viernes, 13 de marzo de 2026

Cuscuta (II): Cercabassa

 [...] me estoy mareando porque estoy drogada de una sustancia que sacaron de una oruga pero la dejamos ya atrás porque acabó desintegrándose y en el coche del abuelo las curvas son terribles. No quiero que se den cuenta de que voy drogada pero se me cae todo el tabaco al suelo del tapizado y mi abuelo tiene un colmillo de jabalí que le sale del moflete pero no se da cuenta del tabaco y lo chafo para que no mire pero luego sabrá fatal. Miro fuera pero no son carrascas son todo plataneras todo todo plataneras y que alguien ayude  a ese conejo que se asfixia en el polen y ¡déjame salir déjame salir déjame salir pero es un trozo de plástico fundido y lo huelo y sé que me están persiguiendo y aunque corro la tierra duele mucho así que voy con las manos en forma de zigzag porque es donde no están las minas de los científicos y en esta piedra hay diatomeas y en esta un pequeño amonites y trilobites y un lirio de mar pero solo los veo por debajo pero sé que son esos porque están cerca del agua. Es difícil mantener el equilibrio porque hay olas pero en el reflejo veo la barba la barba la barba la barba pelirroja y la sigo arrancando aun cuando ya se ha secado el lago y solo queda una carrasca sigo sigo arrancando los hilos rojos y me sangra la cara. Me seco con la corteza pero el mundo está al revés verticalmente y yo veo por encima de todo del derecho colgando por los hilos rojos mi tobillo de una rama y el sol empieza a subir y subir y proyecta una s-



  • Ey, despierta.


Me palpitaba la cabeza. Daba igual las horas que durmiese o lo pronto que despertase; levantarse de la cama siempre era un esfuerzo titánico. Sedum decía algo, pero su voz sonaba distante y yo solo podía fijarme en la gran peca que sobresalía de la piel de su cuello. La tenía casi a la altura del hombro y era grande y plana como un altramuz. ¿Me estás escuchando? Que clavículas más bonitas que tenía, parecía que todas sus prendas las diseñaban adrede para que le apretase y le resa-


PUMPUMPUMPUMPUM


  • ¡¿Que si me estás escuchando coño?! -gritó mientras tiraba el martillo al suelo.

  • Sí, sí, joder, sí, te oigo -contesté de un respingo.


Me rasqué los ojos y me incorporé pesadamente. El ligero olor a químicos en ayunas me dio una pequeña arcada, pero curiosamente fue lo que me ayudó a despejarme lo suficiente para levantarme. El frío de la mañana me mordió la piel tan pronto la despegué del edredón, a lo que no tardé en ponerme mi suéter que deambulaba por el suelo. Mientras lo espolsaba del serrín que había por todo el taller, Sera maulló tímidamente, como interrogándome sobre mi abandonar del futón, pero hecha un pandegato como estaba y con los ojos medio cerrados, creo que no me iba a insistir mucho.


  • ¿Puedes darte un poquito más de prisa? Qué parsimonia la tuya. -me reprochó Sedum

  • Oye joder, déjame en paz un ratito que me acabo de despertar, que pesadilla de tía. -contesté irritada.- A lo mejor me sería más fácil despertarme si no durmiese sobre una mierda de futón en un cementerio químico.

  • Llevo semanas diciéndotelo, estamos despejándote un cuarto para ti, pero tampoco te esperes una suite -dijo con cierto retintín en la voz.

  • ¿Me estás llamando pija otra vez? -le lancé una mirada asesina.

  • Yo no he dicho eso… sisturrr

  • Mira, que te follen. -esto le hizo reir mucho.

  • Ya te gustaría a ti. -replicó burlescamente.


Le di la espalda y me agaché a atarme los cordones de las botas mientras ella farfullaba entre risas sobre lo fácil que era hacerme hacer cosas cuando se reían de mí. Miré hacia la puerta que daba al patio y no distinguí ni el más mínimo rayo de luz.


  • ¿Qué hora es, joder? -comenté molesta.- ¿Siquiera para qué me necesitáis tan pronto limpiando mierda?

  • Joder qué boca tiene la señorita. -vio mi cara de genuina molestia y reculó.- No vamos a ir al almacén, iremos al campo.

  • ¿En serio? -noté como todo el pique se desvanecía repentinamente.

  • Sí, hoy es un día especial: hacemos la primera cosecha de la mandarina.

  • ¡Que guay! Desde que llegué que tenía muchas ganas de ir al campo.

  • Tienes suerte, justo hoy no va a ser nada muy matador. -comentó encogiéndose de hombros.- Los días de poda son otro mundo. Pero bueno, hoy se necesitan muchas manos, y he pensado que podría ser un buen momento para que cambiases de labor.

  • Genial.


Cuando acabé de vestirme, salimos juntas por la puerta del patio y atravesamos el portón de madera. Aunque al principio parecía noche cerrada, lo cierto es que ya se adivinaba cierto claror en el cielo. Las estrellas dejaban de ser visibles estampadas contra ese suave añil que sustituía al negro absoluto. El frío del exterior acabó de levantarme todo el manto de la somnolencia que me quedaba. Afortunadamente no corría nada de viento, por lo que a cada paso mi cuerpo se acostumbraba más a la rasca. Pasamos por delante de los columpios en los que semanas atrás decidí quedarme en este lugar, y empezamos a bajar por la costereta que conectaba los campos de la mitjera y la baixera, que era cómo les llamaban a los campos. Todo estaba en una quietud extrema, tanto que, si no fuese por los pajarillos que empezaban a piar sus padrenuestros, habría pensado que caminaba por una fotografía. La escarcha mantenía los pastos que inundaban el suelo en una suerte de bajorrelieve de glauco y turquesa, como una escultura de hectáreas y hectáreas de amplitud que capturaba un instante de batalla y carnicería foliar. En determinado momento, la vereda de la costereta se disipaba entre la maleza y empezamos a caminar campo através, a lo que el suelo bajo nuestros pies empezaba a crujir al pisar las plantas escarchadas. Atravesamos una línea de carrascas centenarias, que parecían servir como linde entre campo y campo, puesto que justo debajo se precipitaban los bancales de pedraseca. Sedum caminaba delante mía, abriéndome el camino. Bajó ella primero, y me tendió la mano para saltar más cómodamente la muralla. Al agarrarla, noté que era mucho más suave de lo que podría haberme imaginado de alguien que lleva toda la vida viviendo en el campo. No desperdicié la oportunidad para devolvérsela.


  • Uy qué manos más suaves… -dije con retintín.- ¿estás segura de que alguna vez has cogido una azada? ¿No serás madrileña no?

  • A mí no me llames mesetera que te parto la cara, niñata.

  • Uyyyy, que picadaaaa… 


Sedum tiró de mí con brusquedad y perdí el equilibrio, a lo que, en mi acto reflejo por la inminente caída, me agarré de su brazo aún en alto. Aterrizamos las dos estrepitosamente contra el suelo, no sin antes dar un par de vueltas de campana y ser frenadas por unas coscojas, que se me clavaron en la piel de la espalda a través de mi suéter. Cuando intenté separarme del matorral, me di cuenta que instintivamente nos habíamos agarrado en un abrazo, y al abrir los ojos me topé con la cara de Sedum a pocos centímetros de mi cara. El primer instante de sorpresa se transformó rápidamente en una furiosa mirada y en ella empujándome bruscamente, lo cual me ensartó aún más en las zarzas.


  • ¡Ay joder! -exclamé levantándome de un respingo por el dolor.- ¿Eres gilipollas tía? 

  • Ah sí, fue a hablar la genia que me ha llenado la ropa de mierda y gospins -dijo levantándose también y encaramándose contra mí.

  • ¿Quizás porque me tiraste al suelo y fue lo único que podía agarrar, tonta del culo?

  • Prima, pues no haberme llamado madrileña -contestó rodando los ojos.

  • Eres una picada de mierda tía, ¡era una broma! -me espolsaba las hojas del suéter.

  • Me has insultado tres veces en tres frases, qué tienes ¿trece años o qué?

  • Que sí tía, que tienes razón. Que ha sido una reacción super proporcional tir-

  • Ie! s’Aneu a donar-vos d’òsties o què?


La voz interrumpió súbitamente nuestra amable conversación, parecía provenir de un bancal más abajo. Nos apartamos la mirada súbitamente y nos acercamos al siguiente límite para dar con la voz.


  • Sedum tia, sempre estàs igual en tothom. -dijo la voz profunda con cierto aire divertido.- Que no pots tindre la festa en pau?

  • Però si ha sigut ella, collons! Que m’ha espentat a terra!


Cuando se me acostumbró la vista a la escasa luz del amanecer, pude distinguir la figura de la mujer, de estatura media, con la parte frontal de la cabeza rapada y la trasera con una espesa e hirsuta mata de pelo. Me recordaba a la cola de un lobo. Tenía una expresión amable y enérgica, que contrastaba con los mismos rasgos de su cara marcada por arrugas y cicatrices. Pareció percatarse en ese momento de mi presencia y se dirigió a mí.


  • Tu deus ser la nova, no?

  • Oli, és de València, no parla valencià. -contestó Sedum por mí con cierta irritación.

  • Bueno, pero entenderlo lo entiendo. -le interrumpí.- Encantada, no hace falta que hables castellano.

  • Uf, perfecte, perquè apenes sé xapurrejar-lo ja. -rió Oli.- El meu nom és Olea, però pots dir-me Oli, tothom ho fa.

  • Perfecte jeje -contesté tímidamente.

  • Mira-la com apren, ei! Molt bé, molt bé, aixina es parla!

  • Ui sí, tota una valencianota està feta ja. -interrumpió sarcásticamente Sedum

  • Ie no sigues ceniza Sedum, dixa a la pobre xiqueta en pau, que la tens sodomitzada.

  • Ya le gustaría a ella. -añadí.


Se hizo un silencio incómodo, a lo que yo deseé que se me tragara la tierra. Oli carraspeó ocultando una risa, y con un sencillo ‘Mone’, empezamos a hacer el camino que quedaba hasta la baixera. Caminamos durante unos diez minutos más entre la densa maquia y a través de terribles desniveles, hasta que finalmente llegamos a una gran explanada atravesada por enormes surcos, en cuyas crestas se alzaban los humildes mandarinos. Una docena de personas hablaban en corro en un extremo del campo, apoyades sobre una barraca de la cual surgían varias figuras más sacando material. Nos dirigimos allá y tras varias presentaciones más, me dieron un par de guantes y un capazo. Olea empezó a repartir las cuadrillas de tres a lo largo del gran bancal, y cuando acabó, Sedum, ella y yo nos dirigimos al otro extremo del campo. 


Algunos haces de poderoso naranja se filtraban entre las acículas de los pinos carrascos que lindaban el borde, proyectando así una hermosa estática contra nuestros rostros. Yo me quedé embobada mirando cómo el ígneo espectáculo celeste se desplegaba ante nosotres, a lo que Sedum se chocó a propósito contra mi hombro sin pararse de caminar. Odiaba cuando se ponía en ese plan, a la mínima que le llevaba la contraria se pasaba el día picada. Normalmente se acababa disculpando, pero siempre se repetía lo mismo. No quise decirle nada cuando se chocó porque no tenía ganas de seguir discutiendo, pero decidí no hablar con ella hasta que se le pasara. Dirigí mi mirada hacia Oli, quién ya estaba recogiendo mandarina, y al darse cuenta de la situación me hizo un gesto como de que ignorase a Sedum. Ésta se fue al extremo del campo con un capazo y se puso a recoger ella sola. Yo me acerqué al mandarino dónde Oli recogía sola y le imité.


  • No li facis cas, bonica. -dijo con una sonrisa cuyos carices no supe reconocer.- Li costa molt processar els seus sentiments, no pretén ser roïna.

  • No, si lo sé. Pero es molesto igualmente.

  • Totalment, bonica. De totes maneres, si et pot consolar, ixa façana sols la trau en gent amb qui té confiança. Sembla que no, però és molt bona mantenint les apariències amb les velles com jo. -se quedó un momento mirando hacia arriba con los ojos.- Bo, i amb els xiquets també, la veritat.

  • ¿Y con el resto de gente de nuestra edad?


Se hizo un breve silencio. Oli recogía los bellos orbes, casi reflejos del sol que cada vez reclamaba más porción del frío cielo, con una delicadeza y soltura con la que una se cepilla el pelo o acaricia el rostro de un ser querido.


  • La veritat és que no sou moltis de la vostra quinta. -dijo con otra de sus sonrisas extrañas de descifrar. Yo me quedé en silencio observando la técnica de Olea y sopesando las implicaciones de sus palabras. Alcé un segundo la mirada hacia Sedum al otro lado del bancal, y la vi recoger la mandarina con energía y violencia contenida.- No patisques, de veres. Li passarà.


Seguimos durante rato trabajando en silencio, pero no los silencios a los que estaba acostumbrada, sino a uno necesario que surge de la presencia del cuerpo en el mundo externo con el que se baila y se vive. Un silencio ligero que acompañaba a los escuetos tirones de ramas y los cientos de pajarillos que veneraban el naciente día, como exigiéndole más presteza en su discorrer por la bóveda celeste.


  • Oye Oli, estava pensant… -la mujer asintió sonriente a mis torpes intentos de hablar valencià.- ¿Cómo es que podéis plantar mandarina aquí? Pensaba que eran cultivos hortelanos.

  • Ié, molt bona pregunta! Tens tota la raó, angelet. Sí, són cultius d’hortes més baixes, però des de fa anys que ací a la Calcera, i en general a tota l’URIS que treballem amb cultius seleccionats artificial o genèticament per a resistir el clima d’ací.

  • Genèticament? ¿Y no os da miedo que pueda repercutir de otra manera en vuestra salud? He oído que los beneficios suelen venir con un costo desconocido.

  • Osiga, sí, al principi. Però si no fóra per aquestos mutants, sols podriem menjar ametlla, oliva i pruna. I a la mínima que gel·le ni tan si vols això. És cert que hi ha un risc d’estar afectant a les propietats de la planta de maneres desconegudes, però quan hi ha fam, bonica… -se encogió de hombros.- Hem de menjar, i hem de menjar variat.

  • Ya, entiendo. ¿Y de dónde sacáis los cultivares? ¿Los trajistéis de fuera?


Oli me miró con cierta diversión en la mirada.


  • Tindràs temps de vore-lo tu mateixa, però, digam que som més destres amb la modificació genètica de lo que des de fora es puguera pensar. Igualment, no tot és tècnica genètica, la majoria és tan senzill com escoltar a la terra i quins l’habitaren sense major pretensió que viure no d’ella, sinòs en ella. Els surcos que li fem als mandarinos, els alcorcs que li fem als frutals, les mitja-llunes de les hortalisses, la preservació de la flora auxiliar… La terra és molt agraïda quan no la tractes com una superfície a la que explotar. Som un sistema de matèria continu, ella mos dóna aliment, mosaltris li donem protecció. La Unió de Repúbliques Ibèriques Silvestres no sols som guerrilleres; som la terra que curem, els arbres que podem, la brossa que cremem per calfar-nos els óssos. Tenim una responsabilitat com a òrgan conscient d’aquesta fantàstica terra. I sí, de vegaes hem d’arriscar-mos i crear mutants que pugan suportar el món llegat pels nostros cobejosos avis. I gràcies a la Verge, perquè, no podria viure sense aquestos meravellosos mutants.


Cogió una de las mandarinas del árbol, le arrancó con el pulgar la gruesa piel de un solo tirón y comió de un bocado la mitad de la fruta. Asintió con los ojos plácidamente entrecerrados y me lanzó suavemente la otra mitad. La cacé al vuelo al mismo tiempo que la fragancia de la misma inundaba todo el aire a nuestro alrededor. La mordí y una explosión repentina de jugo y fragancia me inundó la boca. Tenía un gusto tan amedrentantemente ácido como reconfortantemente dulce. Noté como si mi cerebro entero se rehidratase después de la sequedad de la noche.


  • ¿Sabes? A veces me sigue extrañando o asustando que hayáis sido tan buenes conmigo. No sé, apenas habéis hecho preguntas, apenas he tenido encontronazos. A veces me parece…

  • No seria molt intel·ligent doncs que em contares tot açò a mi no? -cortó con una expresión seria y sin mirarme.- No mos agrada que qüestionen la nostra hospitalitat, carinyet. Molt menys la nostra cura dels espais que hem construit. Has de confiar en la nostra confiansa en tu.

  • Ho sent, no pretendía posar en duda…

  • No cal, bonica. Sé que estàs agraïda, conec la teva mirada. La teva fascinació. És la que portem vint anys veguent en els rostres de les pobre ànimes que veniu per ací cercant una vida digna. Si no confiassim en la nostra pròpia sang -me guiñó un ojo-, no mos quedaria res, germana meva. -ramas rebotando y frotándose entre sí.- Més de la meitat de la gent que hi ha vivint ací porta menys de deu anys fent-lo. Un dia aparegueu com angelets de Déu, i no torneu a anar-vos. I per les històries que conteu de fora de les Repúbliques, normal. -observó mis ojos llenos de vergüenza y reprimenda.- I és obvi que han tractat de infiltrar-se ací, però el seu odi és la seua feblesa. Quan mos venen homes cis blancs de metre noranta amb tres arracaes mal posaes i parlant-mos de que volen allistar-se a la nostra causa, doncs obviament sospitem. Quan germanes com tu apareixeu desplomaes a terra enmig del bosc… és atra història. Així que per favor, la culpabilitat i la sospita no fan servir pa res entre família.

  • Està molt bona la mandarina. -dije con media sonrisa después de pensar detenidamente mi respuesta

  • Sí que ho estan, sí. -dijo devolviéndome la sonrisa.- és important que ho esten.

  • Supose, no? -dije riéndome.

  • Dona és clar! Quan renuncies a la civilització i a la cultura dominant, t’adonis que el plaer sensorial i la bellesa són tan importants com a respirar. És precisament ixe esborrar, ixa esterilització del món el que fa els cervells tan famolencs d’estímuls artificials. 

  • Pan y circo, ¿no? -contesté tratando de entender lo que me decía.

  • Obvi. Pà i circ. -silencio.

  • El circo te distrae de que el pan está rancio. -asintió Oli.- Osea pero el circo sigue siendo importante, ¿no? Al final tampoco podemos librarnos de nuestras necesidades de juego o simulacro.

  • És clar, però si no se t’ansenya a jugar i es comercialitza tot l’oci disponible, el teu cap és manipulat mitjançant ixa necessitat. Que t’estan gentrificant el cervell!! -dijo con sorna.

  • Ya, ya no les quedan muchos barrios que hacerlo, might as well… -soltamos ambas un suspiro de risa.- Entiendo, el ocio solo es de calidad cuando surge de interaccionar de manera auténtica contigo misma y con tu alrededor.

  • Eeeeexactament! És posar-se bufà oci? Pos pot ser-lo si ho fas en amigues mentre xarreu de les vostres coses. Es posar-se bufà a la barra d’un bar perquè no suportes a la teva parella oci? No ho crec.

  • Ya, ya, totalmente.

  • Pos ixo, per a nosatris que no estem exposadis al torrent de psyops disfressades  d’oci o urbanisme, doncs els sabor ho és tot. Una mandarina roïna te dixa tibi després d’un bon dinar, i després doblegar l’esquena se fa més pesant. A lo millor sona una mica exagerat-

  • No, osea, tiene bastante sentido. Utilizái- utilizamos los sentidos para lo que están diseñados. Obviamente va a tener una respuesta más orgánica por parte del cuerpo.

  • Sí, i no sols això, sinòs que també propícia els vínculs entre les persones. Compartir el sopar després d’un dia de treball… és màgic. És tan tan evident com el nostre sistema nerviòs i social està configurat per a viure en comunitat. 

  • Claro, y además un menjar que ha sido cultivado por unes y cocinado por otres. 

  • Exacte!

  • Ahora entiendo más lo que me decías del sistema de matèria continu. No solo se trata de colaborar con el sustento de la tierra, sino de reforzar la estrechez del órgano consciente de ese sustento, que somos todes nosotres-

  • Mitjançant la matèria viva que cultivem per a alimentar-nos i sostindre-nos i tucutucutucutucu -empezó a dibujar círculos en el aire con su dedo- Ves? Per això és important que estiguen bones les mandarines.

  • Sí, totalmente. Sense paraules.


Ambas reímos y seguimos un rato en silencio sin parar de recoger mandarinas. El Sol empezaba a estar bastante alto y notaba cómo lentamente la piel de mis manos tintineaba con la caricia del plateado sol de invierno. Me quité el suéter y sentí la debacle sensorial entre el colmilludo aire matutino y el fulgente albor del astro. Desvié la mirada para observar al resto de gente trabajando y vi que la mayoría ya iban en manga corta. Observé las docenas de palanganas llenas de fruta siendo apiladas a lo largo del terreno. Iban sustituyendo lenta pero seguramente la palidez de la tierra con el naranja de las mandarinas y el verde de los canastos. 


  • ¿Vaya barbaridad de cosecha, no? Va a haber mandarinas para aburrir

  • Pos no cregues, la collita d’enguany serà prou menudeta, però aquest nou any escomençarem a experimentar amb cítrics asilvestrats, encara que siga per a la producció de conserves. A vore què tal. Si t’interessa te puc tractar de ficar a ixe equip de treball! Però bó, això pa més endavant, eh?


Por momentos Oli hablaba o muy intensa o muy rápidamente, pero siempre con una fascinación y vivacidad en su voz que persuadía a la escucha. Se notaba que llevaba lustros trabajando la tierra, o mejor dicho, viviendo en ella; y se notaba que lo experimentaba con gran pasión y exaltación. Yo no sabía mucho sobre el bosque ni el campo, pero me encantaba escucharle hablar de ello. 


  • Per cert, boniqueta. En no res te tornarem ja el portàtil, okei? Tranquil·la que no hem esborrat res de la memòria, però li hem llevat la càmera i micro, altaveus i hem desactivat les funcions de localització.

  • Mare meua! Lo habeis desmontado entero -reí.

  • Però tranquil·la que se pot emprar perfectament, hem fet proves i tal i va com la seda.

  • Sí, sí, sin problema, espero haber demostrado mi inocencia. -Oli se rió.

  • Ehm, ixo sí. El casquet si que no ho podrem tornar.

  • Casquet? -pregunté extrañada.

  • Sí, osiga, la bala que duies a la butxaca.

  • Ah, ostras, pensaba que la había perdido huyendo. 

  • No, la varem confiscar quan te trobarem. Però és prou important per a nosatris, no podem tornar-te-la.


Recordé de pronto el rostro congelado de la mujer del tren. El sonido metálico. La sangre, la sangre por todos lados. Definitivamente había pisado el mismo suelo que yo pisaba ahora mismo. Había cosechado los mandarinos que yo ahora cosechaba. Había amado a las personas que yo ahora empezaba a conocer. ¿Qué coño está pasando?


  • Bonica te trobes bé? Estàs una mic- ei! Compte, compte, compte!!


¿Seguiría ella atrapada en mi mirada? ¿Seguiría ella cayendo al infinito?



****


Exactament igual com la vaig trobar. Estesa a terra, en la faç serena i contreta en una ganyota de preocupació, però; quasi com una fadeta malalta o una estrel·la caiguda. Al seu costat, ixa gata bruna que no s’anava del seu costat ni per anar a cagar. Si no haguera sigut pels seus miols aquella nit, no crec que l’haguera trobat. Sí que semblava ser la seua serafina.


  • Puc passar, Sedum? -sonà enrere meva.


Em vaig girar i reconeguí a Soni. 


  • Sí, és clar.


Avançava aspai al voltant meu, tant física com en ses paraules, cosa que escomençaren a fer elli i Oli des que vingué la fadeta de l’auguri. Ho feien amb un compte com de que em puguesi trencar en qualsevol moment, lo qual detestava profonament. Li vegué dubtar si posar-m’hi la mà al muscle, i va decidir no fer-lo. Em mirava en expressió neutral.


  • Com està? -preguntà a la fi.

  • Bé, supose. -diguí amb indiferència.- Sols s’ha desmaiat, tampoc li ha donat un infart, sas.

  • Dóna ja, però dic que em pot preocupar, o què?

  • No, ja. Osiga està bé, simplemente li ficava una ullada per si de cas.

  • Entenc -va tractar d’amagar una expresió de divertiment.


Li vaig ignorar i vam estar una estona en silenci mirant a la desmaiada al seu catre. La tia tenia raó que havíem de trobar-li un puesto millor on dormir. La gata dormia entre els seus braços amb placidesa. 


  • I tu com estàs, bombón?

  • Jo bé, me’n torne a la mandarina atra vegà. -responguí sabent cap a on anava la conversació.

  • Sedi, pots romandre ací si vols, és normal que estigu-

  • Tie no escomencem, eh? Que em teniu farta tot lo dia en lo mateix.

  • És que vas fugint-mos tia, què collons vols que feam? -contestà irritadi.- No si amunt t’anfades.

  • Va, que em soltis el braç, que sí, que puc parlar en vosatris.

  • Efectivament! -va cridar.

  • Que no. Vullc. Fi. Conyo ja, nano.


Li vaig esquivar i escomencí a eixir del galliner amb la prestesa de l’enuig. Atravessí la bodega i quan anava a creuar la seua porta també, em vaig aturar per a escoltar a Sonchus dir ‘Em digué Oli que et donava el dia lliure i que si apareixes per la baixera te dona una pallisa.’ Vaig riure cap adins i simplement afegí a través de la paret ‘Gràcies, Soni’. 


  • Per favor, cuida’t. -exhaló con un hilo de voz.


Com si no puguera fer-lo sas? Estava farta que em tractassin com si no m’haguessin criat a un puto bosc enmig d’una guerra. Molt de ‘no mos agrada que dubten de la nostra confiansa’ però després ‘Per favor cuida’t’. Okei, tie, el que vullgues. Pují les escales fins als salons i els vaig atravessar sense voldre ni tan si vols mirar a lis teixidoris cosint les corfes de la segonda tanda de mandarines del matí. Tota la planta empestava a cítric. Vaig eixir a la terrasa i torní a pujar les denou escales que duien fins al meu quarto. 


Obrí la pesant porta de fusta y torní a tancar. Silenci.


Vaig observar la xicotiua estància en fàstic i enuig. Tota contreta, rebosant de roba i pols i mocaors i terra. Feia una forta olor a humitat i suor, cosa que de normal em reconfortava, però que en aquell moment m’omplia de repulsió. Obrí la finestra de Ponent i  l’ulldevega, i l’ambient es va descongestionar ràpidament. Vaig exhalar una glopà d’aire i amb el peu vaig fer a un costat la roba xopà i probablement enmolsada. Vaig llevar-me la roba i la vaig dixar penjada de la finestra. Espolsí el llit de les fulles seques d’heura i finalment, vaig caure. La caiguda va alçar una bossa d’aire i pols.


L’aigua anegava inevitablement la meua esquena, refredant-me el cos en un sol instant. El fret cristal·lí va mossegar ben profon els meus óssos, i justet després del rigor, la calma. L’homeostasi va fer una única ona del meu cos i el de l´heura. Vaig sentir la meua ment dissipar-se entre els arrels de Mare, que pujaven i s’esnroscaven i ens retorçavem pel pinnacle de fusta i cristall pel que ens esteniem fins l’ulldevega. La lleugeresa de la brisa em feia tremolar tots els braços i estomes amb placidesa. Cada fil suspirava una eterna cançó que duia l’aire cosit a la seua fractal arquitectura. El brunzit harmonitzava colisionant contra el meu tremolenc ésser i anegava les brunes superfícies del Tot, taques de colors que devenien memòries, calambres que es feien olors i lo meu tot lo meu reptava adins meu cap adins i més adins per trobar-me jo altra vegà i fer marxa helicoidal fins la llum sacra del migdia recta

recta en la seva divinitat

recta en buida autoritat

meticulosament perpendicular a cadascuna de les meves bris

que ermergixen del no res de lo fi de l’aire

i estenen la llengua de nou al Llum


llum de lenta mort i tremolor i paüra

foc donador i implacable

i plujador de suaus encanteris

plou la boira dels teus braços de llamp

i tro i llampec que empelten la teva divinitat adins de mi

com un secret que no hauré de contar

sinòs empeltar de nou en aquella que diga amant

que allete el seu cor de cendra i carbó

esperant el foc que ho faça mare de nou


mira a la teua mare

mira-li als ulls que espien des del forat dels núvols

mira a la teua mare

Sedum

Sedum


mamá?


M’aixequí d’un gegant bot que va arrancar tots els meus arrels, ara sanguinolencs i inflamats. Vaig dixar eixir un udol de dolor que retumbà per tot l’hivernacle. Què collons havia sigut allò? Ostia puta que mal em feia el puto cap. Era com si les meues venes foren de cristall i s’haguesin fet pols de vidre en un segon. El cos sencer em tremolava com tractant d’aixecar-se alhora. Vaig caure a terra res més vaig aconseguir separar-me del llit. La meva cara besava terra mentre la resta del cos brunzia espasmódicament esperant la nova homeostàsi. La meua ment oscil·lava entre vigilia i la son, amb la visió pendulant també entre erràtiques llínees de malva i taronja. A poc a poc, la tremolor es va baixar i la meua ment va relaxar-se.


El dolor de la pell de l’esquena escomençà aleshores a seure-se. M’aixequí encara tremolenca i em recolzí dificultosament sobre la tauleta del cantó del quarto. De sobté una última punxà em va sacsejar i les meves cames van fallar. Caigué a terra de nou, aquesta vegà sobre els meus genolls, no sense abans fer caure la tauleta en el meu intent de no caure jo. Un tintinejant sorollet metàlic va fer-se escoltar contra terra. Alcí la mirada i vaig vore el casquet metàl·lic rodant en una trajectòria curva fins a mi. L’arrepleguí i vaig observar les taques de sang seca en tristessa. Les llàgrimes escomençaren a brotar en calmada violència pels meus ulls i em tapí la boca amb el braç per no plorar en veu alta. El cos em demanava udolar i cridar i caure i rodar; però senzillament no podia. No podia.


Per què tingué que anar-s’hi a Canàries? Per què collons tingué que eixir del bosc? Estava tan a prop, sols li quedaven metres, i ixos fillsdeputa la van matar com si fossi un puto senglar. Com si tan si vols fora culpable de voldre ser lliure. Per què em dixaste ací? Per què no em portares en tu, puta boja? Ací no tinc res, no tinc res en aquest puesto ja. No tinc res. No tinc res, Osyris. M’has dixat sola, tia. Per què ho vas fer? 


Em vaig deixar caure al sòl i romanguí plorant en posició fetal durant un temps. Sabia que ningú m’escoltaria, i així era millor. Sabia que podia recolzar-me en Oli i Soni, però ara mateix no podia ni mirar-lis als ulls. No seria capaç de suportar vore la resolució en les seves mirades, no podia entendre com podian dur-lo tan bé. No era possible, després de tot lo que havien viscut juntes. No podia amagar el meu fàstic, però tampoc era just per a d’ellis; no sé, supose que d’alguna manera ho portarien.


El cap em girava en tempestes de pensaments en bucle, tots alhora sense poder aturar-los. Tractí de recomposar-me i vaig secar les meves llàgrimes. Vaig llançar la bala al meu llit, com tractant de desfer-me d’ella i del dolor que portava. El fret començava a emprenyar-me i aconseguí forces per alçar-me i tancar la finestra. Molt aspai, vaig caminar fins l’armariet on desava les gases. Agafí una mica de sèrum i banyí un cotonet amb ell per netejar-me les arrels. Vaig fer-li una passada, i el cotó va tornar completament banyat en sang. Merda. Agafí el poal amb la tovalloleta i encara estava bruta. Quin fàstic em donava a voltes. Vaig tirar l’aigua amb sang vella pel meu llit i vaig omplir de nou el poal amb l’aixeta. Rentí la tovallola i vaig escomençar a llevar-me la sang de l’esquena. Al principi eixia una fotracà, però a poc a poc començà a cessar. Agafí aleshores l’ampolla de cicatritzant i amb un gran  cotonet me’l vaig estendre per la lumbar. 


Vaig donar un llarg suspir i seguí a la cadireta del costat de la porta. Agafi el paquet de tabac de dins del meu pantaló tirat a terra i en gran paciència i parsimònia vaig escomençar a liar un  piti. El filtre als llavis, el paperet estès i aplanat amb el polze, i ara entre l’índex i el cor. La masa de tabac que excedia la capacitat del paper; ara menys que torní a la tabaquera, i ara escomencí a fer rodar el porró amb el paperet agarrat entre els meus polzes i índexs. Quan ja tenia més forma tubular, vaig ficar el filtre i repetir l’operació atra volta. Quan agafà la forma ideal, li fiqué l’ungla del polze que llisca per tota la llargària del piti, i per últim, vaig segellar la construcció amb una passada de ma llengua. Perfecció.


M’aixequí de la cadireta amb dificultat i isquí de l’hivernacle amb el sol de migdia enlluernant la meva pell nua. Vaig romandre parada uns segons a que la llum em banyara tota. Vaig obrir els ulls i vaig revisar tot el meu cos. Mare, cada volta tenia les mamelles més grans i els ous més xicotius. Que estrany era a voltes estar viva. 


Observava cap avall com la penya anava d’un puesto a atre mentre m’ancenia el piti. M’agarrava a la barana en laxitut i mirava amb la vista una mica perdua. Vaig mirar a l’horitzó i vaig vore un gran mòvil de voltors pegant voltes enrere la muntanya. Devien haver trobat algun cabirol mort. L’esquena se m’estava ressecant ja, pero la ferida aquesta volta era prou gran, pel que vaig preferir no hidratar-la de moment. Vaig dixar que el Sol m’acabassi de secar una estoneta més, i em vaig girar per a xuclar una mica de llum per les poquetes fulles que romanien a l’espatla. Ara en hivern necessitava encara menys llum, però no m’agradava quan es posaven molt brunes. Agafí roba seca de l’armari de fora i vaig baixar de nou afora de la casa.


Les adultes ja estaven provant els primers tratges als xiquets, pegant ací i enllà una tacà de l’agulla. Els passí de llarg ignorant les mirades que es giraven per a vore-me caminar sancallosa. La veritat és que últimament estava montant un circo que te cagues, però ja em tenia igual les expectatives de la penya. Alguns xiquets van cridar el meu nom, però vaig ignorar-los també. Escomencí a fer camí per l’acegador de la pujera amb molta dificultat, cada pas resultava en una fuetada de dolor a l’esquena. Recorreguí quatre o cinc bancals fins que em fiqué a u per a descansar. D’entre la gespa i les herbes sorgien oliveres i ametllers indistintament. A propet del límit superior, vaig vore una fila de pinyoners, als quals em vaig acostar. Una gran branca havia caigut a terra, probablement en els últims dies, perquè sinòs l’haurien llevada ja. Vaig aixafar una de les branquetes repetides voltes fins que sols va estar subjectada per una fina veta de fusta. Vaig retorcir aleshores el pal fins que aconseguí treure el meu improvisat bàcul de la gran branca. 


Vaig mirar-la de a prop, i estava completament coberta de líquen amb forma com de serps o dits i de color glauc. La zona arrancada, havia quedat feta una espiral de fusta pel retorciment al que l’havia sotmés; i l’extrem oposat, acabava en una bifurcació perfecta per a aixafar la màquia. No era molt lleuger perquè encara estava prou humit, però m’apanyava. Isquí de nou del bancal i vaig accedir a l’acegador, on escomencí a pujar-lo recolzant-me en la meua gaiata improvisada.


Pují i pují fins deixar enrere la pujera i les seves cireres i castanyes. El fret escomençava a mossegar-me inclòs després de tot l’esforç físic. La boira típica d’aquesta altitut de la Calcera escomençava a dissipar-se pel Sol del migdia. Vaig arribar a la gran explanada abans del cim. Dos teixos guardaven l’entrada a l’antic cementiri.



****



las manos la sangre, la sangre caliente y hierve burbuja a burbuja hierve y se va evaporando y queda un residuo de hierro deforme. Las manos queman al tocarlo pero lo pliego, lo enrollo pseudópodo a pseudópodo hasta que es una anémona. con cuidado de no coger tétanos lo enrollo también. LA PUERTA LLAMA y yo me doy prisa porque vienen a por mí pero me corto y me empiezo a cortar las manos pero no sÉ DE QUIÉN ES LA SANGRE pero sigo enrollando pero ya están aquí y yo solo tengo una varilla de hierro y ellos la palpan y al palparla se deforma como plastelina y yo estoy ahí quieta porque si me muevo ME VAN A DISPARAR y el hombre la sigue doblando en mi mano, y una vez y otra vez y la mano me arde pero NO PUEDO MOVERME NO PUEDO HACERLO y cuando abro la mano hay un agujeroagujeroagujeroagujeroagujeroagujeroagu


Desperté abriendo los ojos con sobresalto y terror, pero con el cuerpo completamente inmóvil. No podía mover un solo músculo del cuerpo salvo los ojos. Podía distinguir a Sera encima de mi pecho, la cual me impedía respirar bien: notaba que me iba a asfixiar. Parecía como si se hundiese más y más en mi pecho hasta hacer un cráter en éste. De pronto una luz tenue invadió la estancia y percibí una siniestra figura observándome desde la entrada y aproximándose lentamente hacia mí. Mis ojos se salían de sus órbitas tratando de mirar lo suficientemente a la izquierda como para distinguir qué estaba sucediendo a la par que juntaba todas mis fuerzas para coger una sola bocanada de aire. Todo esfuerzo fue inútil; hasta que la figura no estuvo casi a mi lado no pude distinguirla: no era sino la cara del ángel congelada en una leve sonrisa insondeable. De súbito, Sera se despertó de un respingo y empezó a bufir y arquear su cuerpo, lo cual me sacó de la parálisis y pude levantar mi cuerpo.


La ilusión se deshizo al despertar, y enfrente de mí había una persona de mediana edad, baja estatura y género dudoso. Parecía igual de alterade que yo, pero mantenía las manos extendidas mostrando sus palmas en señal de inofensividad. Sera se relajó de pronto, y se sentó a mis pies en posición de alerta. Dirigí mi mirada de nuevo a la persona, que parecía haberse relajado también. Sonreía incómodamente.


  • ¿Qué tal, bombón? ¿Cómo te encuentras? -dijo la persona con gran ternura.

  • Bueno… -miré a mi alrededor y reconocí el taller donde llevaba durmiendo esas semanas. Todo parecía en su sitio desde esa mañana.- ¿Qué ha pasado?

  • Te desmayaste cogiendo mandarina. Anda que que Sedum no te trajese nada de desayuno… -dijo en tono de reproche.

  • Sedum… -mi mente aún daba vueltas.- ¿dónde está?

  • Salió hace un buen rato, probablemente a su cuarto o al invernadero. Estuvo contigo aquí antes de eso.


Me quedé perdida en mis pensamientos tratando de sacar algo en claro de la situación o de lo que debía o siquiera quería hacer. Sentía el cuerpo extremadamente pesado, pero no quería seguir durmiendo ni quedarme tumbada descansando. Traté de recostarme y sentarme en el colchón con los pies en el suelo. La persona me miraba en silencio sin saber muy bien qué hacer o decir. 


  • Lo siento, todavía estoy un poco aturdida. -dije al reparar de la rareza de la situación- Se me olvidó preguntar tu nombre.

  • Soy Sonchus, soy hmm -pareció quedar sorprendide por su incapacidad para definir su relación con ella.- amigue de Sedum. Tú eres su nueva amiga, ¿no?

  • Supongo que le podrías llamar así. -dije con resquemor. Se me iluminó ligeramente la mirada.- ¿Te ha hablado de mí?

  • No. -contestó con media sonrisa en la cara.- Últimamente no habla con nadie. Tampoco te ha hablado de mí, entiendo.

  • No. Solemos hablar sobre el Comando y su funcionamiento, el terreno, la historia del lugar… Pero a decir verdad no le había visto con nadie más.

  • Ya, bueno. -dijo con resignación.- Al menos habla de algo con alguien. Ya pensaba que se le iba a atrofiar la garganta a la niña.

  • Sí, bueno. Hoy parecía especialmente picada. Se ha pasado la mañana recogiendo a su bola y refunfuñando.

  • Clásico. -sacó de una pitillera un cigarro ya liado, lo colocó en su boca y lo prendió. 

  • Enciendes los pitis igual que ella, ¿sabes? Ambas os cubrís la boca entera a pesar de que no haya viento. Y también haces lo de mantener el gas pulsado con el pulgar.

  • Vaya, justo tenía que ser esto de lo que se fijase en mí.


Yo reí escuetamente, a lo que Sera se incorporó y se acercó descaradamente a Sonchus. 


  • Mírala, a ver ¿qué quiere esta tía? - le dijo cariñosamente mientras la gata estiraba las patas sobre la pierna de Sonchus. - ¡Mírala! Que no le quita la vista de encima al cigarro, la gilipollas. 


Solté una pequeña carcajada mientras miraba incrédula la escena. Sonchus le acercó varias veces el cigarro encendido aún, a lo que Sera trataba de agarrarlo con las zarpas. Sonchus no dejaba de insultarla cariñosamente, a lo que en un instante que se distrajo mirándome reirme, Sera le tiró el cigarro de la mano y lo recogió del suelo con la boca. Luego nos miró mirarla completamente petrificadas y con un solo ‘Miau’ salió caminando ligeramente del taller. Sonchus estalló a reír entonces, apoyándose en la mesa de metal del centro mientras susurraba entre carcajada y carcajada ‘duríssim’. Yo me puse mis botas corriendo y empecé a perseguirla por miedo a que pudiese causar algún incendio o que se perdiese o vete a saber qué. 


La gata caminaba prestamente, regulando su paso en función de cuan cerca estaba de atraparla, aunque, precisamente como me acababa de levantar del desmayo, no era un ritmo muy excesivo. Salimos de la bodega a las escaleras del caserón, y de ahí al exterior a través del patio. Al salir afuera, una ráfaga de olor a mandarina me invadió todo el sistema nervioso. Era complicado siquiera orientarse a pesar de la perfecta claridad del día. Gritos de niñes venían de todas partes, pero lo único que alcanzaba a distinguir eran pequeñas figuras de un color naranja brillante correteando por todas partes. Las figuras oscuras, más altas, se giraban en mi dirección y distinguía a alguna decir algo sobre el ‘gat en el sigarro’. Los chillidos y las carcajadas se arremolinaban a mi alrededor pero yo solo seguía persiguiendo a la diminuta figura parda que tiraba volutas de humo de vez en cuando. Llegamos a la era, donde después de esperar a que recobrase el aliento, entendí que Sera me estaba guiando. Atravesé la explanada y empezamos a subir una cuesta sorteada por bancales de cultivo. Sera empezó a ir más rápida, a lo que tuve que parar a descansar mientras le gritaba que me esperase. Le vi perderse entre la espesura de la cuesta, ignorando por completo mis chillidos. 


Me senté en el camino dándome por vencida en atrapar a la gata fumona, y me concentré en simplemente descansar. La cabeza aún me daba vueltas y mi vista seguía distorsionada. Respiraba pesadamente y miraba el cielo como intentando relajarme con sus tintes cerúleos. Miré el caserón desde lo alto, y vi a las pequeñas figuritas naranjas moverse frenéticamente por todos lados, mientras las otras más oscuras, ahora entendía les adultes, les perseguían para tratar de ponerles en orden. Desde esta altura, se podía distinguir la completa magnitud de la carrasca del extremo de la era: aproximadamente mediría unos 50 metros de altura. Sin embargo, lo más impresionante era su volumen: la copa parecía formar una colosal pajarera de un verde grisáceo casi negruzco. Se ramificaba por todas partes y proyectaba una gargantuesca sombra que oscurecía por lo menos cinco bancales abajo. 


Un cálido destello desvió mi atención al zénit de la copa. Al principio pensaba que se estaba incendiando, pero cuando fijé más mi vista, distinguí al ángel botulínico con sus flamígeras alas desplegadas. Estaba flotando del revés, inclinado sobre el eje de su cuerpo de manera antinatural con su cabeza señalando el suelo de detrás de la carrasca. De pronto un escalofrío me recorrió el espinazo y supe que había clavado su vista en mí. La adrenalina se apoderó de mi cuerpo y de pronto el cansancio de la persecución gatuna desapareció. Mi cuerpo fue todo piernas en dirección opuesta al ángel, tratando de encontrar refugio en el único otro ser que parecía percatarse de su presencia: Sera. Subí la cuesta sin dejar de correr, dejando atrás los árboles retorcidos en muecas de esfuerzo y completamente calvos. El camino de la cuesta empezó a desdibujarse entre la espesura, y por puro instinto y miedo, simplemente seguí el camino más vertical. Avancé a través de caminos de cabras y agarrándome de arbustos y piedras, hasta que en determinado momento, dejé de reconocer nada a mi alrededor.


No veía nada distinguible más que grandes quejigos, fresnos y una maquia impenetrable. El aire empezó a hacerse más denso, y cuando conseguí relajarme un poco para no acabar despeñada, noté que una fina neblina invadía el ambiente. El frío empezaba a asentarse en mi cuerpo, sensación a la que empezaba a acostumbrarme (tenía que aprender a dejar de huir despavorida de todo), y decidí seguir caminando cuesta arriba, esta vez por caminos más despejados. De pronto llegué a un gran talud desde el cual se divisaba el peñón último de la sierra que marcaba su cima. Me quedé observando su escarpada piel de glauco y amarillo liquen hasta que, de pronto, vino a mí un ligero olor a tabaco.


Seguí su rastro a través de la explanada hacia un espeso rodal regentado por dos enormes tejos. Atravesé el umbral y el sol de mediodía se extinguió entre los tejos, cipreses y olmos. Seguí el olor hasta poder divisar las grandes volutas de humo provenientes de una Sedum de espaldas y apoyada sobre un gran bastón. No había rastro de Sera. Avancé un poco más, y vi que estaba cara a cara con una gran piedra. Pronto entendí que se trataba de una tumba, y efectivamente todo aquel lugar, de un cementerio. La circunstancia me tensó el cuerpo y decidí quedarme quieta, sin saber muy bien qué hacer.


  • Puedes venir, tranquila. -comentó con tono neutro.


Avancé titubeante hasta donde Sedum estaba sentada. Me quedé durante un minuto de pie, en silencio, todavía sin saber cómo actuar, ya que Sedum tampoco parecía reaccionar. Me fijé en que por debajo de su suéter asomaban unas vendas con sangre. No sabía si las tenía de antes pero la sangre no parecía seca del todo.


  • No te preocupes por eso. -dijo percatándose que observaba sus vendas.- Y haz el favor de sentarte, por dios, me estás poniendo de los nervios.


Obedecí sus órdenes y me senté a su lado, a lo que ella me hizo hueco enfrente de la lápida. El musgo fagocitaba casi toda su superficie de cemento, excepto en la zona central, que constaba una bella placa de cerámica en que constaba el nombre de la persona enterrada: ‘María del Carmen Ravelo Pérez’. Con pintura, debajo del nombre, alguien había escrito ‘Dracaena’.


  • Es mi madre. -dijo secamente.


Apoyó su cabeza en mi hombro y comenzó a llorar tratando de ahogar los quejidos. Yo coloqué lentamente mi brazo sobre su hombro, y conforme pasó el tiempo mientras ella sollozaba, lo fui bajando hasta su cintura cubierta de vendas sin darme cuenta. Ella abrazó mi cuello y estuvo llorando durante un largo rato. Yo no era capaz de decir nada, porque tampoco tenía mucha idea de qué estaba sucediendo, pero me alegraba poder estar ahí para ella. Quizás sí que me veía como una amiga al fin y al cabo. A pesar del húmedo frío, el contacto físico nos mantenía más o menos templadas. Estuvimos inmóviles y en silencio durante unos minutos más.


  • Lo siento mucho. -consiguió decir mientras se secaba las lágrimas con los antebrazos.

  • No te preocupes, bebé -contesté sonriente.-, estoy cómoda acompañándote.

  • No, osea, -negó con la cabeza.- lo siento por cómo me he comportado hoy.

  • De verdad que no te preocupes. Evidentemente no me gusta que me ignores, pero sé que no lo haces para dañarme.


Ella quedó en silencio unos segundos, como tratando de seguir justificándose o disculpándose, pero no alcanzó a proferir ninguna palabra más al respecto.


  • ¿Qué ha pasado hoy? ¿Cómo es que te has desmayado? -preguntó después de resignarse.

  • Bueno. Olea me recordó lo de la bala y el tren y, en fin. No estoy acostumbrada a la violencia.

  • Ya. -encendió su cigarro gatuno de nuevo y le caló largamente. Vi que le comenzaba a temblar el pulso.

  • ¿La conocías? -pregunté sin saber muy bien qué decir.

  • Por supuesto. Osyris. Los terrenos del Caserón eran originalmente suyos.

  • ¿Ella es la amiga…?

  • Sí. Era la amiga de mi madre, quien nos acogió aquí. Ella fundó el Comando de la Calcera junto con Olea y otra persona. 

  • ¿Sanchis?

  • Sonchus, sí. -me miró extrañada, pero no preguntó.- Cuando mi madre murió, Osyris fue como una madre para mí.

  • ¿Y Olea y Sonchus?


Calada larga. Silencio. Ofrecimiento de cigarro; rechazo por mi parte. Secuencia de 4 caladas cortas apurando la chusta. Silencio.


  • Sí, supongo que también. -dijo de nuevo con su insondable tono neutro.

  • ¿Qué le pasó a tu madre? Si puedo preguntar, entiendo que no quieras hablarlo. -aclaré con cuidado.

  • Tranquila. Me siento segura contigo. -no devolvió mi mirada emocionada.- Pues nada, murió como morimos todes aquí, asesinada por el Reino. Antes de que la UE le cortara las alas al Reino, los ataques eran mucho más brutales. No tenían tantos miramientos en bombardear bosques o usar armas químicas. -relató Sedum. Su expresión cayó sutilmente.- Un día, decidieron rociarnos con gas mostaza. No hubo muchas víctimas, pero a mi madre le pilló en la parte baja del bosque. No murió inmediatamente. Consiguieron traerla hasta aquí, hinchada, llena de ampollas, roja como la sangre. Pero no hubo nada que hacer. Ella no quiso despedirse de mí, no quería que le viese en ese estado. -silencio.- Pero vi su cadáver. 

  • No sé ni qué decir. -dije atónita y sinceramente.- Lo-lo siento muchísimo.

  • No llevábamos ni un año aquí. Ella, Osyris, tantas otras… solo querían ser libres. Vivir fuera de la rueda del capital. Pero el pecado más alto que puedes cometer contra el capital es exponer su miseria subyacente siendo realmente libre. -relajó su tono tras darse cuenta de que le poseía la rabia.- Ahora es demasiado tarde para retractarse. No porque quiera ni queramos; sino precisamente porque ya sabemos lo que es ser libres. La guerra es la consecuencia natural contra un poder que te quiere esclava.

  • Pero evidentemente es doloroso, Sedum. -se giró para dedicarme la primera mirada en toda aquella conversación.- Eres humana, más humana que nadie que haya conocido. No puedes pretender que no te duela. Nadie en su sano juicio negaría que eres una puta guerrera. Pero tan guerrera eres como víctima de la guerra que libras. Es completamente natu-


Se lanzó a abrazarme otra vez mientras rompía a llorar de nuevo. Apretaba tanto y durante tanto rato que me empezaron a doler las lumbares (es increíble la fuerza que tenía esta chica). Continuamos en silencio un largo rato en esa posición, y mientras sus sollozos se calmaban de nuevo, yo acariciaba su pelo, y progresivamente su cuello y espalda. Mi mano se movía sola a través de toda su espalda, lo cual parecía relajarle. Me aventuré por debajo de su suéter con cuidado de no tocar las zonas vendadas, y su respiración se hizo más pausada y profunda. Decidí sin embargo, volver rápidamente a su pelo para tratar de bajar la empalmada que me estaba subiendo de pronto. Creo que ella debió darse cuenta, porque no tardó en incorporarse; pero para salvarnos de una situación incómoda, decidió no hacer ningún comentario al respecto.


Secó sus lágrimas y me miró furtivamente. Se levantó de pronto y me miró desde arriba con la misma confusión con la que yo le miraba. Volvió a agazaparse y apoyada en el suelo sobre sus manos, se abalanzó contra mis labios. Avanzó lentamente hasta clavar sus manos como garras en mis clavículas. Mi cuerpo pasó de la tensión repentina por la sorpresa, al frenesí de la reciprocidad candente. Me incorporé y pegué mis piernas a las suyas mientras seguíamos besándonos de rodillas. El esfuerzo duró poco, porque acabé perdiendo el equilibrio y cayendo sobre ella. Nuestros pubis inflamados se hacían tenso contacto mientras yo trataba de no acabar de dejar caer todo mi peso sobre su preciosa cara silvestre. Ella hizo desfilar su mano inquisitiva y animalescamente por mi abdomen, pasando por mis pechos hasta alcanzar mi cuello, el cual apretó con contención. Me empujó hacia un lado y yo rodé de encima de ella.


  • Qué poca vergüenza, aquí delante de mi madre muerta. -dijo con una mezcla de gracia y decepción.- Vergüenza debería darte.

  • ¡Pero si has empezado tú, tonta de mierda! -dije con genuina vergüenza mientras se reía de mí- Dios mío es que no te soporto, tía. -añadí tapándome la cara con las manos.

  • Ay, si levantase la cara… -estocó de nuevo antes de frenar su risa ante mi mirada desquiciada.- Va, levanta urbanita, que te vas a perder tu primera Cercabassa

  • ¿Cercabassa? -pregunté con confusión.

  • Sí, te lo explico de camino. Ayúdame a levantarme, puta torpe. 


Me espolsé la tierra y hojas decaídas de encima por segunda vez en el día y me acerqué a tenderle la mano de mala gana.


  • Gracias, nena. -dijo con tono de rufián..

  • Te prefería cuando no me tenías confianza y solo decías más de dos palabras para soltar tus mierdas anarquistas; que desgracia de chiquilla, de verdad. -ladré mientras se incorporaba riéndose.- ¿Y me vas a explicar por qué coño tienes la espalda cubierta de vendas, o vas a dejarme a medias otra vez?

  • Anda que no te gustaría que te lo contase -contestó burlescamente mientras me tocaba el culo de broma.

  • Dios mío, eres gilipollas con ganas. -le bufé mientras le empujaba al suelo de nuevo.

  • Lo siento, si no lo decía reventaba -dijo retorciéndose sobre su espalda sangrante.

  • ¿Quién eres tú? -dije ofendida y divertida.- Cielo santo, va, levántate tú solita, payasa, que para algo tienes tu bastoncito.


Esperé a que colocase sus manos en la tierra en un esfuerzo por levantarse para patearle el brazo derecho y provocar su caída de nuevo. Me arrodillé ante su rostro encaramado contra la tierra húmeda y le agarré de su corto pelo decolorado. Acerqué mis labios a su oído y le susurré:


  • Como me vuelvas a tocar el culo sin permiso, te parto la puta cara, ¿me oyes? -asintió con la cabeza rápidamente.- Buena chica.


Lamí su oreja durante unos segundos, y al soltarle el pelo, volvió a caérsele la cara a tierra. Le tendí la mano acompañado de un ‘Levanta, cerda.’, y ella obedeció y tomó mi mano. Se incorporó dificultosamente y yo le acerqué su bastón. Salimos con paso relajado del cementerio y deshicimos el camino de ascenso a la cima con sumo cuidado de que Sedum no tropezase y rodase hasta el Caserón. Conforme se iba haciendo visible la gran superfície sobre la que se levantaba la construcción, los movimientos patizambos de les niñes se hacían también más diestros.


  • Entonces, ¿qué es esto de la Cercabassa? -pregunté rompiendo el silencio.

  • Es una de nuestras fiestas de invierno. El primer día de la primera cosecha de la mandarina, preparamos un festín con las primeras mandarinas del invierno y las últimas calabazas del otoño. Es como una fiesta de solsticio, pero no del todo.

  • ¿No del todo?

  • Bueno, la verdad es que justo coincide en fechas de solsticio, pero la fiesta realmente es un juego para entrenar a les niñes a… -quedó un momento sopesando mientras miraba al aire.- orientarse.

  • ¿Orientarse? ¿Qué tiene que ver con las mandarinas? -pregunté extrañada.- No me digas que también son magnéticas las muy mutantes.

  • ¿Qué? ¿de qué hablas? -preguntó Sedum casi ofendida.

  • Yo qué sé, va dime, que por qué se orientan. -le apresuré avergonzada.

  • Durante la mañana, vamos subiendo los capazos de mandarinas, y mientras unas las pelan y las usan para postres y dulces; otras cogen las pieles y las tejen con un par de puntadas de hilo en una suerte de traje o armadura.

  • ¿Qué cojones, en serio? -reaccioné fascinada.

  • Sí. Les lleva toda la mañana, pero hacer la cosecha también, osea que, vamos trabajando todes a la par.

  • Vale, pero, ¿qué tiene que ver eso con orientarse?


Sedum contestó señalando la era a la distancia. La costereta iba acortando su largaria al Caserón, y justo en ese momento, se observaba a todes les niñes en fila y en silencio con sus trajecitos bien puestos. Me fijé que el casco de ninguno de los trajes tenía visera. En determinado momento, todes les niñes empezaron a caminar a tientas por la era con los brazos extendidos.


  • Creo que no estoy entendiendo, Sedum. -comenté aún sin saber qué conclusiones sacar.

  • Se guían por olfato. El festín está escondido por los alrededores de la casa. Se supone que tienen que guiarse por el rastro a calabaza asada, de ahí el nombre: Cerca de la Carabassa; pero lo tienen que hacer a través del sobreestímulo olfativo de la piel de mandarina. Tienen pequeños agujeros en el casco para distinguir luz de sombra, pero la idea es que solo utilicen el olfato. -hizo una pausa y tras percibir mi silencio confuso añadió.- Cuando el enemigo tiene la ventaja logística y tecnológica, sencillamente tienes que asegurarte que tu percepción sea mejor que la suya, especialmente en tu terreno.

  • Pero, si solo son niñes…

  • Ay por dios, mira que eres predecible: -replicó irritada.- ¿Cuál es la diferencia entre enseñarles trigonometría con la que podrían calcular la trayectoria de una bala, y enseñarles a guiarse por el olfato para no morir en una nube de gas mostaza? El conocimiento es conocimiento.


La costereta acabó y pasamos con cuidado y en silencio por la era para evitar desorientar a les niñes. Muches se chocaban entre sí y se levantaban riendo. Se iban dando pistas entre elles y parecía que poco a poco se iba trazando una dirección general hacia la entrada de la pista de acceso. Les seguimos en silencio hasta rebasarles por al lado en un bancal de arriba al suyo mientras Sedum me iba indicando con movimientos de cabeza por dónde andar. Yo pensaba en el comentario que acababa de hacer y sopesando sus implicaciones. Mucho llamarme predecible, pero luego ella no hacía más que proyectar sus mierdas.


Atravesamos el bancal superior al de la pista a través de sus vides desnudas. Estaba pensando en lo precioso que debía ponerse aún más este lugar cuando llegase la primavera, cuando Sedum me hizo una seca señal para bajar del bancal a la pista. Se me hacía raro pensar que esa era la misma Sedum que antes me vacilaba. Bajé yo primero y estiré los brazos para ayudarla a ella, pero se quedó quieta. Hizo el ademán de apoyar su bastón en el bancal de abajo y agacharse pero pateé su bastón y lo hice caer.


  • Yo seré predecible pero tú eres ridícula. -le dije mientras le mantenía la mirada seriamente.- ¿Quieres hacer el favor? -le dije mientras le señalaba mi mano con la mirada.


Ella resopló y rodó sus ojos antes de que pudiese sentir de nuevo sus imposiblemente suaves manos. Bajó con lentitud mientras poco a poco repartía su peso sobre mi cuerpo. Cuando estuvo a mi lado, me agaché para coger su bastón y se lo tendí. Sin hacer ni media mueca, se acercó lentamente a darme un beso en la mejilla; pero justo cuando sus carnosos labios hicieron roce contra la piel de mi rostro, giré la cara y sentí sus morros deslizarse a través de ella. Exhalé una pequeña risa y añadí ‘Mone’, mientras sentía su sonrisa ofendida clavárseme en la nuca. 


Caminamos por la pista por la que a decenas de metros atrás aún ni aparecían les pequeñajes a tientas. Los campos de vides empezaban a esparcirse y progresivamente a transformarse en serbales, zarzamoras y durillos. El bosque se hacía más denso a cada paso, y aunque sin llegar a eclipsar por completo el sol de media tarde, los piñoneros nos robaban la poca luz que en ese día podríamos sentir. El olor a calabaza asada, venía intuyéndose desde hacía rato, pero en estos últimos tramos cada vez era más patente.


Pronto, comenzamos a escuchar murmuros de decenas de adultes, que nos recibieron con expectación y como afanánfonos a que acudiésemos más rápidamente. Cuando llegamos, nos ofrecieron un pequeño trozo de calabaza asada a cada una. Sedum se quedó observándola sin hablar, sosteniendola con su mano derecha mientras se apoyaba con la izquierda en su gayato. Su expresión se fue desmontando paulatinamente hasta una mueca de dolor. Alzó la vista y buscó lentamente con la mirada entre las personas presentes. Cuando por fin la detuvo, reparé en que la dirigía hacia unes Olea y Sonchus sentades en unos troncos y hablando en voz baja con cierto resquemor en la expresión. Sin mirarme, como en trance, comenzó a caminar lenta y cabizbajamente hacia les inadvertides veteranes. Cuando estuvo a tan solo un par de metros, ambes se levantaron a la vez como de un respingo y tras un segundo de titubeo, las tres se fundieron en un desesperado abrazo, como si las tres cayeran al vacío. Sonreí para mis adentros mientras probaba la calabaza asada, la cual a pesar de estar tibia ya, me inundó la boca con su humeante e intenso sabor. 


Me pilló pensando en cuáles pieles de mandarina que les niñes vestían ahora, habría recogido yo esa mañana; cuando la primera criatura llegó al festín con una sonrisa que iluminaba el prematuro atardecer del solsticio.


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