escaparía de mis ojos castaños al toparse con la espesura en la que se ocultaban los suyos? Su piel morena brillaba contra la luz del atardecer como una encina prendida en llamas. Qué vergüenza la mía, qué desesperación en mi querencia.


Llegamos al pequeño claro donde horas atrás casi perdíamos la vida. Una mancha de sangre seca tintaba el manto de hojas caídas de carrasca. Me agaché a mirarla más de cerca, y seguí el rastro goteante hasta la zona de espesura por la que las ánimas habían escapado. Sedum se detuvo unos metros más adelante, desde donde me observaba con su puta mirada inexpugnable. Me incorporé y seguimos caminando en pesada procesión por el silencio roto del monte.


  • No te preocupes por les animetes. -dijo de pronto Sedum.- Han sido todo heridas superficiales. Les curarán.

  • ¿Quién? -dije fingiendo indiferencia.

  • Todas las ánimas cuentan con sus sacerdotisas, como Etus y Barba. Elles se encargan de cuidarles y venerarles. -explicó.

  • Ah, bien.

  • A veces se dejan ver por el caserón. Nos suelen traer bayas, setas, flores… Obsequios estacionales que a lo mejor nosotras no podemos recolectar.

  • Hm. -asentí.

  • Emm… -dudó antes de proseguir.- Es un puesto bastante sacrificado, aunque también puedes hacer lo que te dé la gana si tu ánima no necesita cuidado. Claro que la gente que accede suele ser bastante devota y acaba dedicándose a la oración y tal. -esperó a alguna respuesta mía.- Y, em, bueno suelen ir rotando entre varias. No siempre son las mismas, y… ¿oye a ti qué te pasa? -se cortó.

  • Te estoy escuchando -respondí llanamente.

  • Va, tía, que no soy tonta. -dijo rodando sus ojos.- ¿Es por la conversación de antes?

  • No, si te parece es porque la corteza de pino me da alergia. -le bufí.

  • No sé qué quieres que te diga, la verdad. -dijo en voz baja.

  • No hace falta que digas nada.

  • Ea. -desistió.


Deshicimos casi exactamente el camino que esa mañana recorríamos. Los mismos pasos, pero al revés. ¿Por qué tenía que ser tan complicado? Pues sí, mira, me gustaba y era obvio que yo a ella también. ¿Qué era eso de restringirse y censurarse porque nos sentimos solas? ¿No era acaso esa la razón por la que una se acerca al fuego? ¿Porque tiene frío? ¿No es acaso el hambre lo que nos lleva a comer? ¿Y qué se supone que tenía que hacer? ¿No amar a quien amo? ¿No arrancarme el pecho ante quien le pertenece? Whatever.


Bajamos un par de bancales más hasta aparecer en la vía de entrada. Bajamos la costereta todavía en silencio, pero sin atrevernos a alejarnos lateralmente más del palmo que nos separaba. Atravesamos el viejo portón y accedimos al caserón a través del patio. Yo empecé a tirar hacia la izquierda en dirección al taller, pero me corregí al ver a Sedum detenida frente a la puerta de entrada a la galería. Me sonreía ligeramente y con tristeza. Pasamos y nos detuvimos delante de la trampilla de los barracones, sin que ninguna de las dos se atreviese a despedirse.


  • Em… -farfulló Sedum.- ¿Quieres venir al invernadero un rato?

  • Sí -contesté de inmediato.


Dejamos de lado la trampilla y subimos las escaleras de la galería con presteza. Yo miraba sus manos delante mía hipnotizada, como un lince observando al conejo que no tardará en devorar. El cerebro y el corazón me iban a mil, capaces de sentirlo todo ahora que se les había concedido su capricho. Accedimos al comedor, en el cual había unas cuantas personas repartidas en sillones y sentadas alrededor de la gran mesa, bebiendo y ¿celebrando? vete tú a saber qué. No tardaron en brotar los cuchicheos y las risas indiscretas.


  • Ieee colometes! -dijo una persona claramente borracha.- Que se n’aneu ja al niu?

  • Veste’n a fer la mà, pedazo de maricó -contestó Sedum sin siquiera mirarle.


El salón estalló en reproches divertidos y carcajadas que pronto dejamos atrás. El pasillo se hizo salita, la salita balcón, y el balcón final, finalmente, se hizo escaleras. Cuando empezamos a subirlas, no pude resistirlo más y agarré su mano, tan descorazonadoramente suave como siempre. Llegamos a la pequeña azotea vallada del invernadero y mis ojos extasiados y devoradores se encontraron con los suyos vergonzosos y apurados. Yo me esforcé por relajarme, sabía que iba a dar un gran paso y no quería cagarla con mi habitual falta de control.


Ella abrió la puerta de destartalada madera con cuidado, y al atravesar el umbral, toda la atmósfera cambió: el tórrido sol de primavera con su incendiaria luz, se transformaron en un fresco mantillo de luz paliducha. Al dar mi primera bocanada de aire, toda mi nariz se inundó de repente con un profundísimo olor a Sedum, como si allí mismo se destilara la esencia de mi amiga. Esto ayudó bastante poco a reprimir la excitación que ya estaba sintiendo de antes, pero hice un esfuerzo por fijarme en otros estímulos. La habitación tenía una extraña forma de cono, y estaba casi completamente cubierta con matas de hiedra que parecían colonizar cada pared. Había varios muebles desperdigados, todos a rebosar de botes, gasas, ornamentos y miscelánea aleatoria. El suelo estaba indistintamente cubierto por hojas secas de hiedra y ropa sucia de Sedum. Me sorprendió profundamente lo desastrada que estaba la habitación de mi amiga, no aparentaba en absoluto ser tan desordenada.


  • Yo… -interrumpió de pronto Sedum.

  • ¿Sí? -pregunté expectante.

  • Hay algo que quiero enseñarte. -dijo sin mirarme. 

  • C-claro. Lo que tú quieras. -dije mientras trataba de ocultar mi emoción.


Ella se colocó delante de mí, y lentamente empezó a quitarse su camiseta de tirantes. La excitación que me subía era tal, que tardé unos segundos en darme cuenta de qué era lo que quería que viese: toda su zona lumbar estaba cubierta de un entramado de raicillas, tallos y hojas de la misma hiedra que nos engullía en aquel penumbroso rincón. Las hojas eran parduzcas casi rojas, sin embargo se notaban turgentes. Ella acabó de quitarse la camiseta, y pude observar que las raíces se extendían hacia los hombros y el costado. Yo me acerqué a verlas mejor. 


  • ¿Puedo? -pregunté con timidez, muy cerca de ella.


Ella asintió. Yo pasé mi dedo con suavidad, siguiendo el recorrido de las raíces por su espalda. Fui rozando el contorno de todos los afluentes vegetales, hasta llegar a cada hoja, las cuales acariciaba por sus bordes y aplastaba ligeramente entre mis dedos. Me arrodillé detrás suya para poder observar el simbionte mejor. Procedí entonces a sentir las texturas de su espalda con mi mano entera. Ella entonces se arrodilló también, a lo que procedí a pasar mis manos con contenida firmeza, de abajo a arriba, de dentro hacia afuera. Con delicadeza, retiré yo también mi camiseta, y luego mi sujetador, y pegué mi cuerpo a su espalda. Solté una larga exhalación con mi cabeza apoyada en su hombro y mis brazos rodeando su cintura.


  • ¿Desde cuándo? -susurré.

  • Desde que era bien pequeña. -dijo con una honda tristeza en la voz.- Fue durante el primer año viviendo aquí. Ese año… pasaron muchas cosas

  • ¿Es… es la misma…? -dije mientras miraba alrededor.

  • Sí. Esta soy yo… -contestó mientras sostenía mis manos con las suyas.- de alguna manera.

  • Te lo tenías bien callado, ¿eh? -bromeé.

  • Bueno, no sé, yo no me-

  • Es broma, corazón. Está todo bien. -suspiré de nuevo mientras apretaba más fuerte su cintura.- Está todo bien.


Nos quedamos en esa posición un rato en silencio. 


  • ¿Y… también puedes… hmmm… conectarte a ella como Gypa y Batu? -pregunté mientras su cuerpo se tensaba.

  • Sí. Pero hace unos meses que no lo hago. -dijo con el cuerpo aún tenso.- Desde el día de Cercabassa.

  • Oh… ¿por eso llevabas las vendas entonces?

  • Sí. Algo salió mal. Bueno, no mal, pero raro. Creo que… creo que vi a mi madre. -se hizo un pesado silencio.- No me he atrevido a dormir en la cama desde entonces. Suelo dormir en el suelo.

  • Entiendo. -dije como en un sueño.- Entonces, ¿conectas con la hiedra cuando duermes?

  • Sí. -dijo mientras se levantaba.- Mi ‘cama’, si se le puede llamar así, es el sustrato donde crecen las raíces. Cuando apoyo mi espalda yo-


Quedó en silencio paralizada. Se zafó de mi abrazo y se levantó con un tembleque poseyéndole el cuerpo. Se acercó lentamente a la cama, como aterrorizada. Le pregunté varias veces si todo andaba bien, pero ella no contestaba. Solo miraba como en trance a su cama. Me levanté y me puse a su lado, tratando de buscar lo que le perturbaba. Solo alcancé a ver un pequeño reflejo metálico. Ella por fin reunió el valor para acercarse y escarbó lentamente en la cama encharcada. Se detuvo, rígida como una lápida, y se giró hacia mí con la cara completamente contraída en una mueca de pavor.


En su mano había un casquillo de bala, cubierto de raíces de hiedra que supuraban sangre.


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